Crítica de Oh Boy

Oh Boy
La vida para un joven que está en plena encrucijada vital es una sucesión de trenes que vienen y van; que pasan lacónicos y esperan lo justo a que uno los coja o los deje pasar; decisiones inmediatas, que a veces deben tomarse en caliente y que pueden cambiar el devenir de ese joven de manera harto sensible. Y no es fácil. No, cuando su vida es una búsqueda constante de cafeína, encontrando en su lugar un alcohol que está intentando dejar definitivamente. Y no es que me las dé de poeta, sino que acudo directamente a algunas de las muchas alegorías que se esconden en Oh Boy, debut tras las cámaras de un Jan Ole Gerster que se lleva a terrenos germanos algunos de los tics cinematográficos más del gusto de una segmentación muy concreta del público. Con el boom aún fresco de Nebraska y de Frances Ha (de inminente estreno por aquí pero ya vista en festivales y certámenes varios), llega ahora la propuesta de un cineasta que recoge su legado, a medio camino del mumblecore y de la nouvelle vague, de Woody Allen y de Jim Jarmusch, y tiñe de blanco y negro un día (y jo, qué día) en la vida de un joven, Niko, que no acaba de encontrar su sitio: sin carnet de conducir por haber conducido ebrio, sin tarjeta de crédito porque se la ha comido el cajero, sin estudios porque ha dejado Derecho, y sin novia, que le acaba de dejar. Y sin encontrar ese maldito café que le haga dar sentido a todo su postureo nihilista que, en el fondo, se extrapola a toda la generación denominada (sic) ni-ni.

Con una apertura que haría las delicias del de Manhattan, bien pronto descubre el film que nos ocupa sus loables intenciones. Una dirección más que cuidada, una banda sonora refinada y un primer esbozo del personaje principal /eje central (excelentemente interpretado, como se irá viendo conforme pasen los minutos, por Tom Schilling) van poniendo en evidencia su voluntad por hacer las veces de canto generacional, al tiempo que se confirma como una propuesta de vocación clásica sin por ello renegar de la época actual en que se ubica. Choque de tiempos, por así decirlo, que no hace sino apuntalar el discurso de Gerster (también guionista) sobre el choque de generaciones; de la que sube y de la que ya se asoma a su ocaso. Es sólo una parte de las múltiples lecturas que pueden extraerse de Oh Boy, claro. En apenas hora y veinte, a la cinta le da tiempo de realizar un retrato entre desalentador y esperpéntico, pero sumamente vívido de la sociedad en general (y joven en particular). Lanza sus pullitas a las empresas mastodónticas al tiempo que las emplea para ahondar en las tribulaciones del protagonista (esa dificultad a la hora de pedir un miserable café solo), busca los dos puntos de vista sobre el arte moderno, ataca sin miramientos a la unidad familiar actual e incluso le da de refilón al fantasma del nacismo (todo el capítulo del rodaje).

Oh Boy

Todo cabe en una película cargada de lecturas y matices que se desprenden de un personaje principal que, a su vez, irradia el aroma del sempiterno rebelde sin causa que sigue revalidándose generación tras generación. De nuevo, remisión inmediata a otras épocas cinematográficas a entrecruzar con la actualidad, de la misma manera en que Niko se enfrenta al momento de dejar atrás una etapa para dar definitivamente por perdidos los sueños de la misma a la hora de saltar a la siguiente. Algo de melancolía hay, sin duda, y de ahí que el empleo del blanco y negro no sea en absoluto una decisión para mero deleite hipster (que también) ni para evidenciar los referentes del director, sino un sutil conductor emocional mediante el que ahondar en el sentimiento de opresión latente que causa la empatía con el joven. Y la empatía, ante este superviviente sin rumbo pero vigoroso, que pone en evidencia la angustia vital de querer pero no poder... o más bien no saber cómo poder para llegar a lo que sea que realmente quiera (suena raro, pero a poco que se ronden los veintimuchos/treintaypocos se entenderá perfectamente) es inmediata pese a las impurezas de una propuesta, todo hay que decirlo, no exenta de algunos excesos. Y es que del mismo modo que el trabajo tras las cámaras es encomiable (atención a esos planos que parecen espiar más que retratar la realidad), que los referentes son tan sólo una vía para la extracción de una personalidad bien definida y que el guion es un paradigma de la sutileza y el subtexto, justo es reconocer que se respira cierto esnobismo entre tanto artista pululando por la pantalla a ritmo de jazz; del mismo modo en que ciertas conversaciones se antojan algo forzadas en busca de una personalidad altiva que podría irritar a quien no se deje cautivar de lleno en la propuesta.

Oh Boy

Queda fuera de toda duda, en todo caso, la fuerza de un Oh Boy que constituye, a su manera, una revolución. Esto es cine fresco, cine joven, cine que revuelve sin hacer evidente en ningún momento su llamamiento a filas. A través de Niko busca, y en cierto modo consigue, el mismo efecto de, qué sé yo, el Holden de Salinger o el Jim de Dean y Ray. Y a lo tonto, desde una aparente aura de intrascendencia acaba calando hondo en el espectador, que a buen seguro irá rescatando de vez en cuando de la memoria a todo este carrusel de juguetes rotos mediante el que se dibuja una sociedad necesitada de una buena arenga para alcanzar la redención que tiene ahí mismo, a simple vista (atención a los minutos finales con esa conversación inesperada en el bar y todo lo que de ahí sale, broche de oro para la película y su discurso). En definitiva, cine de grandes ambiciones, pero que le habla de tú a tú al espectador sin pasarse demasiado de listo. Bien.
7,5/10

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