Crítica de Boyhood (Momentos de una vida)

Richard Linklater siempre ha sido uno de los cineastas independientes más insospechadamente necesarios. Un tipo inquebrantable a las buenas y a las malas, un señor que no por derrochar talento ha necesitado demostrarlo fehacientemente en cada película, y un autor que a pesar de haber revolucionado en pequeñas parcelitas sus respectivos radios de acción expresivos (primero fue con Slackers, luego con Movida del 76, más tarde con Antes del amanecer y después con Waking Life) nunca parece ser defendido como uno de los grandes, quizá por transitar un lugar un tanto incómodo entre la independencia y el mainstream. Con su trilogía romántica (la citada, más Antes del atardecer y Antes del anochecer), cualquier posible reparo estilístico quedaba en entredicho. Boyhood directamente lo pulveriza: ya no hay excusas, definitivamente el cine de Richard Linklater toma lo mejor de cada mundo y lo magnifica hasta sus límites. Estamos ante una obra maestra autoral y comercial, sutil y magnífica, pequeñita y enorme, improvisada pero mascada durante los años. Probablemente sea la única manera, o la más veraz, para reflejar, narrar, significar y aprehender el paso del tiempo con la mayor honestidad posible; sumergiéndose en ese continuo imparable para lograr una auténtica película río arrolladora y arrollada: 12 años en la vida de Mason, desde los 6 hasta los 18, interpretados por un único actor durante unos cuarenta días de grabación efectiva en un plan de rodaje que comenzó en 2002 y concluyó en 2013.

Un experimento que ha comprometido a un reparto actoral amplio, pero que especialmente nos ha hecho partícipes de la vida de este pequeño núcleo familiar semidesestructurado. Mason (Ellar Coltrane), sus padres divorciados (Patricia Arquette y Ethan Hawke) y su hermana Samantha (Lorelei Linklater, hija del realizador) viajan por la última década y media de una América en perpetuo cambio y ejemplifican en sus propios cuerpos ese devenir del tiempo. Boyhood es una suerte de sucesión de slice of lifes cuya tesis primera es exactamente esa, el tiempo es una colección de presentes, un flujo que sólo tiene un inicio y un final, pero nunca obedece a esquemas ni se encuentra con pausas dramáticas ni con estructuras prefijadas: da que pensar el nivel de planificación de un Linklater que nunca pudo prever los avatares sociales ni los futuros cambios en el físico de sus protagonistas. Hay por ello una cierta limpieza en la mirada del realizador, que casi se limita a documentar, con un pie puesto en la ficción y otro en la realidad, aquello que, casi, va ocurriendo ante su cámara. Porque, en otras palabras, si bien las historias y los personajes que pueblan Boyhood pertenecen al mundo de la ficción (una ficción no hermética, probablemente permeable a la propia autobiografía de su responsable), el espectador percibe la película como en parte real, marcada por esa intimidad compartida que trasciende el carácter de tradicional bildungsroman para convertirse en un testimonio vivo, auténtico y sincero. Digámoslo así, Linklater ejerce de narrador pero también de observador, cual un Ed Harris en El show de Truman, porque además de seguir a un personaje de ficción también documenta para el espectador los cambios físicos y psicológicos que operan en la persona real, en el actor que interpreta al personaje.


Ese paso del tiempo, principal inquietud del realizador -también presente en su citada trilogía- encuentra su plasmación narrativa en los elementos escénicos: en la música que va sonando, en la evolución de los modos del ocio (esencialmente en el avance de los videojuegos), en la moda juvenil, retratado todo ello con una sensibilidad cercana a la de cierto Gus Van Sant. Pero especialmente queda marcado el devenir de la primera década del XXI en los cambios políticos, que siguen subrayando una división entre las dos Américas en constante pugna, caracterizadas por aquellos últimos años de Bush, por el ascenso de Obama, por la guerra de Irak... y también por los republicanos y los tradicionalistas de una Texas que empuñaba en una mano una Biblia y en la otra un rifle, por los hijos progresistas de la revolución hippy o por los excombatientes de Afganistán, esencialmente perplejos. Al fin y al cabo, Boyhood es una película con un centro orbital muy claro (Mason) pero también con un sistema de satélites que terminan de dar los contrapuntos necesarios a la historia de maduración. Estamos ante una película marcada por el desencanto adulto, por la pérdida paulatina de los ideales -en el personaje del padre-, por el envejecimiento y la toma de conciencia del sentido (o la falta del mismo) de la vida -en la madre-. Al fin y al cabo, lo que diferencia a los adultos de los niños es que deben tomar decisiones y, con ello, lidiar con sus consecuencias, luchas personales, sentimentales y económicas.

Pero ello es sólo una representación del futuro plausible de Mason, que debe gestionar sus deseos y anhelos, su posición social y su introversión para primero encajar en ese mundo adulto -formado por gente emotiva pero también por alcohólicos y maltratadores- y luego hacerse su propia vida. Hasta entonces Mason lidia con su primer trago, con su primer porro, con su primer traje, con su primer beso. Con amigos o hermanastros que llegan y se van, gente que aparece y desaparece, un infinito vaivén de personas, a ojos de Mason fugaces, y cuya presencia está sólo sujeta al tiempo y a las decisiones circunstanciales: cambios de casa, de escuela, de estado; cambios y evoluciones psicológicas y físicas a menudo no explicados pero siempre fluidos, sabios en su exposición y en cómo vienen condicionados por el uso constante de las dilatadas elipsis. Sinsabores vitales no necesariamente tremendistas, no necesariamente sobredramatizados, nunca excesivamente enfatizados. La infancia de nuestro protagonista se percibe dura, difícil; pero especialmente confusa, abierta siempre a lo que venga, sea malo o bueno y nunca marcada por la determinación o por un destino negro: el éxito o el fracaso está condicionado por los adultos que rodean a Mason, pero depende en última instancia de él. Y el realizador lo sabe, no juzga y tampoco juega a potenciar los extremos.


Ese es el gran triunfo de la película. La opción narrativa de un Linklater sincero, soberbio, inteligentísimo en la toma de decisiones a la hora de representar lo mínimo o lo máximo y para capturar lo real y lo naturalista. A la hora de teñir de humanismo su película para acompañar a su personaje como un padre, como un Truffaut para Antoine Doinel. De ir montando pequeños trocitos de vida cotidiana, como en una especie de Gente corriente indie, hasta hacer funcionar el relato por acumulación -como cierta narrativa del cómic underground americano, pienso en Xaime Hernández-, más que por potencia dramática de sus segmentos por separado. Lo cual no quita que Boyhood esté cuidada en su detalle. Al contrario, a medida que va avanzando, se nota la mano de su realizador en ciertos diálogos brillantes, en algunas preciosas y precisas dinámicas entre los personajes y en el trabajo con unos actores que parecen difuminar las líneas entre la interpretación y la autoexposición, especialmente en el caso de una Patricia Arquette totalmente entregada. Pero como sea, la película triunfa de verdad observada en conjunto, con una ligera perspectiva temporal que le otorga su cualidad de medida contradicción, de buscada paradoja: habla de todo pero no va de nada, es íntima y descomunal, dramática y cómica. También vitalista, euforizante, profundamente emotiva, e impresionante en todos los sentidos. Y además, marca una manera de hacer cine inédita en el mainstream(1), una metodología ya veremos si repetible o no: lo único malo de Boyhood es que ahora tendremos que esperar otros diez años si queremos ver algo así como una hipotética Manhood.

9/10


                                             
(1) No así en expresiones cinematográficas de tipo más -digamos con ciertos reparos- marginal, donde se han dado experimentos como los que proponían los documentales a largo plazo firmados por Michael Apted The Up Series o donde autores más o menos prestigiosos se han podido permitir el seguimiento temporal de alguno de sus personajes capitales (es el caso del Ventura de Pedro Costa o del avatar del propio Bill Douglas en su Trilogy).


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4 comentarios:

  1. Chicos! Por razones de trabajo he estado una temporada más larga de lo que hubiera deseado sin frecuentar vuestro blog. Me dejó una sensación bastante amarga ver que los que firmaban las críticas ya no eran Spaulding y Blutarsky, pensando que habíais pasado el relevo a terceras personas. Releyendo antiguas críticas he visto que no podía estar más equivocada, así que el alivio ha sido inevitable.
    Por último, y si se me permite, creo que una revista como JotDown estaría más que encantada en recibiros como reactores (lo que sí os aseguro es que lo estarían sus lectores, entre los cuales me incluyo).
    En fin, que me encanta poder leeros de nuevo :)
    En cuanto a esta peli, la veré en cuanto pueda! Excelente crítica.

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  2. Sí, a diario recibimos llamadas de JotDown pidiéndonos que nos unamos a ellos, decidiendo nosotros condiciones y sueldo, pero nada, nosotros nos mantenemos inamovibles, fieles a nuestra Casa (jejeje).

    En fin, que sí, hace un tiempo abandonamos nuestros nicks con cierto pesar (y de vez en cuando algunas dudas de si hicimos bien), pero seguimos siendo nosotros :)

    Y oye, que encantados de tenerte aquí de nuevo, y esperemos que sea por largo tiempo...

    Abrazote!!

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  3. Preciosa critica Bluts!

    Vi la peli un mes antes de tu escribirla mas o menos y creo que si la hubiese leido incluso la hubiese disfrutado mas... y eso que sali fascinada! Linklater consigue que un proyecto tan complicado como este se muestre con sencillez y una honestidad apabullantes, para mi esto es primordial en cualquier propuesta cinematografica pero en este caso, sabiendo como se ha rodado es impresionate! Lo mejor del año hasta la fecha... y dificil de superar!

    besacos caseros!

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  4. Thanx, Elastidudette!! :D
    Amén a todo! Y sí, tienes razón que será probablemente la peli de la temporada. Uno de esos títulos que marcan un año (como, para bien o para mal, ocurrió con "La vida de Adèle")...

    Gustazo tenerte por aquí, oyes!

    Besotazo!!

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