Crítica de Jimmy P.

Un director europeo de probada eficacia, aceptación crítica y reputación entre el sector más exigente del público se va a hacer las Américas. Automáticamente, saltan las alarmas: lejos quedaron los tiempos en que la emigración era forzosa y la creatividad era aguzada por la propia necesidad. Ahora todo esto se percibe como una especie de perversión hacia la parte más capitalista del negocio, parece que cualquier salto de charco venga motivado única y exclusivamente por una cuestión monetaria y que, en consecuencia, los resultados estén artísticamente lastrados, ligados inevitablemente a unas metodologías económicamente más condicionadas. Bueno, puede tener parte de ello, pero luego será en primer término la habilidad y la capacidad de adaptación del creador en cuestión y en última instancia la valía lo que determinará la calidad del producto. Sí, se han cometido garrafales agresiones contra la integridad de los productos, caso de la reciente y muy reprochable edición americana de la por otro lado notable En el centro de la tormenta. Pero al final quien sabe, puede y se hace respetar, es capaz de lograr productos estimables. Es lo que ocurre con la última propuesta de Arnaud Desplechin, hasta el momento incorruptible, implacable y excelente realizador y cronista de malestares en la vieja Europa. Ahora, menos cáustico pero aun así concienzudo responsable de un estimable drama situada en las raíces norteamericanas.

Concretamente, el testimonio de Jimmy Picard, un nativo perteneciente a la tribu de los Pies Negros que luchó por su país pero fue herido en Francia durante la Segunda Guerra Mundial. La lesión le produjo daños cerebrales que le indujeron a intermitentes episodios de alucinaciones, cegueras temporales y migrañas. Para tratar sus dolencias, Picard se trasladaba en los años 50 a un hospital militar en Kansas, donde su caso era desestimado en un principio y aceptado al final por el doctor Georges Devereux, relevante psicólogo y etnólogo, además especializado en tribus indias. Desplechin parte de los escritos y los estudios del propio doctor para construir su historia, una propuesta que se mueve entre dos polos y se sitúa a medio camino de ambos: el relato de corte científico, investigación de la evolución psicológica del paciente y constatación de las teorías científicas de Devereux por un lado. Y la relación primero profesional y más tarde personal de los dos protagonistas, paciente y doctor, por el otro. Una suerte de estudio antropológico que no habría desagradado al Herzog de los 70 en su búsqueda humanista de los límites entre la individualidad y la socialización; pero al mismo tiempo una ficción muy cimentada en las estructuras narrativas clásicas y los modos de representación más estándar.


Dicho de otro modo, Jimmy P. es la película más apegada al clasicismo cinematográfico de su director. Y eso puede jugar en su contra. Alejada de las turbulentas estridencias de propuestas pasadas (aún nos zumba en las meninges la magistral Un cuento de Navidad), la película se mueve fluida y sin sobresaltos por la previsibilidad que aporta la narrativa transversal: ese día a día del tratamiento psicológico del paciente, el proceso de sanación que da inicio en el primer (y hermosísimo en su plasmación) primer encuentro de los personajes y deberá terminar al final del arco de transformación de ambos. Un despliegue por otro lado mucho más naturalista que cercano, como suele ocurrir, al relato policíaco o al suspense. A Desplechin no le interesa tanto el misterio del interior de la mente de Jimmy -el irresoluble enigma de la curación- como exponer las relaciones que mantiene el paciente con su mundo externo a raíz de su lesión. Y a partir de esa interacción con el mundo real -el cotidiano y el ajeno: fuera de la tribu, fuera de su entorno, en un ambiente clínico- es cuando se puede hacer manifiesta la enfermedad. De ese modo, el realizador hace visibles las pesadillas, los recuerdos y las, por así decirlo, alucinaciones del paciente. Una especie de visibilización del hecho médico, de confusión entre lo humano y lo que figura en un terreno puramente teórico.

No obstante, desde ese primer encuentro entre los dos personajes la película toma todo su sentido emocional cuando se centra en su relación y en cómo esta condiciona las relaciones de ambos con sus respectivos entornos afectivos. Al fin y al cabo, esto es una historia de amistad entre ambos y también un intercambio dialéctico -también interpretativo: Benicio del Toro y Mathieu Amalric inyectan mayor humanismo aún- que expone los núcleos temáticos más interesantes de la obra: las necesidades afectivas humanas, pero también el choque entre la creencia y la ciencia, entre la espiritualidad católica (representada en Jimmy) y la simple espiritualidad, alejada de Dios (expresada por Devereux). Y debe aferrarse a todo ello, porque cuando la película se distrae y pierde de vista la intensidad potencial de sus planteamientos y de la propia seguridad narrativa de su autor, es cuando todo pierde algo de fuelle. Esa apuesta del director por el clasicismo se vuelve un tanto funcional e impersonal, su cuidada apuesta estética es devorada por una cierta melifluidad, reforzada por la convencional banda sonora de Howard Shore, y el academicismo impecable pero emocionalmente más frígido termina amenazando con imponerse. Paradójicamente, la película termina manchada por su propia pulcritud y no se certifica del todo como lo que por lo demás es: una obra profunda y madura.

7/10

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