Crítica de Foxfire

Y tras la indiscutible aceptación crítica, festivalera y popular de La clase... llegó primera película de Laurent Cantet rodada en América y hablada en inglés. Y con ella el primer semifracaso de una carrera que contaba sus movimientos por éxitos rotundos. ¿Previsible? Bueno, sería un poco arrogante decir que sí pero, en fin, sí. A uno le da la sensación que la independencia creativa de la que un realizador pueda gozar en su país va a verse irremediablemente mermada en el salto al mercado internacional, a los modos de producción propios de las grandes ligas. Y la cosa puede salir bien, claro (seria insensato ponerse a enumerar la lista de directores que a partir de los años 30 del siglo pasado dieron la zancada transatlántica y estallaron definitivamente en el plano creativo), pero el sujeto en cuestión también puede adocenarse, estar más pendiente del mercado que de la materia prima. Y en el caso del cine de Cantet, tan atento al detalle, a la descripción milimétrica de microuniversos particulares, ese cambio podía hacer temer cosas malas. El punto de partida no pintaba mal: un retorno en cierto modo a la temática de su película anterior partiendo esta vez de un material literario de peso, la novela de Joyce Carol Oates Foxfire: Confessions of a Girl Gang (aquí Puro fuego). Cantet vuelve a aproximarse con ello al mundo juvenil, a los postadolescentes inadaptados y, en cierta medida, al fracaso del sistema. Sólo que en este caso, en lugar de echar un vistazo a la educación de la Francia contemporánea se desplaza a la América de los años 50 (1955, más exactamente) para narrar la fundación de "Foxfire", una banda de jóvenes chicas, de poderosa raigambre fraternal y actividades cercanas a lo delictivo.


Una banda de misfits en un mundo marcado por el optimismo de la postguerra y el triunfo hipotético del American Way of Life, pero también a las puertas de la Guerra de Corea, en plena desigualdad social (entre géneros y entre etnias) y a punto de estallar, en un plano cultural, esa mayoría de edad que empezaría a ofrecer productos más maduros marcados por la violencia social y el descontento. Es ahí donde se enmarcan las "Foxfire", adolescentes influenciadas por nuevas corrientes feministas y viejos ideales comunistas, que pretenden emanciparse ideológicamente de un contexto falocéntrico, hostil y dominante. Y fundar una nueva utopía opuesta al avance caníbal del capitalismo, representado, claro, por hombres, ávidos de dinero y ajenos a la empatía proletaria. Y aquí es donde fracasa Cantet, no tanto en la reconstrucción de un mundo delimitado, esa América de los 50 tocada por una extraña nostalgia (ajena, claro, al director) casi cercana a los modos de cierto Coppola o Zemeckis. No tanto en eso como en la matización de sus propias tesis, complejas y llenas de aristas. En sus propuestas temáticas, en principio ricas y nutritivas, pero a la práctica poco o mal desarrolladas.

De esa inexactitud o de esa escasez es de donde flaquea Foxfire, quizá más cercana en resultados a la algo dispersa Hacia el sur que a las endemoniadamente milimétricas (y en general en las antípodas de esta respecto a sus ambiciones narrativas) El empleo del tiempo y Recursos humanos -a pesar de que con esta última comparta una cierta épica del proletariado y un inicio de representación de la lucha de clases. No, porque como retrato juvenil riguroso a Foxfire le falta sutileza y profundidad, además de un reparto de personajes sólido y de diseño preciso. Mientras por otro lado sólo esboza los temas que pretende tocar y los trata con poca profundidad y arrojando conclusiones un tanto desdibujadas, principalmente debido al titubeante punto de vista: la pérdida de la inocencia, el papel de la mujer en una sociedad aún machista, las tribulaciones adolescentes en la búsqueda de la identidad propia y grupal, la necesidad de pertenecer a algún mundo si no puede ser a este mundo, la inmersión de la sociedad en los sistemas capitalistas, los derechos del proletariado… Y, obviamente, la búsqueda -y caída- de las utopías, simbolizada en este caso en la pervivencia de esa sociedad/grupúsculo feminista. El problema es que esa fragilidad de la utopía pierde credibilidad al pisar Cantet el terreno inestable de la exageración grotesca: aquí parece que todos los hombres son seres despreciables y malvados, cerdos capitalistas sin empatía. En cualquier caso muñecos alejados de un análisis social serio, movidos por las necesidades algo burdas de la trama. Un tipo de visión sesgada, imprecisa y que se autodeslegimita, alejada de posturas basadas en el equilibrio de los términos.


Una exposición de los hechos por otro lado funcional y lineal… pero -quitando algún que otro histerismo hacia el final del metraje- también francamente solvente y eficaz. Al fin y al cabo, Cantet es un experimentado narrador. Y aunque su dirección aparece algo acomodada al cánon, también es cierto que es elegante y basada en un nervio escénico que combina con precisión un cierto manierismo en la fotografía y la iluminación con un realismo más directo gracias a su cámara al hombro. El empaque final no es del todo despreciable, ni mucho menos, y Foxfire queda en una película excesivamente dilatada, sí, pero también sólida en lo formal. Y medianamente interesante en sus propuestas de género, donde añade espesura dramática y tragedia criminal a la subcategoría mean girls, como cruzando una película de institutos con Bonnie y Clyde o enfocando The Bling Ring desde un prisma Rebeldes. En definitiva, si bien Foxfire es la película más impersonal de su autor (y también la más superficial) se sigue con cierto interés. Y además ofrece nuevas aristas en la representación de las turbulencias de la adolescencia contracorriente, subgénero últimamente con franca (y molesta) tendencia a la saturación por culpa de productos más pusilánimes y adocenados con sello Sundance y estructura incapaz de despegarse de un patrón narrativo de "eficacia probada". Vuelve Cantet y no se merece el mejor de los balances, pero tampoco se le pueden negar virtudes.

6/10

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