Crítica de Oculus

Oculus
Lamentablemente, hay que tragar muchísima mierda hoy en día, si se pretende encontrar una película de terror decente. Para cada Expediente Warren que nos llega, hay infinidad de Sinister y tropecientos The Eye (Visiones) por los que debe uno pasar esperando encontrar el sleeper del año, la película de género que dé la campanada. De manera que toca congratularse cuando se da en la diana y, cuanto menos, el producto hallado no supone un ataque contra la integridad del espectador. Claro que casos así suponen armas de doble filo: la exaltación puede ser exagerada, tildándose de grandes obras películas que en ningún momento piden semejante distinción, y cuya esencia abiertamente reconocida se limita a convertirse en un suculento acumulador de sustos de nivel moderado. Vamos, que ojo con Oculus, porque de las expectativas que parece ir generando, puede acabarse traduciendo en una sonora torta cuando en verdad, desde el prisma adecuado, estamos ante una de esas producciones con alto potencial para el regocijo. Estableciendo la excelente propuesta de James Wan antes mentada como referente absoluto del terror comercial del último par de años (aceptamos, ¿no?), la que ahora nos trae el semidesconocido Mike Flanagan queda muy atrás; pero oíd, en todo caso es más que digna, así que bien merece que se le dé una oportunidad.

Lo es porque, para empezar, pese a moverse por unos carriles muy marcados (una maldición pesa sobre un vetusto espejo que parece hacer las veces de nexo entre el más allá y el más acá), Oculus intenta desmarcarse tanto a nivel formal como de mecánica, estructura, o como quiera llamársele al desarrollo de su entramado. Lejos de lo desgraciadamente habitual en esta clase de situaciones, Flanagan descubre un estilo muy marcado con su trabajo tras las cámaras, fardando de una inesperada elegancia y jugando alegremente con los reflejos de un espejo que se recoge desde todos los ángulos imaginables, hasta dotarle casi de más personalidad que alguno de sus protagonistas humanos. Del mismo modo, busca imprimir al conjunto un ritmo sosegado, un progresivo y muy poco precipitado aumento de la tensión y el interés que flirtea con el desastre cuando toca recorrer los lugares más comunes de su entramado, pero gana no pocos enteros cuando aquí y allá deja entrever pasajes de cierta originalidad. Y es que he ahí la otra gran baza del film: si bien todo en él sea más o menos arquetípico, de vez en cuando se marca algún apunte fresco no siempre acertado, pero siempre bienvenido (ya más allá de su elegancia formal y el tempo con que gestiona la información para el espectador). Dos son los principales centros de atención en este sentido: el primero un argumento que salta continuamente por dos líneas temporales que se entrecruzan con alegría y de manera constante, hasta excederse de manera puntual; y el segundo un discurso desmitificador (los protagonistas buscan demostrar la autenticidad de los fenómenos paranormales que afirman que les ocurrieron en su infancia) que deja la puerta abierta a la posibilidad de que nada sea real, sino fruto de la locura de uno de sus protagonistas.

Oculus

Y aunque sea precisamente este último punto, el de la doble posibilidad, uno de los que no acaban de resultar del todo entre otras cosas porque tampoco parece que su responsable se interese demasiado por él, sí añade más leña a esa personalidad tan atípica que busca Oculus. Razón de más para levantar una ceja cuando parece traicionarse a sí misma mediante un abuso de efectos sonoros, así como de algunos recursos de brocha gruesa para buscar el sobresalto fácil. Sendas jugarretas de lo más innecesarias que juegan en contra del propio funcionamiento de la propuesta, hasta el punto de parecer impuestas: y es que nada tienen que ver a las sensaciones que se desprenden de cuando realmente pisa el acelerador en materia cien por cien terrorífica, coincidiendo con el acceso al desmelenado tercer acto. Entonces sí logra llevarse de calle al espectador, sumiéndolo en un estado de ánimo moderadamente desasosegante (y a la escena de la bombilla me remito, sin ir más lejos).

Así pues, aun con luces y sombras, con sus más y sus menos, y siempre desde un ejercicio previo de reducción de expectativas, la película acaba convirtiéndose en una de esas extrañas coincidencias en las que se estrena una película abiertamente comercial de género, y resulta que vale la pena. Entretiene, interesa y asusta a partes iguales pese a no colmar nunca el vaso en ninguno de los tres casos. Y qué demonios, pretende convertir a Katee Sackhoff en la nueva scream queen, pese a los desastrosos resultados de la anterior intentona de Starbuck en Exorcismo en Georgia. Eso también tiene mérito, ¿no?
6,5/10

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