Crítica de Viva la libertà

Viva la libertà
Que alguna vez se haya recurrido a un doble para salvar una situación políticamente complicada es algo que sabemos sobradamente y desde siempre. Si queréis hablamos de Ser o no ser, como de Agárralo como puedas 22 y ½; o qué demonios, de la más mítica de todas (y quien diga lo contrario, miente): Dave, presidente por un día. Sin ir más lejos, con la que protagonizaba por partida doble Kevin Kline guarda el nuevo trabajo del semidesconocido Roberto Andò más de un parecido: el candidato de un partido llamado a ser el viraje hacia el saneamiento de una salud política (la italiana) francamente viciada, desaparece después de haber sido objeto de críticas e improperios varios en un mitin… A falta de pocos días para las elecciones, y por tanto en plena campaña. Situación desesperada que se intenta solucionar suplantando al fugado (que se va a París a recuperar aire, vida, y una antigua amistad) con su hermano gemelo, físicamente idéntico pero de personalidad netamente distinta. Hilarante situación cuya mayor diferencia con el ya citado film de Ivan Reitman reside en que aquí seguimos también al desaparecido, por su periplo galo (en la otra, el presidente de los USA sufría un infarto en plena aventura extramatrimonial... pero supongo que no será necesario que os lo recuerde).

Eso a nivel argumental, que en cuanto a forma sí cambia. Viva la libertà se olvida de la comedia ligera para delinear una sátira (ojo, igualmente liviana) cargada de mala leche que explota ya no sólo la opuesta forma de ser de uno y otro mellizos, sino las habilidades para la dialéctica del suplantador... y sus reconocidos delirios mentales. Alguna pequeña, inesperada mota de humor sí se deja caer por aquí y por allá, pero en un plano infinitamente más secundario y ubicada, más o menos, donde la parte más humana de la subtrama, aquella que se centra a la mujer del primero, y al ayudante del mismo, en su relación con el segundo. Todo muy despachado por la vía rápida, mostrando un desinterés casi total por parte de unos y otros en favor del seguimiento a los dos gemelos, que acapara la práctica totalidad de los esfuerzos y que supone la vía seleccionada para criticar (cuando no hacer directamente mofa) la situación política general, no necesariamente limitada al país de la bota. De este modo, el que viaja a París descubre lo que es la vida, vuelve a sentir, a disfrutar de una vida ya sin las esposas de una carrera profesional que le había ennegrecido por dentro. Y el que se queda en Italia revoluciona el gallinero con comentarios inesperados, autocríticos, rompedores, etcétera. Ganando adeptos, claro: ¿el primer político que dice la verdad?

Viva la libertà

Suena interesante, claro está. Y el (exagerado, por otra parte) David de Donatello al mejor guión confirma el atino con el que se orquesta un entramado que jamás apuesta por lo burdo, o por lo superficial; vamos, que su crítica cala todo lo hondo que pretende calar. Pero a su vez, tampoco es capaz de suponer novedad alguna en un mundo saturado de casos similares. Viva la libertà se digiere con un continuo sabor a déjà vu, y flaco favor le hace una contención que tarda poco en extrapolarse a cuestiones más palpables de la cinta, esto es: dirección, montaje, y ritmo. Se hace muy difícil seguir con interés una historia que más o menos todos conocemos y más o menos todos sabemos cómo acabará, por muy lúcido que sea. Muy difícil, si el trabajo de Andò es tan rematadamente anodino, y la cadencia en general de todo su metraje se descubre pausada cuando no directamente soporífera, sin premio alguno para el espectador en forma de moderada salida de tiesto, o golpe de frescura. Quizá algo menos de arrogancia y autoconsciencia hubiera aligerado sensaciones, tan frustrantes por acabar cayendo en la más condenable de las vulgaridades.

¿Cuál es, por lo tanto, el elemento que realmente le da valor a la película? Huelga decirlo: Toni Servillo. Justamente (este premio sí lo merecía, la propuesta) galardonado con el David a la mejor interpretación del año, el protagonista de La gran belleza dignifica el conjunto con una portentosa labor, histriónica cuando debe serlo, sumamente humana y sutil, contenida cuando toca cambiar de personaje. Una (la única) salida hacia lo realmente brillante de un film que por lo demás pretende ser muchas cosas, quedando en una medianía totalmente olvidable.
5,5/10

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