Crítica de Dos madres perfectas (Adore)

No conviene detenerse demasiado en analizar Dos madres perfectas, quizá porque de ese modo sería dimensionar en exceso sus propias ambiciones cuando, en el fondo, estamos ante una película a la que le sienta mejor la ligereza. Que trata sus propios preceptos de manera poco exhaustiva, y menos aún busca generar reflexiones profundas. Me explico. Esto adapta una novela de Doris Lessing, credencial de partida ya potente y proclive a un cierto grosor dramático, y además cuenta la historia de dos madres amigas del alma que van a enamorarse cada una de ellas del hijo de la otra. Es decir, nos encontramos ante un tema potente, tocado por una cierta carga transgresora, con una potencial voluntad por penetrar en el corazón del deseo en la edad madura y hacerlo rompiendo tabúes y poniendo en cuarentena las convenciones sociales. Y a pesar de todo ello, la película y con ella la directora Anne Fontaine naufragarán irremediablemente si aspiran a profundizar en temas tan críticos. Dicho de otra manera, Dos madres perfectas se tolera cuando se observa desde un prisma de melodrama sentimental más o menos amable, con aristas no demasiado puntiagudas y un desafío a los principios del espectador muy, muy relativo... que cuando se la observa aplicando un foco más intenso y más duro que pueda generar las luces y sombras de los dramas de cámara de, pongamos, el Ingmar Bergman de Sonata de otoño.

Así que lo dicho, no hay que buscar tres pies al gato y debemos tomarnos esto como un tour de force de dos actrices, Naomi Watts y Robin Wright, que parecen comprometidas con unos personajes que les devuelven el favor sólo a medias. Al fin y al cabo es en cierta medida lo que ocurría con la anterior película que vimos por aquí de Fontaine, una Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel que vestía de gala una historia cuyo único interés era su protagonista, cuyo arco de transformación personal condicionaba la historia. ¿Es Fontaine una directora especialmente interesada por el paso del tiempo sobre la psique femenina? Podría ser, pero en cualquier caso su esfuerzo no está tan puesto en observar con detalle las circunstancias de ese paso del tiempo (aquí, en forma de salto generacional) como en tender bonitos lienzos de un acabado formal notable donde sus actrices puedan desarrollar sus capacidades interpretativas. Y al respecto, ambas cumplen, Watts como mujer al borde de la ruptura emocional, Wright como bastión aparentemente -sólo aparentemente- incólume a las inclemencias del tiempo.


No obstante, con eso en mente no deja de sorprender que Fontaine desaproveche los elementos escénicos que tiene a su alcance. Dos madres perfectas se ve con una cierta comodidad contemplativa y transmite una serie de sensaciones a través de su fotografía veraniega, de tonos turquesa e iluminación diáfana. Un ambiente que evoca el de A pleno sol, que aquí recibe hasta un recordatorio visual no sé si muy intencionado. O incluso un cierto aire a algunas películas de Rohmer. Pero no hay que estar demasiado atento para intuir que la estrategia de la directora es contraponer su aparente joie de vivre estival con lo delicado de sus planteamientos emocionales. Como si buscara una incomodidad entre fondo y forma para generar el pensamiento y motivar la emoción. El problema es que la mayor parte del tiempo la película no ofrece lecturas originales ni recursos inéditos, sino que se acomoda en una especie de zona de confort para todos los implicados, que en el espectador se traduce en una agradable apatía. Mientras que de vez en cuando la película se muestra afectada, hinchada de una hipotética trascendencia que, en realidad, no tiene. Es esta una película más vulgar y anodina de lo que me temo que ella misma se cree.

Un drama ligero, en fin, sobre la amistad, la reglas de la atracción, el deseo y el erotismo y sobre el replanteamiento del camino vital durante la crisis de los cuarenta. Una cinta que a pesar de sus insunuaciones vitriólicas y su voluntad por remover los cimientos de las clases medias-altas ni molesta ni aporta casi nada más allá del buen hacer de sus dos protagonistas. Y enfocada desde ese lugar de intrascendencia infértil, nadie va a negarle su capacidad para distraer al respetable vendiendo por historia límite un relato al uso sin la necesidad de destruirle ninguna neurona.

5/10

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