Crítica de El sueño de Ellis (The Immigrant)

El sueño de Ellis (The Immigrant)
Con poco más de un puñado películas en su haber, ya son muchos (y nosotros nos metemos en el saco sin dudarlo) los que tildan a James Gray de uno de los grandes nombres de esta generación. Y es que su escueta filmografía permite no sólo dilucidar ya una personalidad de estilo evidente, marcada por un gusto exquisito y el respeto infinito hacia un clasicismo del que se empapa para combinarlo, con sumo atino, con las más actuales fórmulas expresivas del séptimo arte (dando como resultado momentos imborrables en cintas igualmente perdurables, caso de aquella acojonante persecución de La noche es nuestra); no sólo eso, decía, sino también la recuperación de una sensación perdida entre CGIs y 3Ds: y es que ver una película de Gray es ver una muestra de Gran Cine. El de guiones cuidados y personajes profundos y bien desarrollados; el de la técnica al servicio de la trama; el de las ideas por encima de los efectos digitales. El suyo es un cine artesanal, que no añejo (la que ahora nos ocupa cuenta con una recreación digital de la Nueva York de los años 20, sin ir más lejos). Un cine plagado de grandes soluciones visuales para mejores planteamientos argumentales. Y un cine con, en definitiva, peso, relevancia. O si se prefiere, con la consciencia de que por encima de todo, el séptimo arte es eso, arte, y como tal debe plantearse cada obra nueva. Y una obra de arte es El sueño de Ellis.

El sueño de Ellis (The Immigrant)

La idea de la parrafada anterior, al final, pasaba por convertir al responsable de la soberbia Two Lovers en una suerte de balanza entre lo viejo y lo nuevo. Porque al final, su trabajo tiene algo de atemporal que de hecho, en esta ocasión se confiesa abiertamente: estamos en el Lower East Side de 1921, y hasta allí va a parar Marion Cotillard junto a su hermana, en busca de un futuro mejor tras su vida en Polonia. Sólo que a la hermana la retienen por posible tuberculosis y a la protagonista apunto están de repatriarla, de no ser por la intermediación de un Joaquin Phoenix que le promete el oro y el mono, haciéndola trabajar en su club de alterne. La sola ambientación, tan de moda últimamente, ya constituye en sí misma esa combinación entre lo antiguo y lo actual, caldo para que Gray haga de El sueño de Ellis el paradigma de su estilo. Y efectivamente, no puede negarse que el film sea tremendamente actual tanto en su forma como en su fondo: rodada con la más avanzada tecnología y haciendo acopio de recursos incluso chocantes en relación a la armonía marcadamente clásica del film (el sueño de la actriz principal que se acercaría al Malick de El árbol de la vida), uno bien podría colocarla pareja a El padrino o a Érase una vez en América por el aroma que de ella se desprende y la pomposa elegancia con la que la cámara explora escenarios ostentosamente parduzcos y recargados, por poner un par de ejemplos. Del mismo modo, su argumento y los vericuetos que va tomando el mismo (y que convierten por momentos a la actriz de La vida en rosa en una perfecta Dietrich), bien pueden llevarse a terrenos de rabiosa actualidad para mirar con ojo crítico a la supuesta tierra de oportunidades, pese a que el seguimiento a la inmigrante sea casi obsesivo.

El sueño de Ellis (The Immigrant)

Drama atemporal revestido de cine negro y con gusto a añejo, en definitiva, que cuaja bien pronto en el espectador mediante un apabullante primer bloque que combina la mejor versión del cineasta tanto como director como en funciones de (co)guionista (la que recoge implacable el drama crudo, gélido, a base de planos grandiosos), con la fotografía espléndidamente opresiva de Darius Khondji, y una banda sonora magnífica a cargo del habitual Chris Spelman. Pero que además cuenta con el infalible aliado que ha acompañado a Gray desde La otra cara del crimen: un Joaquin Phoenix capaz de pasar de lo entrañable a lo terrorífico en apenas un par de frases o miradas, para alegría de la no menos perfecta actriz francesa. Combinado casi desbordante de factores que catapultan al film hacia las destacadas del año, pero que tiene su contrapartida en un segundo arco quizá algo más deslucido, en el que se asienta la polvareda al tiempo que se estudia la progresión del personaje principal, y se retrata una sociedad viciada, torturadora y torturada.

Desliz casi sin consecuencias de cara a una conclusión que recupera sensaciones, que regala de paso, y empieza a ser habitual, un par de pasajes para el recuerdo (esa persecución a oscuras...), y que nos reafirma en nuestra opinión: James Gray está llamado a ser un nombre de los que dejan huella. Y El sueño de Ellis a convertirse en una de las mejores películas del año.
8/10

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