Crítica de Un toque de violencia (Tian Zhu Ding - A Touch of Sin)

A pesar de no gozar del reconocimiento popular de algunos de sus paisanos, Jia Zhang Ke se ha ido posicionando a lo largo de los años como uno de los realizadores más interesantes de la filmografía china: su discurso es más indoblegable que el de, pongamos, el reciente Zhang Yimou pero a cambio su prestigio crítico es ahora mismo mayor. Esa eterna dicotomía entre reconocimiento y éxito, una línea que, esta vez, podría volver a romperse. No me atrevería a afirmar que lo hará, pero desde luego, sería posible: Un toque de violencia se asemeja más a las formas convencionales del cine oriental mainstream que llega a nuestras carteleras (un mainstream muy relativo, eso sí; hablamos de Jia Zhang Ke) y se aparta un tanto de ese profundo toque autoral que caracterizaba sus mejores obras. Para entendernos estamos más cerca del Kitano noir -no en vano, esto aparece apadrinado por Office Kitano- y un Kim Ki-duk sin manierismo que de la última -y única, creo- propuesta de Jia Zhang Ke que llegó a nuestras salas: Naturaleza muerta. Lo cual por otro lado no implica que la calidad se haya rebajado ni que el director aparezca aquí irreconocible; al contrario, la película reúne algunas de sus temáticas habituales y las sublima hacia una nueva dirección en su discurso.

Principalmente una. Porque a pesar de estar ante un relato de género, con un pronunciado aliento negro, en el fondo el director sigue mapeando los avatares sociales de su país. Jia dibuja un nuevo retrato social de China, esta vez desde la ficción -terreno que no pisaba desde la citada Naturaleza muerta, a la que siguieron varios documentales- pero con un marcado componente de análisis social que emparenta la película con varios de esos documentales, especialmente con Useless. El género y las convenciones son, en fin, una mera excusa estilística para vehicular su mirada ácida, desesperada y deseperanzada entorno a un país anegado de corrupción, marcado por la falta de principios y la deshumanización de los altos cargos o de la gente que, simplemente, ostenta algún tipo de poder sobre otra gente: los currantes, los supervivientes, las caras anónimas. La China de Jia está lejos del esplendor que se le presupone a una gran potencia en ciernes. Pero la crítica no es complaciente, ni mucho menos acomodaticia; ni en su fondo ni, desde luego, en su forma. Estas cuatro historias casi independientes (nos encontramos casi ante una película episódica) están protagonizadas por cuatro personajes cuyas circunstancias sociales los llevan al límite. Un minero que se cansa del mangoneo de sus superiores y los dirigentes de su pueblo y decide desatar el infierno sobre ellos; un padre de familia que descubre el poder de las armas, una encargada de sauna a la que le llueven palos por parte de la mujer de un cliente gilipollas y un tipo cuya vida laboral va de mal en peor, muy peor.


Un reparto de personajes situados entre la decadencia de las instituciones y la dignidad del pueblo, incrustados en un ambiente oscuro, opresivo y acoquinante. Un entorno que conduce a dos salidas posibles: la neutralización del individuo o el estallido de violencia, también en el fondo nihilista. Y si hay bastante de mirada social y de retrato de una realidad cotidiana y costumbrista, algo primitivo bulle debajo de esta película, un sentimiento atávico, que reina en ese lugar donde se genera la violencia. Ese terreno de sombras por donde caminan esos personajes desesperados, atrapados por su presente y que buscan una salida desesperada en el corazón de una sociedad que funde con brusquedad tradición y una modernidad sucia, postindustrial. Desazón salvaje y directa, existencialismo e individualismo como única salida posible, visibilizados en la película mediante contados pero muy salvajes estallidos de agresividad sangrienta, en la línea de los grandguiñoles habituales de un tipo de cine asiático más apegado al género.

Una decisión temática que encuentra su reflejo en el estilo y en la opción formal. Quizá la cámara de Jia Zhang Ke no esté imbuida en esta ocasión de esa magia enigmática y fascinante que caracterizaba obras como Plataforma, El mundo o Naturaleza muerta. Probablemente Un toque de violencia no sea tan sutil en las implicaciones sociales que exponían algunos de sus documentales, pero nadie puede negar que el chino sigue siendo un narrador tan robusto y eficaz como rico en matices y sugerencias visuales. Y que su última película es un trago de moutai caliente, sólo que espeso como la sangre y oscuro como un coágulo.

7’5/10

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