Crítica de Happy Christmas

Bastante sospecho que de seguir las cosas así, gente como Joe Swanberg van a pasar a la posteridad como una simple nota al pie, o como un fenómeno ubicado entre las páginas de la Historia. Pocos se acuerdan ya del fenómeno mumblecore, y no parece que las repercusiones de las películas de los que se han quedado un poco estancados en aquello vayan a ser nunca especialmente relevantes. Y eso que Swanberg no ha dejado de trabajar, incluso en algún que otro producto con vocación mainstream, puro work for food (eso sí, entre amigos: se encargó de uno de los segmentos de la estupenda V/H/S), intentando adaptar sus estilemas a las necesidades comerciales de la ocasión. Pero si se ha quedado conscientemente encorsetado en el género que contribuyó a desarrollar con sus primeras películas y no ha optado a abrirse a lugares donde toca más el sol como sí lo han hecho, por ejemplo, los hermanos Duplass, deberá asumir que su cine sea disfrutado sólo por sus adeptos. Y mucho me da que esa es su principal filosofía artística. Al final ha terminado resultando que lo de Swanberg es menos una cuestión de inmovilismo creativo que un acto de resistencia, una autoreivindicación de sus formas siempre austeras, esas que no emborronan el contenido. Que le añaden un plus inevitable de estilo pero que están al servicio del mensaje.

En Happy Christmas se mantienen las constantes del subgénero: la imagen es sumamente granulada; la apariencia global es de producto home made; las interpretaciones son abiertamente naturalistas; los protagonistas son jóvenes de treintaypocos en una etapa de transición; el guión parece semiimprovisado, los diálogos surgen de la propia situación y, en ocasiones, incluso se pisan mutuamente; Cassavetes parece el santo patrón que vela desde las alturas que todo se haga como es debido. Y además de ello, la película es especialmente Swanberg: no faltan los planos de los protagonistas acorralados por la espalda por una pared desnuda y pelada que ejerce, en ocasiones, como único fondo; el propio director se pone ante la cámara, emplea a algunos colegas e incluso convierte a su crío de dos años en una insospechada estrella. Además, tras Drinking Buddies -lo más parecido que ha hecho hasta la fecha a una película comercial-, Anna Kendrick parece ya parte del paisaje swanbergiano y se ha convertido, en solo dos títulos, en estupenda catalizadora de las ambiciones el director y en el perfecto relevo de Greta Gerwig. Kendrick acomete con solvencia, pasión y naturalidad infinitas este personaje, núcleo dramático de la acción, una joven al borde de la treintena que sigue siendo un auténtico desastre para si misma y los que la rodean.


Su personaje condensa las contradicciones y el desconcierto de los que, a pesar de estar rodeados de gente, se encuentran solos y perdidos por culpa de sus propias incapacidades sociales o afectivas. Ella viene a desestabilizar las cosas en la familia formada por su hermano (Swanberg), la mujer de este (otra estupenda intérprete: Melanie Lynskey) y el bebé de ambos (niño-fenómeno inconscientemente robaplanos). No logra componer algo parecido a una vida adulta, zanganea con una amiga (seguimos en terreno cool: Lena Dunham) y coquetea con el canguro camello (Mark Webber). Y, en fin, va pasando. No olvidemos que Swanberg está consagrado al slice of life, al costumbrismo más o menos urbano, más o menos cotidiano. Los acontecimientos de la película parecen regidos por la naturalidad y vertebrados por una serie de diálogos incómodos, algunos de los cuales no van a ningún lado mientras que otros suponen reflexiones profundas entorno a la edad adulta, el sexo, las drogas o las responsabilidades. ¿Original? Desde luego que no. Swanberg sólo pretende parecer humilde y honesto, cálido y sensato en sus retratos humanos. Y aquí vuelve a conseguirlo mientras compone un nuevo producto lo-fi que probablemente sólo llegará a sus muy fans mientras el resto del mundo se rasque la cabeza preguntándose qué hay de nuevo en todo esto y por qué deberíamos seguir creyendo en él.

Pero oigan, superada la fiebre mumblecore, como decía ahí arriba a Happy Christmas sólo podemos llamarlo ejemplo de convicción, coherencia y puro ejercicio de sello autoral. El de un tipo al que antes que nada se le notan las ganas de contar historias, aunque sea trascendiendo cualquier limitación técnica, autoimpuesta o no, y cualquier posible filia con panoramas más o menos caducos, como el del indie con sello Sundance: en su irredento minimalismo esto es bastante más sólido que la mayoría de dramedias americanas que reciben el apelativo en cuestión. Un creador convencido con lo que hace y con cómo lo hace. Uno de esos que, aunque sea muy mínima, siempre tendrán su parcelita de privilegios asegurada.

7/10

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