Crítica de Dom Hemingway

Es mi polla exquisita? Porque yo creo que es como una obra de arte, como un Renoir. Mi polla debería colgar en el Louvre. Con estas y no otras palabras da comienzo el monólogo que abre Dom Hemingway. Lo despacha a cámara un desafiante Jude Law desnudo y mientras recibe una felación, desde una chulería barriobajera como muy pasada de vueltas y que luego lleva a hablar del mentado falo como un objeto de titanio, capaz de pasarse todo el día enhiesto y no sé qué más. En fin. Dom Hemingway hace suya la frase de Emilio Aragón (el bueno de Milikito debería reclamar autoría sobre ese "...y tú no" que remata el "Jude Law es Dom Hemingway..." del eslogan) y construye su discurso entorno a la pervivencia del antihéroe brit chapado a la antigua, en su peor y más etílica expresión: esta propuesta de Richard Shepard gira entorno a un macarra que acaba de cumplir su década en presidio y que cuando sale lo hace dispuesto a cobrarse la deuda con el exjefe al que no delató. Y de paso reconstruir su vida familiar, tender lazos con la hija a la que nunca hizo demasiado caso y demás. En cierto modo Dom Hemingway es ese personaje habitual del Michael Caine de hace cuatro décadas, solo que degenerado por el filtro del chulo de pub y embrutecido a causa de ese difuminado de las líneas que separan el bien del mal. Es un encantador (o no) drogota, un incombustible juerguero, un salvaje arrogante, ególatra, iluminado filósofo de la calle, un charlatán. Un personaje central con el carisma disparado. Dom Hemingway la película es eso... y ya está.

Poco más que una cinta consagrada a su actor principal que, por lo demás, quiere parecer más afilada y atractiva que las demás pero no hace méritos para lograrlo. Sin haber despuntado nunca como uno de los importantes, Shepard tiene a sus espaldas una carrera que se remonta a hace casi 25 años y que le ha llevado al thriller, a la comedia y últimamente incluso a la televisión, en un producto en principio tan alejado de sus coordenadas habituales como lo es Girls. Y pese a ello, aquí parece temeroso de destacar con una personalidad fuerte y una opción formal única. O peor aún, parece ser inconsciente de que todo lo que cuenta ya se ha contado varias decenas de veces y que el cómo lo cuenta ya ha sido puesto en práctica antes y con mayor éxito. Que en el fondo esa mezcla entre cine negro postmoderno y comedia despendolada lleva sin evolucionar demasiado desde que despuntara en los años 60. Y que su universo visual lleno de colores saturados e invenciones escénicas estridentes no aporta nada nuevo a, que sé yo, las propuestas de Danny Boyle, a la visión de los bajos fondos que nos regalaba el primer Guy Ritchie, al paroxismo estético del último Winding Refn o, salvando las distancias, a las comedias criminales preñadas de humor negro y violencia cachonda de los Coen.


Así las cosas la película no pasa de ser el inofensivo retrato de un personaje cuyas circunstancias apenas tienen interés más allá de lo rutinario y conocido y que, para colmo, guarda para si mensajes un tanto más reaccionarios de lo esperado. Al fin y al cabo la búsqueda de la redención de Hemingway es la de la sociabilización del personaje, la domesticación de la fiera, que se convierte en un personaje convencional y lleva la película hacia el terreno de la inanidad. Hacia ese lugar donde el drama familiar parece intoxicar cualquier posible mala intención para dulcificarlo todo. Shepard trata de buscar la épica inherente en el perdedor, pero básicamente encuentra la grosería del trazo grueso de un hombre patético y repelente, en un enfoque totalmente opuesto al de los nuevos paladines del feelbad social británico, caso de Paddy Considine o Dexter Fletcher. Una representación sin apenas ningún plus, que se gana al espectador por una cuestión meramente técnica (la interpretación de Law) pero que por lo demás se mantiene en un plano puramente discreto, a ratos en la franja peligrosa del producto televisivo más intrascendente.

Y, bueno, sí es cierto que siempre es agradable reencontrarse con el viejo Richard E. Grant. Pero hacerlo de este modo es francamente molesto. Porque a pesar de que destile ciertos detalles reveladores de oficio y pericia a la cámara, Dom Hemingway resulta anodina, aburrida y estúpida con distintos grados de autoconsciencia. Dom Hemingway es, en fin, cine hecho a la medida de Jude Law... y a la de nadie más.

4/10

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