Crítica de Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (Les garçons et Guillaume, à table!)

Guillaume Gallienne lleva, a pesar de su relativa juventud, años frecuentando el cine francés, siempre en calidad de secundario más o menos efectivo, más o menos cómico; pero no ha sido hasta ahora que se ha puesto definitivamente a si mismo en el mapa gracias a su ópera prima como director. Y de poblar historias ajenas con una cierta discreción ha pasado a exponerse, a mostrar su propia persona en toda su plenitud, a exhibirse ante el público con una película que habla de él, de su vida y de sus circunstancias, que lo tiene a él, a sus preocupaciones y a sus avatares vitales como centro absoluto del relato. Un producto ideado, escrito, producido, dirigido y protagonizado por él que, sin embargo, aparece bastante despojado del narcisismo que se le debería presuponer a una idea de tamañas dimensiones ególatras. Porque esto es un puro ejercicio de sinceridad lejos, además, de cualquier posible arranque de egocentrismo súbito: Gallienne lleva mascando esto desde que hace varios años se estrenara, con la misma historia, sobre las tablas, en una obra teatral muy personal donde encarnaba él solito a todos los personajes. Aquí su multiplicidad interpretativa se reduce a su propia persona y a su madre (a quien para mayor freudismo, dice, mimetiza con toda precisión) y deja el resto de personajes a otros actores, pero el desnudo sigue siendo frontal y desprejuiciado. Y, he aquí el gran atractivo de la película, este se produce no desde un punto de vista melodramático, ni desde la autocomplacencia de quien afirma haber sido víctima de sus circunstancias, sino desde un prisma cómico, autodesmitificador y siempre lúdico.

Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! tiene varias pretensiones, pero ante todas ellas hay una muy simple: hacer reír. Por eso toda la película está empapada de un sentido cómico de distintas polaridades, desde un humor amable, hasta uno un tanto más ácido; de la comedia surrealista, a la ironía; del humor físico al verbal. Todo le da al asunto un "aire ligero entorno a temas serios" y coloca a este personaje en un punto equidistante de Chaplin, Pierre Étaix y Buster Bluth, el de Arrested Development. Es, desde luego, una manera tan válida como cualquier otra de exponer el aprendizaje personal de este Guillaume central que siempre fue víctima de su entorno en su peregrinación vital en un plano espiritual (a lo largo y ancho de su propia identidad) y físico (su folklórica visita a España, el bullying recibido en una escuela británica, su paso por un balneario alemán). Y que siempre estuvo marcado casi edípicamente por la presencia de esa madre, a la que asimiló con el tiempo y terminó interpretando en los escenarios y en la pantalla. Ella es el principal foco de presión de un Guillaume que buscaba su lugar en el mundo y a quien la sociedad catalogó impacientemente en el lugar más apresurado en el juego de roles sexuales. Primero, se creyó mujer. Más tarde, homosexual. Finalmente descubrió, cuenta el propio Gallienne, que todo ello nacía de una cosa tan simple como el amor y la admiración hacia las mujeres que le rodeaban.


En resumidas cuentas, nos encontramos ante una película confesional y abiertamente autobiográfica que pretende universalizarse hacia una reflexión entorno a la propia identidad, y los equívocos prejuicios sobre la naturaleza masculina y la femenina. Una declaración frontal de principios que recurre a la destrucción del cuarto muro para hablarnos a los espectadores cara a cara. Guillaume va relatando la historia de su vida desde un decorado teatral -obviamente-, de iluminación contrastada y artificial, que se va combinando con la escenificación de los momentos más relevantes de su juventud, representados con una paleta cromática colorida y luminosa. En estos pasajes, gran mayoría del minutaje, Gallienne otorga un gran poder expresivo a la iluminación, al vestuario, a la caracterización de los personajes, a medio camino todo del costumbrismo y la fabulación fantasiosa. El resultado, con un innegable empaque visual, es un muestrario de secundarios un punto estrambóticos, de situaciones pintorescas y de comedia cuasi-freak que, sin embargo, se perciben sinceros y auténticos. Elementos quizá excesivamente autoconscientes pero también cálidos que arropan a un personaje central que se encuentra entre la ingenuidad y el patosismo incurable y que garantiza que aunque posee una profundidad emotiva, esta comedia desprejuiciada nunca pierda como tal la intensidad que se imprime desde el segundo uno.

No nos emocionemos. Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! está lejos de la obra maestra que se nos quiere vender -a ratos el humor es demasiado inconsistente- y en mi opinión no termina de justificar el brutal éxito de público y sus logros entre los académicos (fue la gran triunfadora de los últimos César, ninguneando a un par de propuestas de aún mayor calado, como eran La vida de Adèle y El desconocido del lago). Pero no se le puede negar al debut de monsieur Gallienne una frescura, eficacia técnica, puntería emocional y capacidad para despegarse de los códigos de las traslaciones cinematográficas más espesas de un bildungsroman tardío. Virtudes innegables que con toda seguridad le garantizarán adhesiones y simpatías por parte del gran público allá donde pise.

7/10

2 comentarios:

  1. Esta pelicula no justifica todos los premios y exageradas criticas que ha recibido. Es aburrida y aunque tiene momentos divertidos. No merece todos los premios y alabanzas que ha recibido.

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  2. Bueno, en mi opinión si una película es entretenida o aburrida no debe influir en su valoración crítica.
    Hay obras maestras que a mucha gente le parecen un coñazo y a la inversa, películas hiperentretenidas que en realidad son, cinematográficamente, una castaña.

    Pero vamos, estoy de acuerdo contigo en que esta película en concreto recibió mayores alabanzas de las que en realidad merecía.

    Un saludo!

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