Crítica de Godzilla

Una de las peores cosas que se puede decir de un remake, o de la revisitación de una saga cinematográfica de largo recorrido, es que resulte innecesaria. Otra es que traicione el espíritu de su original, o que no se mantenga fiel a los preceptos argumentales, éticos o lo que corresponda. Afortunadamente, ninguna de las dos cosas puede achacársele a Godzilla, puesta al día del mito fundacional de las kaiju-eiga que Ishirô Honda firmaba para la Tōhō -hogar de tantos bicharracos gargantuescos- en 1954. Personaje capital de la cultura cinematográfica nipona, rey de las monster movies que se mantendría a lo largo de los años como icono popular y manera de entender un cine fantástico de factura engañosa, espectacularidad apañada y lúdicas cargas de crítica en la plasmación de los miedos sociales. Eso es lo que valida la versión de Gareth Edwards (hasta ahora conocido por la estupenda Monsters), un interés renovado por las amenazas de corte nuclear y las catástrofes de alcance global: las primeras versiones de la larga lista de exploits que le precedieron, marcados por team-ups monstruosos de todo tipo, venían íntimamente condicionadas por el desastre de Hiroshima y casi se presentaban como un producto totalmente nuevo -a pesar de que dos décadas antes King Kong ya ponía su propio primer adoquín en el camino. En cambio ahora el género viene mucho más condicionado por la existencia de otros productos recientes de aspiraciones similares (en este caso muchísimo más por el Monstruoso de Matt Reeves que por la anterior versión de Godzilla, la de Emmerich) y por el necesario oscurantismo, tan de moda en los blockbusters actuales que pretenden transmitir una cierta "madurez" (en fin). Mientras que en lo social mucho ha llovido -no siempre agua inocua- y el 11-S ha marcado la agenda de temores en el mundo occidental. Más aún, Fukushima ha supuesto la última fecha negra en el calendario nuclear nipón, sus consecuencias devastadoras siguen recordándose y sus daños estructurales y espirituales pueden rastrearse en la propuesta de Edwards.


Feliz idea de guión utilizar Japón como uno de los dos escenarios bélicos principales para la historia que se presenta en Godzilla. Afortunada por el contexto que comentamos y también por una cierta voluntad de justicia poética, por devolver al monstruo a su origen geográfico (también Emmerich lo hacía) y, especialmente, por marcar unas coordenadas cercanas al homenaje: si esto está pasado por el filtro del nuevo cine de tragedias globales -tan condicionado por la ciencia ficción como por el catastrofista setentero- no es menos cierto que también pretende homenajear a los viejos seriales de la Tōhō, en lo formal (la música maravillosa de Alexandre Desplat desprende tonalidades japonesas) y en lo temático (Godzilla no es el único monstruo que se pasea por aquí). Lo cual se agradece, dado el tono oscuro, pretendidamente adulto, del producto y su tendencia a distinguirse de los mamotretos de desmelene desatado de Michael Bay o del propio Roland Emmerich. Y ello no debería extrañar a nadie teniendo en mente el título anterior de Edwards, donde el realizador siempre se mostraba esquivo a la hora de mostrar a sus monstruos y reacio a desencadenar el caos, narrando la historia desde un punto de vista humano. Una estrategia que repite con notable éxito en el título que nos ocupa: la cámara siempre aparece acompañando a alguno de los personajes o incluso se coloca en un plano subjetivo, de modo que siempre vemos el caos a un nivel de tierra, de abajo arriba, como mucho montados en un helicóptero, saltando en paracaídas, y en varias ocasiones a través del visor de las máscaras antigás.

Una voluntad de sostener el relato a la escala de los personajes para mantener siempre el suspense de lo que ocurre ahí fuera. Igual que los protagonistas, el espectador de Edwards es alguien no omnisciente, ligado a lo que va a ocurrir a cada momento, sujeto al suspense en el que se encuentran inmersos esos personajes. Esta no es la única concomitancia temática con Monsters (también vuelven a aparecer zonas de cuarentena dejadas de la mano de Dios e incluso muestras desconcertantes pero extrañamente emotivas de amor entre criaturas sublimes) y, me temo, tampoco es garantía de éxito. Porque al ponerse del lado de los humanos, el realizador confía demasiado peso dramático a los mismos, pero parece no darse demasiada cuenta de que, en el fondo, los personajes que maneja son simples marionetas de un drama mayor, poco o nada definidas, poco o nada interesantes. Y así como el realizador guarda no pocas relaciones semánticas con Steven Spielberg (de Parque Jurásico a La guerra de los mundos) y derivados (Super 8) el sentido de la maravilla no hace acto de presencia porque los avatares en la supervivencia de los personajes no están cuidados con el mimo que se merecieran. Dicho de otra manera, el drama humano tiene demasiado peso y minutaje en el cómputo global, pero el mismo no logra levantar el interés de una cinta que pide a gritos mayores dosis de épica monstruosa.


No sólo eso. El guión resulta un poco reiterativo, empeñado en recurrir a los mismos trucos una y otra vez, a jugar con la expectativa, el suspense y el coitus interruptus de manera algo torpe y repetitiva. Edwards posterga los clímax, quizá temeroso de provocar que su película parezca demasiado un blockbuster del montón, y trabaja (muy bien, eso sí) sus elementos más oscuros y su innegable potencia escénica en detrimento del puro espectáculo que, bien llevado, convertía en un rotundo éxito creativo a casi todos los niveles a Pacific Rim, su prima mayor fiestera y deshinibida. Pero se olvida por el camino construir esa buena base emotiva que permita que los personajes tengan peso y un papel importante en la historia y que poco a poco vayamos empatizando con el monstruo hasta que, en el momento justo, la película requiera de nuestra simpatía hacia él. Y sí, es indiscutible: Edwards dirige muy bien a un nivel de puesta en escena, tiene ideas brillantes, derrocha momentos de una fuerza visual arrolladora, de magnífico potencial iconográfico y trata las atmósferas, con ayuda del director de fotografía Seamus McGarvey, con una fuerza emocional alucinante. Pero no. Porque Godzilla es, en fin, una de esas películas irreprochables en muchos aspectos que sin embargo, de algún modo u otro terminan fallando por lo descuidado de varios de sus elementos más importantes. Y claro, representa un retorno al personaje más que digno, forzudo, sólido y bien acabado. Pero también una gran decepción para todos los que esperábamos que este apañado cineasta lograra una nueva síntesis perfecta de espectáculo, alma, emoción y seriedad.

6'5/10



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