Crítica de The Signal

The Signal
The Signal es una de esas películas que, al margen de cómo hayan salido (ahora nos meteremos en materia), incitan a seguir en su órbita más allá de los títulos de crédito. Por sus diversas alegorías o una conclusión tal vez abierta a interpretaciones, uno puede coger e ir a buscar declaraciones y entrevistas de sus responsables, el jovencísimo director William Eubank (Love) y sus co-guionistas Carlyle Eubank y David Frigerio. A ver qué querían decir con el film, y si coincide su discurso con el que te habías ido montando tú durante su visionado. Craso error, en el caso que nos ocupa. Y es que a ver, pongámonos en situación: la cosa va de tres jóvenes que sufren un ataque alienígena y luego son secuestrados por el organismo ¿gubernamental? de turno, en cierta base cuyo nombre se adivina sin necesidad de ser un listillo (por más que el guión lo reserve como semi-sorpresa), para realizar toda clase de pruebas. Y claro, buscan escapar, al tiempo que efectivamente parece que algo ha cambiado en sus cuerpos. Argumento trillado, que justo por eso da pie a una miríada de acercamientos; y como decía, The Signal apuesta por las lecturas entre líneas y las metáforas. Y cae en su propia trampa: invita al espectador a que empiece a darle vueltas... y éste corre el riesgo de ir más allá de un discurso que, a tenor de lo rescatado por Internet a posteriori, cumple el peor de los pronósticos revelándose tan simple que, a su lado, Dora la exploradora parecería un galimatías. Malo.

Malo porque entonces se entra en el terreno de las pretensiones no cumplidas, cuando no directamente de los intentos (fallidos) de engañifa. Porque si uno asiste a los primeros 30 minutos del film, se topa con una road movie con más de Catfish (los tres amigos se movilizan para perseguir a una suerte de acosador internáutico) y de Juno (jóvenes atribulados: el friki informático, el tullido y... la chica –sic) que de terror por alienígenas. Tanto a nivel formal como de guión, The Signal busca con descaro el estilo indie: escenas brillantes, banda sonora que hará las delicias de Coldplay, puntuales ralentíes de un joven mirando fijamente un río, y argumento tipo parábola sobre la madurez que pretende hablarle de tú a tú a una generación, primero en forma de potenciales inadaptados en busca de su lugar en el mundo, después mediante Grandes Conversaciones sobre la Vida. Y claro, aquí y allá algo de crítica sobre la exposición de la intimidad de hoy en día, gentileza de la tecnología. Todo muy pretencioso, la verdad, pero ya de entrada con una sombra importante, de imposible rodeo: va de lista, usando palabras pobres, con un galimatías informático de aúpa al que sin embargo se le ve demasiado rápido el plumero; todo fachada, absoluto vacío interior. Premonición de lo que está por llegar...

The Signal

Llega el primer cambio de tercio, de golpe el indie se pierde y en su lugar se pasa a la historia alienígena que hemos pagado por ver. Teórica presentación de personajes, pues, dada oficialmente por finiquitada. Ni que decir tiene que se queda más coja que una mesa de bazar chino, pero en fin, toca volver prácticamente a la casilla de salida y recorrer una nueva vía que se presenta formalmente relamida, afectada por un exceso de manías arty que no vienen al caso salvo que busquen ensalzar el ego de su cineasta, para un bloque central en el que Laurence Fishburne se dedica a estudiar a sus tres pacientes... O como mínimo a uno de ello, puesto que de dos de los tres jóvenes del principio, The Signal parece olvidarse tan ricamente. Rechazo inicial y algo así como una hora francamente desatinada por repetitiva, alternando entrevistas con Fishburne, dudas internas e intentos de fuga en una estructura que no avanza lo más mínimo y donde el Gran Discurso se va simplificando, hasta casi desvanecerse por completo. Pero es normal, ya que la película ha emprendido un cambio de aúpa al acabar su primer tercio, y en el segundo va dando tumbos sin dirección alguna. Primando lo visual (y lo sonoro) por encima de la chicha.

Poco sorprenderá, pues, que el tercer acto vuelva a significar un cambio, esta vez algo más continuista a nivel argumental pero igualmente exasperante y, ni que decir tiene, fallido. Un intento de abrazar a los primeros dos bloques y darles una conexión que sin embargo acaba siendo la puntilla de un film demasiado disperso para poder adentrarse en él (y poco ayudan ciertas decisiones formales, algunas en forma de recursos de acción caducados allá cuando el primer Matrix). Sin ir más lejos, de golpe y porrazo se recupera ese halo de metáfora, y de ahí lo que comentábamos al principio y que podía haber salvado a la propuesta de la quema: hay películas que puede que no salgan del todo bien, pero cuyas intenciones están ahí y merecen cierto reconocimiento. Máxime, si te invitan a ahondar en ellas para saber más de su discurso. En el caso que nos ocupa, ir de gincana por Google sólo significa toparse con una explicación tan chichinábica como para caer en el ridículo más absoluto. Una línea de primero de guión que alguno de sus responsables debió de oír en un momento de lucidez, y que constituye en la irregular, pretenciosa, engañosa y hueca The Signal, su único contrafuerte. Demasiado insuficiente.
4/10

1 comentario:

  1. Totalmente de acuerdo, se queda hueco hueco...sino lo siguiente hasta caer en el ridiculo absoluto, menos mal que no la vi en el cine, sino me hubiese dado algo. Es tal y como explicas en la critica(muy bien argumentada por cierto) intenta ir mas allá pero no llega a ningun lado se pasan de listos, aunque he de decir que esperaba un final apoteosico que cambiase mi opinion sobre lo visionado desde el minuto 1.....pero nada mas lejos. Lo mismo si la hubiesen hecho de otra manera hubiese salido algo bastante potable. Le doy un 3,5 y entra en mi lista negra de peliculas que no volvere a ver en la vida, jeje.

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