Crítica de Under the Skin

Hemos tenido que esperar hasta el tercer trabajo largo de Jonathan Glazer para reencontrarnos de verdad con ese autor que hace ya dos décadas nos prometió que podría convertirse en el next big thing, o en uno de ellos, del panorama audiovisual contemporáneo. Porque sus dos largometrajes previos, ni su debut Sexy Beast ni, aún menos, Reencarnación, contenían indicios de la grandeza que muchos de los hipsters del momento le quisieron atribuir. Sin embargo, ha llegado Under the Skin y con él el recuerdo de algunos de aquellos trabajos, sugerentes y atmosféricos, que contribuyeron a dar nuevas formas y texturas a la publicidad y al clip musical: no deja de resultar curioso, en fin, que el trabajo al que más se acerca esta película sea el video que acompañaba al single Karma Police de Radiohead. Así como en aquel, en Under the Skin toman poderosa significación y relavancia los paisajes nocturnos surcados de carreteras secundarias a lomos de un coche que, para mayor inquietud, persigue a un inofensivo personaje anónimo. Porque por ahí van un poco los tiros: un ser extraterrestre camuflado en el cuerpo de una atractiva joven (Scarlett Johansson) llega a la Tierra para relevar a un colega y seguir con su tarea: cosechar cuerpos humanos para su propio consumo. La estrategia, pasease a bordo de una furgoneta por las carreteras escocesas y atraer hombres para seducirlos y después usarlos.


Lo que contado de este modo puede identificarse con una línea fantacientífica más o menos tradicional (la de, por qué no, La invasión de los ultracuerpos) en realidad apunta tantas convenciones genéricas en sus planteamientos como, en realidad, escapes narrativos y formales hacia otros terrenos. Lugares nada complacientes, por cierto, donde Glazer sitúa un discurso en el que los mensajes se presentan tremendamente opacos y la narrativa se despliega morosa, más preocupada por despertar sensaciones que por contar cosas de manera clara. En palabras llanas, Under the Skin es una maldita pasta espesa que condensa ciencia ficción y terror en un discurso tan exageradamente autoral que su deglución se puede llegar a hacer francamente complicada. Por lo menos por parte de esos espectadores que no estén muy predispuestos a llevarse dejar por las propuestas escenográficas y atmosféricas del realizador. Uno de esos casos en que si no se entra uno es expulsado sin piedad, pero si se entra, queda irremediablemente embrujado, capturado probablemente durante bastante tiempo más allá del final de la película. Porque si Under the Skin podría funcionar inicialmente como nuevo ejemplo perfecto de esa ciencia ficción cerebral y filosófica que tan bien ha cultivado gente como Shane Carruth o que tan buenos resultados ha dado en títulos como Moon o Coherence a un nivel profundo el mecanismo alegórico es poderoso pero aún más insondable.

Casi como si quisiera alinearse con algunos títulos de francotiradores de los setenta (el Nicolas Roeg de The Man Who Fell to Earth, quizá) o ligarse con una cierta tendencia vanguardista. Estamos ante un ejercicio de depuración radical del género que no llega hasta los límites a los que llegaba Michael Snow pero que sigue guardando sus concomitancias con ese cine que es usado como lienzo sobre el que experimentar mediante estados de ánimo, texturas, atmósferas y luces. La propuesta de Glazer tiene momentos de un naturalismo desnudo (como si fuera una parodia de retrato social) donde sin embargo no tarda en irrumpir la alucinación. Lo inasible gana terreno, lo desconcertante se impone y lo inquietante termina zampándose la pura sucesión causal de los hechos -gracias a la combinación abrasiva de la fotografía de Daniel Landin y la partitura de Mica Levi: imagen y sonido cosiéndose entre si de forma inquietante para crear una experiencia estética fuera de toda norma, surcada de imágenes poderosas y conceptos audaces-. Entra en juego el elemento terrorífico, los géneros se difuminan, todo asciende a un limbo en el que flota la serie B de los 60 (esa playa cormaniana), la mentada veta setentera, las ínfulas filosóficas de un alumno de Kubrick, visos de pesadilla lynchiana por carreteras perdidas y centros suburbiales y guiños a la sexploitation, con una Johansson de poderosa imagen, casi icónica con un teñido negro, chaqueta de pieles y acento británico. Un personaje que sirve de puerta de entrada hacia una recreación de la vista sobre el cuerpo humano (paradójicamente de un personaje no humano) para hablar de la hipotética perfección física y también de su finitud y corruptibilidad.


En realidad no nos debería asustar que dos géneros como el terror y la ciencia ficción buscaran nuevas vías de expresión basadas en la radicalización de sus propios preceptos como tales: como aparato terrorífico la película, comentaba, busca el tuétano de lo inquietante (la asunción de la deformidad física, la pervivencia de la oscuridad) y como producto de ciencia ficción se plantea resultar inquietantemente especulativa. Dicho de otra manera, Under the Skin da sonoro carpetazo a las tendencias inmovilistas de ambos géneros, tan dados a la autoexplotación (algo antitético a sus principios) y, simplemente, busca llevarlo todo más allá, aun a costa de la claridad unívoca propia de los relatos más clásicos. De este modo, trascendiendo sus propuestas estilísticas nos encontramos con una propuesta que puede entenderse a varios niveles posibles. Como un alegato feminista o como un simple exploit de género; como metáfora de la soledad o como boutade de ciencia ficción autoral; como experimento narrativo o como simple ejercicio de dislocación de la expectativa del espectador; como puesta en crisis de las convenciones sociales y las reglas de comunicación humanas (al fin y al cabo, el personaje de Johansson sólo interpreta ese papel) en un ejercicio de extrañamiento de nuestra misma sociedad, metáfora poco disimulada sobre nosotros mismos, a menudo alienígenas en nuestro propio entorno.

¿Difícil? Puede. Pero nadie tendría que sentirse expulsado de esta película única y arrebatada por culpa de su aparente hermetismo expositivo. Glazer, a poco que se le permita, captura y no suelta, y si uno se deja hacer pronto termina asiendo lo inasible: ese montón de cosas bellas, poéticas, exuberantes y embriagadoras que la película guarda, precisamente, debajo de su propia piel.

8/10



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