Crítica de Llenar el vacío (Lemale et ha’halal)

Al margen de posibles reproches de otra índole sorprende la madurez formal y la solidez expositiva que transmite con su película una directora como Rama Burshtein, neoyorkina de raíces israelíes convertida al judaísmo ortodoxo que debuta con una historia contada "desde dentro", desinteresada en trazar visiones críticas o análisis ácidos. Es decir, que uno podría de entrada arrugar un tanto la nariz ante una película tan apegada a su contexto como ajena a deshuesados profundos, ante un relato que soslaya cuestiones espinosas sin más explicaciones. Ante una propuesta que cuenta la historia de una joven que se ve obligada a casarse con su cuñado cuando su hermana (esposa del otro) muere en el parto de su hijo pero que aun así se muestra más pendiente de otras cosas, delicadas, importantes y trascendentes pero algo más complacientes. Sin profundizar de verdad en las cuestiones más complejas, esboza temas como el papel de la mujer en la actualidad del judaísmo ortodoxo y los dilemas morales personales que nacen del choque entre el deseo y la responsabilidad religiosa... pero no los desarrolla. Sí, ello podría llevar a sospecha. Pero un análisis superficial revelará que cuanto menos Llenar el vacío es una propuesta conmovedora a nivel formal. Y un juicio con un poco más de mimo probablemente revele que la realizadora quizá prefiera mantenerse en un plano de sugerencia, dejando que sea el espectador quien infiera de las propuestas narrativas minimalistas toda la carga ética y moral que contienen.

Porque esto en realidad habla del amor, de su búsqueda y de los sentimientos encontrados. Sólo que ubicado no casualmente en una sociedad tradicionalista y de preceptos teológicos unívocos, cerrados. La historia de Shira podría ser la misma en cualquier país europeo, pero no sus circunstancias, ni su contexto: la liturgia jasídica empapa no tanto las decisiones de la joven como las de los adultos de su entorno. Y no, Burshtein no incurre en juicios ni en desgloses tremendistas, en puestas en crisis de las normas, pero sí se sabe obligada a, por lo menos, describir la pompa religiosa tal y como es. Y usarla para encontrar la contraposición de los dos mundos, el que se desarrolla de puertas para adentro y el que se abre hacia afuera: la liturgia íntima y los comportamientos sociales de los ortodoxos en el Israel de hoy. Por eso el punto de vista se instala en un plano observacional y la directora habla desde la sensibilidad, con simplicidad y espíritu casi documental. Explorando los sentimientos de manera silenciosa, intimista e introspectiva pero no necesariamente grave ni mucho menos melodramática. Digamos que sus planteamientos no son tan extremos como los que usaba Amos Gitai en Kadosh y su aproximación es más amable, incluso marcada por algunos puntos de suave comedia. ¿Ideológicamente acomodaticia? No, simplemente cómoda con el material que trata.


Lo cuál no tiene por qué ser una cuestión especialmente afable. Al fin y al cabo el sustrato de la película hace referencia a los miedos, a las frustraciones, a los complejos derivados de la vida reprimida de una joven en eterna pugna silenciosa entre lo que desea y lo que cree que debe. Entre el amor y la fe, la fidelidad y el deber. Y la implementación visual de este sentimiento es lo que le da el plus de valor a la propuesta de Burshtein. Su película es pulcra, precisa y plástica, pero su acierto estriba en la dicotomía entre el clasicismo de la planificación y de los encuadres y una expresividad más marcada en la iluminación y fotografía. Algo así como la representación visual de la contraposición entre lo tradicional (regulado por el orden y el respeto a las reglas) y lo sentimental (los sentimientos, propios de esos personajes más jóvenes de la película), un diálogo entre dos planteamientos visuales distintos que sin embargo terminan casando en un único discurso formal sólido y tremendamente atractivo. ¿A su manera, una especie de claudicación de la persona frente a su entorno, una invitación a abandonar la individualidad frente al bien común, a diluir los deseos en favor de los deberes? En absoluto: entre tanto mimo formal y entre tanto cálculo escénico no hay más que prestar atención a los gestos, miradas y silencios de unos personajes que parecen captar las preocupaciones más profundas de cualquier ser capaz de sentir cosas. En Israel o en cualquier otra parte del mundo.

7'5/10

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