Crítica de La danza de la realidad

A Alejandro Jodorowsky le ha llegado el momento de recapitular. Atrás quedan sus años de juventud, de experimentos cósmicos, de lisergia y peyote, de chamanismo y filosofías insospechadas, de radical exploración de los límites de la conciencia humana y la representabilidad de los símbolos religiosos, tribales o lo que fuera. Jodorowsky, el Jodorowsky cineasta, se ha hecho mayor y empieza a tener la necesidad de echar la vista atrás. Por el camino ha perdido lucidez, ácido, capacidad revulsiva; pero claro, los 70 y los 80, sus 70 y 80, quedan lejos. El mundo ha cambiado, y no sé si es que nos hemos vuelto todos más cínicos o es que simplemente con la llegada de la sociedad de la información y el fallecimiento fatal del cineclub nuestro alcance cultural se ha multiplicado por si mismo n veces y al mismo tiempo ha perdido en capacidad de sorpresa. Pero ahora, con todo lo que hemos visto y oído La danza de la realidad parece descolorida, un reflejo pálido del ilustre filósofo, escritor, guionista, cineasta, dramaturgo, comiquero, chamán y quién sabe cuántas cosas; una muestra de algo inconfundible que fue, que lo fue mucho (qué narices, El topo sigue ahí arriba) y que ahora, lejos de radicalizarse ante la llegada de la edad adulta (por qué no, João César Monteiro, por ejemplo, filmó a las puertas de su muerte sus obras más iconoclastas y lúcidas) parece haberse rendido. Un poco. No mucho, pero sí un poco.


El hecho es que Jodorowsky se mantiene presente. Si hay una obra multireferencial inequívocamente atribuible a su autor esa es la del chileno. Hasta ahora ninguna de sus películas había resultado tan autobiográfica como este documento de sus años de infancia en el chileno pueblo de Tocopilla, pero aun así muchas de sus constantes siguen ahí. Sigue ese aliento circense, de manera literal en un inicio que transcurre en una carpa, que imprime a su obra esa textura tan felliniana. Es más, algo de Amarcord hay en el resto de la película. Sigue también presente el análisis sangrante de la desigualdad humana en una sociedad como la de Chile y, por extensión, del resto de las zonas con desequilibrio de clases del mundo. Hay crítica al mercantilismo, al militarismo, al imperialismo yanki, al fascismo, al fundamentalismo político a y la intolerancia de los favorecidos hacia los pisoteados. De nuevo pueblan el Universo Jodorowsky tullidos, mutilados, transexuales, transformistas, enanos. Figuras de la política, de la religión, cristiana o no. Personajes familiares o chocantes, venerables o estrambóticos, todos respetados y amados por el autor, sobre los que se vierten los temas de los que este quiere reflexionar: identidad, sexualidad, creencia, exclusión (personal o antisemita), vida, muerte y más allá, complejos, escatología y esoterismo.

Con su propio yo infantil como centro del relato, el autor traza una breve y personal historia de su país y de los hechos que sacudieron la historia al inicio del segundo tercio del siglo XX (la llegada del nazismo) y lo vuelca todo en una historia de búsqueda de la identidad y la redención de un ser despreciable. Ese padre radicalmente comunista, pragmático y severo que representa todos los males de la intransigencia política y la irresponsabilidad paternal. Ese hombre experimenta un camino hacia la iluminación que, obviamente, no es lineal, ni atonal (esto es un auténtico baile de géneros: comedia, drama, cine histórico, fantástico, musical, incluso parodia del cine de artes marciales) ni mucho menos literal. La narrativa de Jodorowsky siempre es esquiva, y este caso no es excepción. La propuesta se presenta una vez más de manera desestructurada y anárquica, regida por los recuerdos, sensaciones, trips mentales e ideas bizarras de su autor más que por un hilo narrativo poderoso. Como de costumbre, casi nada es como se muestra, sino marcadamente simbólico, pero ahora el resultado es distinto por desgastado: si hasta ahora sus metáforas eran escurridizas y exigían a su espectador un proceso de aprehensión laborioso y complicado, ahora todo parece mucho más simplista. Y quizá algunas de las propuestas temáticas siguen siendo opacas, pero en esos casos ahora se intuye o se teme que detrás de ello pueda no haber nada o, en el mejor de los casos, haber lo mismo que había siempre.


No se me malinterprete, hay más cine entre las imágenes de La danza de la realidad que en varios ejercicios de autoría cinematográfica que resultan huecos y faltos de auténticas ambición e inquietud. Jodorowsky sigue sintiendo el cine como un vehículo artístico thought-provoking, como un proceso de purga de demonios, propios o colectivos, y como un arma arrojadiza que siempre podrá salir del pueblo y servir al pueblo. Pero como digo el Jodorowsky fabulador parece haber perdido fuelle y el armador de imágenes funciona sólo a medio gas: imágenes potentes conviven con otras simplemente trasnochadas, su kitsch feísta coquetea con una especie de voluntad de epatar vía una representación más suavizada, salpicada de hallazgos divertidos pero a la larga repetitivos, como el personaje de la madre, que siempre se expresa cantando como si estuviera en un musical. El resultado, un aparato formal más cercano a Jean-Pierre Jeunet o -salvando las distancias- Javier Fesser que al tipo que nos maravillaba y nos estremecía al mismo tiempo con La montaña sagrada o Santa sangre. Una película que a ratos es pura autoparodia -quizá esa vocación de autoconsciencia humorística, de existir, salve muchos de sus pasajes- y a otros reflexión más o menos lúcida. Que bascula entre lo logrado y lo fracasado, entre lo evocador y lo obvio. Solo que si antes este tipo de criterios se aplicaban como estimulantes choques de opuestos ahora sólo se perciben como claudicación ante el cansancio.

6/10

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