Crítica de Dead Snow 2: Red vs. Dead

Dead Snow 2: Red vs. Dead
Al primer Zombis nazis (Dead Snow en su versión internacional) le tocó la lotería: la broma del noruego Tommy Wirkola fue generando un efecto bola de nieve que acabó traduciéndose en un éxito muy por encima de su condición de producto de serie Z, acertado sí, pero con cuerpo y alma de película para la televisión (que es, de hecho, como la valoramos muchos de los que la vimos en Sitges 2009; a saber qué críticas hubiera recibido de haberse considerado desde un primer momento como producción para la gran pantalla). Gallina de huevos de oro que visto lo visto, debía seguir explotándose claro. Así que hete aquí que ya nos llega Dead Snow 2: Red vs. Dead, secuela que recupera el hilo argumental exactamente donde lo dejó la primera parte, con la promesa de más y mayores salvajadas para satisfacer a un público, reconozcámoslo, bastante acomodado. Es lo que tiene el género de la comedia zombi: poco importa lo agotado que esté y lo mucho que lo hayan emputecido (ya no se sabe con qué mezclar a los no muertos: zombis nazis, zombis futboleros, zombis enamorados en el instituto...), que el espectador sigue acudiendo en masa, bonita metáfora, y se complace con recibir chorretones de sangre y humor de brocha gruesa, único par de requisitos sine qua non. Suficiente para que las industrias de todo el mundo vayan estrenando como churros más y más exploits repitiendo fórmulas hasta la náusea; escondiendo producciones más o menos mediocres bajo cubos de hemoglobina y exabruptos de violencia. El objetivo a veces se consigue, pero a poco que se ponga uno a escarbar...

Es lo que ocurre con la que nos ocupa: Wirkola vuelve a descubrir aquí su afinidad por un humor de conexión casi inmediata con el espectador, mediante una película que cumple a rajatabla con el contrato ya desde una introducción de elevadas cotas de gore, tan salvaje como despreocupado. Dead Snow 2 se antoja incluso más excesiva que la entrega anterior, explota mejor la condición nazi de sus zombis (o viceversa) y arremete contra todo y contra todos, sintiendo especial devoción por hacer sufrir a niños y personas inocentes que pasaban por ahí, mediante gloriosas muertes impensables en industrias más debidas a la corrección política. Pero su argumento, limitado a una premisa y a fogonazos atinados, aguanta muy poco el tipo, desinflándose demasiado rápido y quedando en una nimiedad que acaba por destapar todas las vergüenzas del film: y es que de la misma manera, no funcionan todos sus gags, sino que con el paso de los minutos van perdiendo fuelle y cuesta horrores que se retome el vuelo cuando aparece un chispazo de ultraviolencia visual (y remarco: sólo a nivel visual; por lo demás, es más inofensiva que los primeros trabajo de Peter Jackson tras las cámaras, por poner un ejemplo). Atención a la nueva utilidad que se le encuentra a un intestino, en este sentido.

Dead Snow 2: Red vs. Dead

Si ya digo que el panorama no es desalentador. Busca y consigue hacer pasar un rato divertido, quizá diez minutos más largo de que lo debería ser, a base de risotadas y palomitas. Pero demasiadas sombras afectan el resultado global como pasarlas por alto. Básicamente porque no esconde sorpresa alguna, suponiendo un refrito di pasajes y situaciones conocidas desde que el tiempo es tiempo, hasta el punto de creer por un momento que se trata de homenajes, antes de descubrir que en realidad sobre ellos se sustenta buena parte del tinglado. Falta abismal de chispa traducida en personajes carentes de carisma y cuya presencia es cuanto menos cuestionable (el grupo de autodenominados frikis), o en tramas que o bien caen en saco roto, intercambio de brazos a la cabeza (como suena), o bien pecan de repetitivas. Ni el propio Wirkola, director y guionista, parece cómodo con el film cuando éste debe ser desarrollado, y quizá por ello infinidad de momentos para el humor se antojan forzados, y por ende fallidos. Ni que decir tiene que el mismo discurso es aplicable al apartado meramente formal: no, Dead Snow 2 no es precisamente un dechado de originalidad destinado a perdurar...

Una de cal y una de arena, en definitiva, que hacen del film una fiesta esperable pero decepcionante a partes iguales. El clímax, debidamente destripado por el título del film en inglés, quizá sea el mejor de sus ejemplos: una locura, un enfrentamiento generoso en minutos, en gore, y en escenas a priori descacharrantes... que sin embargo acaba sabiendo a poco, incapaz de hacerse con una personalidad potente e incluso con puntuales titubeos rítmicos. Claro que toca entonces aclarar qué demonios de futuro comercial le espera: si se trata de un producto destinado al mercado doméstico, seguramente sea uno de los mejores exploits cómico-zombis ¿desde Zombis nazis? Si en cambio está pensada para la gran pantalla, se queda en muy, muy poquita cosa. Los fans del género dirán, imagino.
6/10

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