Crítica de La vida inesperada

La vida inesperada
Si algo tiene que reconocérsele a La vida inesperada es que logra alcanzar su propósito esencial (aunque quizá ni siquiera fuera buscado, y en ese caso prefiero que no se me despierte del sueño, gracias): buscar, mediante la historia de un grupo variopinto de personas que va a coincidir a la ciudad que nunca duerme, las sensaciones de la gran comedia americana (y métanse en el saco desde Cukor o Wilder, a Allen) mezcladas con un sentimiento muy claro de denominación de origen. Vamos, que de manera inesperada (je je) uno puede imaginar a James Stewart pululando por aquí, a Woody Allen coqueteando con Diane Keaton por allá, mientras escucha un “joder, primo” o asiste a la elaboración de una paella y a la degustación de un par de tapas en una terraza de Nueva York. De entrada, ese ya es un punto a favor de aúpa para el film, a la postre lo más meritorio. Se le debe agradecer muy especialmente a la guionista del cotarro, Elvira Lindo; y a cierta distancia, también a sus dos protagonistas principales, que cuando recitan en castellano siguen siendo de lo mejorcito que puede ofrecer ahora mismo la industria española (Raúl Arévalo y Javier Cámara). Desde luego, no se puede hacer lo propio con su director, Jorge Torregrossa, o el equipo a su cargo (quizá sea más culpable Kiko de la Rica, director de fotografía), pues por esas latitudes se confunden las voluntades del film hasta el punto de flirtear con el desastre por culpa de una puesta en escena francamente cuestionable.

Y es que la película, por decirlo en palabras pobres, duele a la vista. Desde los títulos de entrada (y atención a la banda sonora) ya se ponen en evidencia los objetivos de La vida inesperada. Más allá de lo comentado en el párrafo anterior, busca una sensación de añoranza y nostalgia a varios niveles, algunos argumentales (tal como Arévalo entra en la casa neoyorquina de Cámara, le llena la nevera de productos españoles; la posibilidad de una vuelta al país de origen marca las vidas de todos los implicados), otros puramente formales, siendo en este último apartado donde patina estrepitosamente. Abusando de desenfoques, de oscuros y de luces atenuadas, acaba confundiendo rápidamente un estilo retro, homenajístico o como quiera llamársele, con una pobreza inaudita en su puesta en escena, dejando una molesta sensación de caspa rápidamente traducida en apatía, una tristeza (involuntaria) de la que se contagia el espectador. ¡Es que hay momentos de tamaña oscuridad que incluso cuesta discernir lo que ocurre en pantalla! Y peor aún: Torregrossa, que si por algo había destacado en su anterior (y nada indigna) Fin era justamente por un savoir-faire envidiable a la realización, se antoja irreconocible, plagando su trabajo de planos vulgares, y cayendo en el error cuando en cambio parece arriesgar (porque espero que sean eso, decisiones arriesgadas) con demenciales pasajes absolutamente erróneos (esa conversación en el bar, plano-contraplano, provoca vértigos).

La vida inesperada

Por suerte, decíamos, el guion sí se mantiene en una línea constante de respeto y buen gusto (apenas si se le escapa algún gag de tipo pedorreta), absolutamente reverencial y, de hecho, apostando más que otra cosa por una historia humana, no exenta (ni mucho menos) de drama sin que por ello se vea perjudicada la sensación de cuento de hadas del tipo que se desprende del visionado de Historias de Filadelfia (por ejemplo). Y por donde la comedia (ligera, sincera) discurre del mismo modo en que lo haría en la vida misma. De manera que pese a que pueda rechinar oír a su reparto hablar en inglés, o ver a sus protagonistas españoles en plan rompecorazones (a Cámara y Arévalo se le suma Carmen Ruiz), en el fondo todo forma parte de ese juego entre la alta cuna cinematográfica americana y el cine de aquí. El actual, el que no se olvida de un mensaje con luz, sí, pero muy al final de un túnel que se adivina aún muy angosto. Línea, esa del allegro ma non troppo, que empapa cada trazo de cada uno de esta serie de personajes que a lo tonto, acaban haciéndose inolvidables. Mención especial para “la madre”, por cierto (Gloria Muñoz).

Así que hete aquí una película con muchos elementos buenos, y que por tanto bien podría haber dado la gran campanada (cualitativamente hablando) en estas épocas de negrura que marca el incomprensible éxito de Ocho apellidos vascos. Funciona la historia, funciona el libreto, funciona la música y funcionan los actores. Sin embargo, su apariencia es tan desafortunada que bien podría afectar en demasía el resultado final, condenándola a navegar en ese mar de mediocridades por donde pulula el 90% de los estrenos comerciales españoles. Pena, había chicha para mucho más.
6/10
Por Carlos Giacomelli

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