Crítica de The Selfish Giant

A pesar de que se presenta como una adaptación cinematográfica de la obra homónima de Oscar Wilde, no cabe ninguna duda de que The Selfish Giant se enmarca en una categoría fílmica muy concreta que poco tiene que ver con el relato original. Sí, podemos creernos que la guionista y directora Clio Barnard pueda haber partido del texto en cuestión (por qué no, comparte con ella algún elemento temático); pero desde luego si con algo tiene que ver es con el realismo sucio británico, con el cine más o menos comprometido y con el retrato social poco complaciente de una Europa en decadencia. Aquí no hay un gigante encerrado en su propiedad, sino un chatarrero indeseable que coquetea con el delito. Y los niños, centro del relato y auténticos protagonistas de la historia, son un par de dropouts desclasados, grandes amigos marginados por el resto de niños de su entorno, que sobreviven de mala manera y terminan al servicio del chatarrero. Esta es la historia de Arbor y Swifty, el primero diagnosticado de hiperactividad y el segundo más tranquilo pero igual de marginado, ambos de familias desestructuradas más abismales aún que las de Shameless. Y ambos perfectos exponentes del fracaso del sistema educativo en una comunidad deprimida, eminentemente empobrecida, en los márgenes olvidados de una sociedad postindustrial.


Saltan las alarmas, y más que en los Dardenne en quien podemos pensar de buenas a primeras es en un Ken Loach rejuvenecido y estilizado, cuya película más cercana podría ser, animales mediante, Kes. No es el caso. Tampoco deberíamos caer en la tentación de sacar a colación a Shane Meadows. A diferencia de Loach, Barnard, asombrosamente firme en lo que representa su debut en el largo de ficción, no se posiciona políticamente, a pesar de que sus imagenes den una imagen igual de meridiana del estado de la cuestión social en algunas regiones británicas. Y tampoco cede al descontrol del melodrama ni incurre en golpes de efecto para subrayar su ya de por sí hiriente historia. Del mismo modo no apela a la urgencia punk de Meadows, sino que opta por una narrativa pausada, casi decompresiva, y deja entrar el aire en su por otro lado muy hermético contexto. No, Barnard no grita, no expresa una histérica voluntad autoral ni pierde los papeles de la narrativa por imprimir su sello creativo. Al contrario, demuestra una gran sabiduría dejando que la historia vaya empapando, que los personajes calen poco a poco, que sus circunstancias sean -lo son- tan relevantes como para mover adelante el relato, aunque sea a paso tranquilo, desde un costumbrismo; algo extremo, pero costumbrismo al fin y al cabo. Y a partir de ahí, la realizadora dota a la escena de toda su fuerza estética.

Y es mucha. The Selfish Giant es realismo social bien entendido y mejor enfocado, pero también tiene carácter de cuento (de terror) infantil, de fábula con un cierto aire de sueño y pesadilla. De modo que con el apartado narrativo sólido y bien cimentado, la parte expositiva puede permitirse un margen amplio de esteticismo, de búsquedas de lo simbólico que puedan trascender una posible trivialidad de la simple observación atonal. Y así es, la película está anegada en la mugre, el barro y la chatarra, en ella dominan las tonalidades oscuras, los colores oxidados, el metal sucio, el cobre y el barro más parduzco, la mierda y unas gigantescas torres de electricidad que encogen a las personas. Pero Barnard no apuesta por el feísmo sino que saca lirismo de esa suciedad mediante una fotografía de potente aliento poético que a ratos corta la respiración. Un apartado visual que construye un ambiente brumoso, una atmósfera oscura, sucia pero impecablemente presentada y punteada por una música planeadora, obra de Harry Escott. Con todo, la directora se separa de su compatriota Andrea Arnold (esta sí, probablemente su mayor anclaje conceptual) mediante una impresionante depuración formal que, si acaso, la acerca ligeramente a las texturas de Cary Fukunaga.


Con todo, no estamos ante una película especialmente original en sus planteamientos temáticos ni en ningún modo rupturista para con sus conclusiones morales. The Selfish Giant cuenta poco que no hayamos visto antes, desde las primeras películas de Karel Reisz en los sesenta hasta ayer mismo, y apenas si descubre nada nuevo, más allá de las capacidades de Barnard, un posible talento a seguir. Pero su ejecución es tan apabullante en su honestidad brutal, tan sincera y tan brillante en sus planteamientos y en sus interpretaciones (maravillosas las de los dos niños con su acento hermético) que se convierte por mérito propio en una de esas propuestas ajenas al tiempo y a las circunstancias. Una película sobre la amistad, la responsabilidad y la pérdida de la inocencia sencilla pero adhesiva al alma.

7'5/10

0 comentarios:

Publicar un comentario

- No toleramos bajo ningún concepto el SPAM. Todo comentario debe constar de un texto original, o de lo contrario será eliminado.
- Los posibles SPOILERS deberán ser avisados. En caso contrario, nos reservamos el derecho de adaptar o eliminar el comentario.
- No censuramos ni banneamos a nadie, pero por favor, un poco de respeto nunca está de más...

Categorías