Crítica de Pompeya (Pompeii)

Pompeya (Pompeii)
A estas alturas, poco puede sorprender Paul W.S. Anderson. En su momento, traducidos en forma de Horizonte final o Resident Evil (la primera y reivindicabilísima entrega de una saga que de ahí en adelante cayó en picado), aún tuvo un par de títulos con los que intentar colar su figura como la de un director de interés, por lo menos para el público amante del sci-fi, la acción, los videojuegos y el blockbuster. Un Michael Bay de segunda, para que nos entendamos. Pero ahora ya puede vestirse de seda, que mona se queda: su filmografía es una sucesión de bostas de tamaño variable, y de los parabienes que al principio se le podían reservar queda sólo uno, y es que por lo menos su voluntad sigue siendo la de entretener. De ahí que si le da la vena histórico-literaria, no haga como otros (Emmerich y su Anonymous; Bay y su Pearl Harbour) y tire directamente de lo que mola. Léase mosqueteros, léase Vesubio. Sí, ahora le ha dado por volver a desenterrar la ciudad de Pompeya de la ceniza... para volver a cubrirla de lava noventa y pocos minutos después, no sin antes buscar la forma de entretener al respetable. Y tratándose de romanos, lo que mola está bastante claro: marchando una de gladiadores.

Oh, pero le ha salido mal, claro. Como siempre, por otra parte. Pompeya no esconde sus carencias, propias de un telefilme por entregas a emitir entre semana en Antena 3, pero de hecho son esas las que involuntariamente alivian a la postre a un espectador deseoso de encontrarse con un petardo pirotécnico que a la hora de la verdad cumple, como tal, sólo a medias. El resto es peor. Y es que el dichoso volcán se hace de rogar, y la espera tiene forma de un absurdo cuentecillo a medio camino entre el amor y la venganza, como si de un batiburrillo entre Gladiator y Spartacus se tratara, dejando del primero el drama del personaje personaje principal, y del segundo los apasionamientos amorosos entre diversas castas (vamos, que tarda poco aquí en establecerse un vínculo entre Jon Nieve, aquí gladiador, y Emily Browning, romana de alta cuna). Por supuesto, descrito todo ello con la mayor torpeza imaginable (sorprende que se hayan necesitado tres guionistas): clichés de lo más básico, giros de vergüenza ajena, descripción nula de personajes, subtexto de primero de guión... En ningún momento le pedíamos a Pompeya un libreto de Oscar, ¡pero es que en ningún momento le pedíamos a Pompeya nada que fuera más allá de una buena ración de hostias! Todo este primer bloque interesa poco o cero, y además tiene la desgracia de mostrarse absolutamente comedido. Lejos de la crudeza de Russell Crowe o de los excesos gore-pornográficos de la saga televisiva, la de romanos de Anderson, si pasa a la historia, será como la visión más mojigata jamás realizada de esa época.

Pompeya (Pompeii)

Y hablamos de una ciudad que bien podría ser una Sodoma romana, en una película que si tiene algún tipo de moraleja a niveles universales (más allá de la personal, vinculada al héroe) es precisamente la de amonestarnos por nuestra pecaminosa vida, necesitada de un lavado profundo parejo al de Noé. Nada. Apenas se muestra el torso desnudo de Kit Harington, no digamos una escena de sexo (cero) ni violencia que vaya más allá de alguna espada clavándose en un cuerpo totalmente vestido, sin siquiera derramar una gota de sangre. Así que lo dicho: toca perderse en los horrores de su producción, traducidos en armaduras que se arrugan, espadas que parecen de cartón, fotografía propia de un vídeo amateur, (d)efectos especiales, vestuario sacado del Bershka, una dirección francamente desastrosa... y ojo, repito: semejante batiburrillo digital/cartón le otorga cierto encanto involuntario, que acaba de confirmarse con la presencia de un hiperactuado Kiefer Sutherland, a saber si hinchado de botox o simplemente, perfecto conocedor de dónde se está metiendo. Caspa, en definitiva, para parar un tren.

Pompeya (Pompeii)

Cuando al fin le da el volcán por estallar, sí nos encontramos con lo que veníamos pidiendo. Sin perder su horrible factura, Pompeya se convierte en un festival rematadamente hortera de efectos digitales indignos, y de carreras y dramas que se acercan a una suerte de Titanic pasado por el túrmix. Un espectáculo devorador de neuronas, de vida y seguramente de retinas, que sin embargo da justamente, punto por punto, lo que exigíamos a la hora de comprar la entrada. Lástima que por aquél entonces ya se nos hayan acabado las palomitas. Y es que la decepción es sonada habida cuenta de lo mucho, demasiado que tarda en arrancar una película que si quería ocultar su mayor baza (el dichoso volcán) podía haberlo hecho perfectamente saturando su primer arco argumental, llevándolo al extremo, pasándose de rosca. Demonios, ¿para qué plantearse siquiera una película-chorrada de romanos, si no es para igualar o superar lo que cualquiera de nosotros puede ver dándole al mando de la tele y viendo un episodio de Spartacus? De verdad, señor Anderson, a veces no hay quien le entienda.
3,5/10

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