Crítica de El hombre más buscado (A Most Wanted Man)

A diferencia de otros escritores, caso, pongamos, de Stephen King, el novelista británico John Le Carré siempre ha gozado de una innegable buena estrella cinematográfica. La mayoría de las obras que se le han adaptado han devenido en productos cuanto mínimo potables -La casa Rusia, El sastre de Panamá- y en varias ocasiones muy destacables. Es el caso de las excelentes El espía que surgió del frío, Llamada para un muerto, El jardinero fiel, El topo o las televisivas Calderero, sastre, soldado, espía (adaptación asimismo de El topo) o su continuación Los hombres de Smiley. Así que de entrada una nueva película basada en uno de sus relatos -en concreto en el antepenúltimo hasta la fecha, escrito en 2008- debería, cuanto menos, llamarnos la atención. Especialmente si viene firmada por Anton Crobijn, prestigioso fotógrafo y director de videoclips que debutaba en el cine con la notable Control y que ya probó el género del thriller con su propuesta de sophomore, aquella estupenda El americano que convenció y levantó cejas a partes iguales. Ahora Corbijn atempera un poco sus formas pero no da su brazo a torcer en cuanto a su contenido, volcándose aún más en los códigos del género y al mismo tiempo resultando insobornable hacia una público que cada vez parece pedirle a este tipo de películas mayores excesos visuales y narrativos.

El hombre más buscado es todo lo contrario. Una trama exuberante que sin embargo fluye contenida, que prefiere implosionar que dar salida pirotécnica a su vibrante propuesta argumental: una unidad antiterrorista que opera desde las sombras investiga a un joven de madre chechena y padre ruso que ha llegado a Hamburgo tras haber escapado de las torturas en su país. El joven pretende donar una cuantiosa suma de dinero a un filántropo musulmán ayudado por una abogada abnegada, entregada a los derechos humanos, pero tanto dicha unidad especial como el FBI parecen tener intereses en lo que sospechan una operación de financiación de organizaciones terroristas islámicas. Tema delicado, espinoso, siempre de actualidad, estos días con la realidad de ISIS copando informativos especialmente. Ligado al 11-S, momento en que el mundo occidental demonizó definitivamente a la otra mitad y en el que remotamente se habría producido la chispa de este thriller que indaga en estos miedos colectivos y los traslada a un amplio grupo de personajes que van de lo idealista a lo jodido por todas las gamas de grises: la abogada que cree en la igualdad, la pragmática agente norteamericana, el banquero cogido por los testículos por culpa de las deudas de su padre, los agentes de despacho que ni preguntan ni cuentan y, especialmente, el jefe de la operación en Hamburgo. Un Philip Seymour Hoffman machacado por un pasado en Beirut y reconvertido en bronco hijo de perra toxicómano con agudo sentido del deber.


Y a pesar de todo, como digo, El hombre más buscado es un thriller de espionaje que transcurre en la trastienda. Se encuentra en las antípodas de las misiones imposibles de Ethan Hunt y parece el contrapunto serio de la saga Bourne, como si transcurriera entre los resquicios no contados de sus secuencias de acción: aquí no hay tiros, ni carreras, ni explosiones. Esto es una especie de crepúsculo del thriller del siglo XXI, producto de nuestro tiempo pero a la vez más ligado a los años 70 que a los cánones actuales, más cercano a los títulos citados y a El mensajero del miedo o Siete días de mayo, con ecos de El cuarto protocolo. Un drama de suspense centrado en las escuchas, en los interrogatorios, en las extorsiones, en las vigilancias, en los pactos y traiciones. Un retorno a las esencias que no teme densificar sus planteamientos cuando es necesario, matizar sus personajes, sus pasados y los sucesos pretéritos que han propiciado los mecanismos de los hechos que se nos narran: el guión de Andrew Bovell resulta claro y directo, pero al mismo tiempo domina las sutilezas, la dosificación de información y el subtexto en un puñado de diálogos estupendos que enriquecen la trama, ya de por si nervuda.

Claro, Corbijn parece haber abandonado las propuestas formales radicales, se diría que ha dulcificado su planteamientos visuales y que su rigor escénico es menos sofisticado que el que lucía lo último que vimos de Le Carré, la mentada El topo. Pero a poco que se entre en la película, se percibe una dirección con un pulso muy firme, y los ambientes fríos y cortantes que envuelven a los personajes parecen mucho más planificados que dejados al azar. Los tonos azulados, en contraste con la entrada súbita ocasional de los naranjas, acompañan la sensación de derrota y de decadencia que sirven los personajes, especialmente un protagonista duro, lleno de claroscuros y conflictos psicológicos. Un personaje central que es, por cierto, el auténtico núcleo magmático de la película, capaz de arrollar con todo lo que se le ponga por delante: si el reparto es de altura (Willem Dafoe, Robin Wright y Rachel McAdams están tan bien como de costumbre), el malogrado Philip Seymour Hoffman deja para el recuerdo una interpretación excepcional, forzuda, empapada de carácter, mala leche, sensación de perdición y aroma de adiós, marcada por unos últimos minutos que dejan claro que la película es suya y de su personaje, algo en la estela de lo que ocurría en La noche más oscura.


En resumen, un thriller inequívocamente actual que respira intemporalidad gracias a su aire de vieja escuela y que en el futuro será recordado u olvidado, pero que sin duda deberá suponer un buen ejemplo de como perpetuar un material previo (el literario) a través de un trabajo de deconstrucción de códigos realmente notable.

7'5/10

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