Crítica de Gangs of Wasseypur (Partes 1 y 2)

Una ráfaga de balas escupidas por una semiautomática hacen estallar en una nube rosa a un tipo en un barrio miserable lleno de inocentes que, probablemente, sufrirán heridas permanentes o, en el mejor de los casos, desperfectos diversos. El cine de acción norteamericano nos ha anestesiado ante semejantes escenas, explosivas muestras de violencia que no se suceden en entornos de fantasía sino en el corazón de barrios deprimidos postindustriales, no necesariamente en un ámbito de superheroismo policial o de justicieros sobrehumanos sino en la calle pelada. Y uno se entrega a la espectacularidad operística sin pararse a pensar demasiado en los reflejos de semejantes escenas aquí afuera, justo en el mundo real. Gangs of Wasseypur, colosal saga dividida en dos partes (cinco horas largas en total) importa y deslocaliza ciertos códigos del cine negro y de gángsters occidental para resituarlo en pleno corazón de las tinieblas, en una ciudad minera de la India más desfavorecida -lo cual, por cierto, es casi redundar-. En un ámbito controlado por las mafias y azotado por esa violencia ajena a todo y que controla los funcionamientos sociales durante décadas: el director Anurag Kashyap ha orquestado un díptico-río con pátina de hiperproducción que resulta en una gran historia épica de la vida criminal de su país. Una apabullante saga donde se mezclan familias y clanes unidos por deudas de sangre que se dilatan en el tiempo y que no parecen tener solución pacífica viable.

Gangs of Wasseypur se articula desde el prisma del cine negro, pero funciona como enorme fresco social e histórico de la India desde los años 40, avanzando cronológicamente (con pequeños retornos al pasado en forma de flashbacks informativos) por toda la historia de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Como espejo histórico, da cuenta de movimientos sociopolíticos y de algunos hechos naturales. Como retrato social testimonia la fundación de un nuevo orden a partir de la aparición de las mafias y su convivencia con los sindicatos corruptos, las fuerzas del orden compradas y la proliferación de matones, organizados o autónomos. Kashyap denuncia las condiciones de vida y trabajo de las sociedades indias más empobrecidas pero también testimonia sus desigualdades sociales y de género a una mayor escala, hablando de soslayo de la importancia de las castas y el delicado -por llamarlo de alguna manera- del papel de la mujer. Pero como sea, y más allá de macroanálisis esta es una historia de venganzas, extorsiones, trapicheos, negocios chungos y conflictos entre familias: enciende la mecha el asesinato de un hombre a cuya muerte hará justicia su hijo y de ahí la violencia y la revancha cobrada en sangre se despliega en posición de espiral, inicialmente entre dos clanes enfrentados que con el paso del tiempo irán extendiendo tentáculos hacia otros aliados y enemigos.


La propuesta no ha tardado en recibir comparaciones -un tanto enfocadas hacia el gran titular- con El Padrino. Sí, estamos ante una saga criminal dilatada en el tiempo, ante un retrato de la intrahistoria de un país, ante una narración en la que las familias se rigen por la sangre y el honor. Pero a pesar de los guiños directos (el tiroteo en el coche al final de la Parte 1, el poder visual del tenderete de frutas en la Parte 2), esto parece algo más ajeno al clasicismo académico de la trilogía de Coppola y más cercano al nervio del cine de gángsters de Scorsese. Y al mismo tiempo parece obviar el estilizado retrato de la violencia del director de Uno de los nuestros para abrazar una postmodernidad formal más cercana al cine del primer Tarantino. Hay más posibles elementos en la mezcla: como crónica de un país alargada en el tiempo es equiparable en su épica historiográfica a la trilogía de Taiwan de Hou Hsiao-Hsien, mientras algunas set-pieces de acción remiten con claridad al cine de tríadas de Johnnie To. Sin embargo, el tono está a medio camino de todo: de lo sobrio y lo kitsch, de lo riguroso y lo pulp, de lo serio y lo festivo. De la evocación de esos referentes y la pura creación original: al final la película sorprende más por su contexto y su textura que por el argumento, muy apegado a los cánones. La cuestión es que más allá de la sorpresa la película agarra, no suelta y zarandea.

A eso juega Kashyap. A la negrura, a la velocidad pura y dura, al choque frontal. "Wasseypur es una jungla de hienas", afirma uno de los personajes más importantes, en cierto momento del segundo movimiento. Ciertamente, la película es seca, desesperanzada, violenta (más incluso la Parte 2, que desencadena mayores y más intensas oleadas de revancha desesperada), a ratos casi un tanto afectada. Sus personajes -épicos, acabados, irónicos o pintorescos- están atrapados en microuniversos de odio, ligados por deudas de sangre y terminan rindiéndose a la hostilidad imperante. Los juegos de poder marcan las relaciones entre los hombres, que poco a poco van construyendo su entorno, y la sociedad global, sobre los cadáveres y la sangre de sus congéneres. La sociedad y, nos dice el realizador, la Historia, puesto que poco a poco va escribiendo un nuevo curso marcado por esa violencia con iconografía hollywoodiense mezclada con las tradición india y las maneras de expresión propias de Bollywood. Es decir, que estamos ante una película plásticamente impactante, de colores encendidos, pero al mismo tiempo visualmente sucia, callejera, mugrienta. Todo un lienzo perfecto para una muy eficaz puesta en escena temperada por un sentido del ritmo bestial y endiablado.


Con su falta de sutileza expositiva pero su enorme riqueza y exuberancia narrativa, Gangs of Wasseypur, el díptico completo, es un espectáculo bruto y adictivo, la mejor muestra posible de cine oriental de género, un exploit con chicha y de primera categoría. Material de derribo con pedigrí o a la inversa, cine de calidad con tendencias pulp, lo que no cabe duda es que estamos ante un título en camino directo hacia esa zona de culto imperecedero que garantiza la pervivencia del producto y sus capacidades de conexión con el espectador por encima de sus posibles (en este caso muy ligeros) defectos.

7'5/10

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