Crítica de Tarzán

Éramos pocos. Toca nueva actualización de un icono popular y toca, una vez más, preguntarnos por la necesidad de semejante operación. Que el personaje de Edgar Rice Burroughs, a medio camino siempre del estudio antropológico que comporta la figura del ingenuo salvaje y el simple entretenimiento pulp, puede ofrecer infinitas capas nuevas de interpretación y comprensión es una cosa. Que al final quien se acerca al mito termine efectivamente explorando esas posibilidades es otra muy distinta. Hasta donde podemos determinar lo único que sabemos por el cine de Tarzán sigue siendo lo mismo que sabíamos cuando Johnny Weissmuller. O incluso antes, cuando los seriales de los años 20 y 30. Y a pesar de las aproximaciones, digamos, serias (Greystoke, la leyenda de Tarzán), los intentos fracasados de actualización (Tarzán y la ciudad perdida) o las parodias sin gracia (George de la jungla) nada se ha aportado realmente fresco, más que un intento por renovar y acomodar a los tiempos el sentimiento aventurero con más o menos esencia de serie B (recordemos la carrera del personaje durante los 60 y los 70). Y algo así es lo que ocurre con esta Tarzán animada que ahora llega desde Alemania, bajo la batuta de Reinhard Kloos y amparada por un aparato de tecnología 3D que pretende, eso, simplemente, volver a hacer atractiva la historia. Pero que nadie se deje engañar por los absurdos elementos inéditos añadidos a la trama, puro ruido confuso y superficial: en el fondo esta versión no aporta absolutamente nada que no hubiera pautado ya, pongamos, la decente versión animada de Disney.

Es más, esto parece partir del mismo molde que aquella en lo estético (el diseño de algunos personajes y paisajes) y en lo narrativo (la aventura es precipitada y en ocasiones excesivamente pirotécnica). Y sin embargo carece del encanto que, por lo general, suele caracterizar las obras del gigante de la animación. Compararlo con otro titán, esa Pixar casi siempre inquieta por las formas y el fondo, sería un insulto. Y equipararlo a la abierta capacidad comercial de Fox, Sony o Dreamworks, una insensatez. Porque si por algo se caracteriza esta Tarzán es por no saber trascender en ningún momento las obvias limitaciones implícitas en un producto menos económicamente ambicioso y con una mayor dificultad en el acceso hacia las tecnologías de desarrollo de imagen. La de este Tarzán es la historia del quiero y no puedo, un intento de gran superproducción que queda lastrada por su insuficiente resultado técnico. Una nueva muestra de épica animada estandarizada que se quiere reflejar en propuestas (ya de por si poco logradas) como El mundo secreto pero es finalmente y a su pesar homologable a los productos animados de tercera división, alejados aún de la potencia norteamericana.


Sí, poco hay aquí de fotorrealismo, más allá de unos fondos selváticos francamente espléndidos. Es más, parece que se haya destinado todo el capital creativo y económico a dotar de brillo y profundidad a esos generales de la selva africana sólo para descuidar todo el resto. Las texturas de los personajes están muy poco logradas (en ocasiones son inexistentes), la animación es torpe e irreal, decididamente caducada, a ratos cercana a la intro de un videojuego barato, de los que regalaban los domingos con el periódico a finales de los 90. Y para colmo inquieta y produce un verdadero desconcierto sintético esa colección de muñecos gomosos que se expresan y se mueven inhumanamente, con torpeza artificial y terrorífico aliento geminoide. El resultado es una película a ratos colorida y luminosa, pero exenta de toda emoción real, de cualquier sentimiento nacido de manera genuina a partir del impacto estético y la evocación de un mundo que debería ser propio y no termina más que por ser otro calco de sociedad poblada por animales no antropomórficos amenazada por el hombre.

En lo argumental, la situación no es mucho mejor. Tarzán se sustenta sobre un popurrí de influencias (de Viaje al centro de la Tierra a Parque Jurásico a Avatar, qué más da), géneros y tonos, aparentemente bien aunados bajo la espesura del verde selvático, pero en el fondo inconexos y difícilmente cohesionables, esencialmente construidos a partir de una estructura tópica, mil veces vista. Por otro lado los responsables parecen haberse visto obligados a hinchar la historia y a incorporarle elementos ajenos que, a la postre, terminan por no encajar en ningún modo probable en la textura dramática. Me refiero en concreto a ese meteorito, el que presuntamente extinguió a los dinosaurios, que -wait for it- resulta jugar un papel clave en la trama. Una más de las varias absurdidades que sustentan un guión endeble con mensaje ecologista y corazón de romance de pacotilla, mal desarrollado y escasamente emocionante. Una inoperancia dramática cuyo defecto más definitorio puede ser esa voz en off que nos hace pensar en un Herzog idiotizado y que se ve obligada constantemente a explicitar lo que las imágenes y la narrativa no logran: los hipotéticos conflictos emotivos y personales de los personajes se nos telegrafían con insistencia, se nos gritan a la cara, se explicitan con torpeza. Pero nada en esta película vacía logra hacernos sentir casi nada, más allá de un par de fugaces momentos de diversión inane.

3'5/10


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