Crítica de La isla mínima

La cámara sobrevuela suavemente el terreno, mostrando una sucesión de planos cenitales que ilustran un paisaje extraño cuya orografía evoca extrañeza y combina lo alienígena con lo definitivamente telúrico: son tierras fértiles de colores casi fluorescentes, riachuelos, humedales, campos anegados, poblados por somormujos, cigüeñas y cormoranes, y probablemente también por algo más, y peor, que flota en el agua, hinchado de aire y con la carne reblandecida. Nos encontramos en las marismas del Bajo Guadalquivir y esa descripción de su orografía intrincada, que en ocasiones recuerda al laberíntico tejido convoluto de un cerebro humano, nos agarra sin piedad de la nuca para zambullirnos lo querramos o no en una zona fría y atávica de la que costará salirse. La de un pueblo andaluz de la España de 1980, a medio camino todavía de una democracia balbuciente y con los restos humanos y morales del postfranquismo aún dando por culo, donde se ha producido un doble asesinato aparentemente ritual, de esos tan propios de nuestra tan querida crónica negra. Ahí se desplazan una pareja de detectives, dispuestos a resolver el caso pero a punto de ser arrastrados por una inercia de la perdición y casi por sus propios pasados.

Alberto Rodríguez se mantiene en el género que tan buenos resultados le dio con su notable Grupo 7, sorpresa en su momento que le granjeó tantas admiraciones como sospechas futuras. Pero poco podíamos imaginar que la cosa iría tan a mayores. La anterior, primer paso de una depuración estilística que cambiaba el drama de 7 vírgenes o After por el género puro y duro, era un thriller seco y directo que funcionaba como el mejor ejemplo posible de un policíaco hecho aquí, universalizable en el fondo pero indesligable en la forma. La isla mínima es mucho más. Sigue siendo un producto muy genérico, adherido a ciertas convenciones del policíaco, pero su alcance es muchísimo mayor, tanto en lo narrativo como en lo visual. Si antes parecía que la cosa empezaba y terminaba dentro de sus propios márgenes ahora todo se dispara hacia el horizonte a velocidad de vértigo: los personajes tienen mayor profundidad, sus implicaciones morales más carga dramática, los hechos que se narran resultan más terribles y aterradores y la lectura humana es más oscura. Y, por supuesto, el Rodríguez realizador (la faceta de guionista la comparte aquí con Rafael Cobos) ha evolucionado como narrador hasta ese lugar que pocos alcanzan: el de los directores que entienden el contenido de la historia como algo íntimamente ligado con cómo se nos cuenta esta y logran la mágica correlación de los términos. Todo en La isla mínima parece codependiente, como si no se entendieran los personajes sin su entorno, como si las acciones quedaran huérfanas de faltarles su atmósfera.


Así es la película, un viaje al corazón de las tinieblas terroríficamente atmosférico y de un peso a ratos casi irrespirable. Pocos ejemplos recuerdo en nuestro cine mainstream en los que el entorno y el paisaje se hayan cuidado tanto y se hayan enfocado desde un prisma tan narrativamente rico. Como si de una especie de Luisiana cañí se tratara, Rodríguez y su director de fotografía, Alex Catalán, convierten estas marismas en escenario de una trama de crimen sureño e inventan con ello algo así como un spanish gothic. La comparación con True Detective es inevitable (y, por pura cronología, falaz), pero se percibe absurda, a tenor de la naturalidad con la que todo va desarrollándose: parece que al final ese aire pegajoso infestado de mosquitos, esos cañaverales, ese ambiente humano que se nutre tanto de chonis como de mafiosos como de videntes sea la única opción posible, el único camino que podían haber tomado los autores. Esto no anda lejos tampoco de Arde Mississippi, con su ambiente de pueblo cerrado tan apunto de estallar en una espiral de odio y muerte. Y evoca directamente todos los policíacos sórdidos que terminaron siendo el precedente de las buddy movies (aquí también hay pareja de polis opuestos) pero que afortunadamente también encontraron un hueco serio por el que ir colándose en el imaginario colectivo a lo largo de los años hasta llegar a nuestros días gracias a otro título capital: Zodiac.

La gran virtud de La isla mínima, sin embargo, es dar salida a todos esos elementos escénicos y temáticos (en ocasiones con demasiado ahínco, quizá: en algunos momentos los referentes a los que quiere apelar resultan un tanto evidentes) pero construir con ellos una historia de un calado humano tremendo. Mediante detalles sutiles, Rodríguez y Cobos van caracterizando a sus dos protagonistas, prototipos del esquema poli bueno/poli malo (correctos Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez), hasta terminar dotándolos -especialmente a uno de los dos- de un peso específico brutal basado en sus propios claroscuros y turbiedades. Tanto que ello incluso termina aportando una nueva tesis dramática a la película, que cristaliza en un epílogo abismal, un último giro que termina certificando que, por muy exportable que pueda ser (lo es), esta es una película que habla de nosotros. De nuestra herencia, nuestros fantasmas y nuestras frustraciones, sociales, históricas y personales. De nuestra sociedad y los tipos que la pueblan: inútiles sin malas intenciones pero ninguna posibilidad real (el padre de las niñas asesinadas), mujeres sacrificadas condenadas a la desgracia (la madre), jóvenes macarras con intenciones poco claras, periodistas que han tenido que vender su propia integridad profesional al amarillismo. Y de aquella época en la que en pleno camino hacia la democracia la versión oficial aseguraba que todo iba a empezar a ir viento en popa, aunque los años hayan terminando poniendo todo eso en duda.


Sea como sea, La isla mínima opera a varios niveles, pero el primero, más evidente e impactante es el que termina funcionando de verdad, marcando la idiosincrasia de la película y estableciendo el tono general: estamos probablemente ante el mejor policíaco comercial rodado en nuestro país en décadas, superior en casi todos los sentidos a otros grandes ejemplos recientes, como la mentada Grupo 7, el No habrá paz para los malvados de Urbizu o la reciente (y muchísimo menos compacta) El niño. Un puzzle de una perfección formal asombrosa e inaudita que va mostrando nuevas piezas, a cuál más deslumbrante, a medida que se va montando y que termina conformando una historia viciada, oscura, directa pero nunca sobreexplicada. Llena de escenas memorables (la persecución nocturna, el clímax bajo la lluvia) y con una tensión en aumento que nunca rebaja sus niveles de autoexigencia. Que cala hasta los huesos y que no sólo confirma que Rodríguez se ha superado holgadamente a si mismo sino que, además, aún puede alcanzar nuevos y más altos techos.

8/10

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