Crítica de Annabelle

Annabelle
Ya se sabe de lo que va todo esto: pelotazo taquillero de una cinta de terror, equivalente a secuelas y spin-offs por un tubo mientras la fórmula salga rentable. Ahora bien, seguramente ya sin los responsables de la primera involucrados. Expediente Warren contará en breve con una segunda parte de la que su director nada ha querido saber, pero mientras se prepara su estreno le toca ir abriendo boca a su primer spin-off; primero, porque pueden llegar muchos más habida cuenta tanto de la millonaria taquilla recolectada en USA, como de la cantidad de objetitos malignos y batallitas sobrenaturales convertibles en película que aparecían en la original. Annabelle tiene en la muñeca chunga de la obertura de aquélla, la excusa sobre la que montar un nuevo carrusel de sobresaltos inspirados en hechos reales. Hasta ahí bien, por qué no. Sólo que por el camino se pierde el director (lo dicho: James Wan ha hecho oídos sordos enfrascado como está en Fast and Furious 7), el reparto se sustituye en pos de actores dignos de telenovela, y del guionista ni rastro, que está a los mandos de Expediente Warren 2. Y así se desenmascara la realidad: hecha en cuatro días y con dos duros, la que nos ocupa es tan sólo una vulgar estrategia de marketing para atacar al espectador. Y se nota tanto que es hasta denunciable.

Lo único menos malo que puede decirse de este timo en toda regla, subproducto infeccioso digno de extra del DVD, pasa por saber coquetear, en sus compases iniciales, con hechos fácilmente reconocibles: nos encontramos a finales de los 70, en plena vorágine sectaria y con un tal Manson acaparando las primeras planas. En estas, que una pareja es atacada por sus vecinos en lo que parecería una emulación (¿exploit?) del infame asesino, coincidiendo casualmente con la adquisición por parte de las víctimas (embarazada ella, por cierto, en un plan muy Rosemary) de cierta muñeca de mirada raruna. Un chispazo, un apunte apartado que queda condenado al olvido ante la montaña que se le viene encima. Y es que es tal su condición de desvergonzada estrategia mercantil, que su guión pasa a convertirse de manera inmediata en una vulgar acumulación de conceptos de género sin ton ni son, aglutinando fantasmas y posesiones sin preocupación alguna ya no por la originalidad, sino por la propia lógica interna del film. Hasta el punto de olvidarse, directamente, de la dichosa muñeca en pos de lo que se diría una simplona fotocopia tomada de cualquier manera y convertida en celuloide deprisa y corriendo. Porque no, Annabelle no es buena a nivel argumental, pero alcanza mínimos históricos si se empieza a considerar el resto de valores que la deberían convertir en película.

Annabelle

Su inefable director parece incapaz de otorgarle un mínimo de dignidad artística desde la cámara, que recoge con desgana la acción en un marco pobrísimo y de puesta en escena sumamente descuidada. Sorprende que sea el mismo John R. Leonetti que se encargara de la esmeradísima fotografía de Expediente Warren. Nula ambientación lleva a nula recreación de una atmósfera que se antojaba vital habida cuenta del bajísimo nivel al que rayan los teóricos sustos del film. Apenas se salva uno de sus sobresaltos, de hecho, con el añadido de un pasaje moderadamente tenso (cierto ascensor). El resto, pura basura. Fruto de no haber tenido el más mínimo interés por cuidar de la producción. Avaricia, esa mala consejera, que aquí llega a límites de vergüenza ajena: atención a las máscaras con las que se disfrazan ciertos personajes diabólicos... de traca. Y ojo, que hay quien la defiende: comentarios a su favor en forma de es que es terror clásico ya suenan para defender lo indefendible. De corte clásico sí es, claro que sí; pero no por mirar hacia atrás en el tiempo puede salvarse de la quema un burdo ejercicio sacacuartos. Su nulidad cinematográfica es dolorosa, sus objetivos pueriles, y el espectador que caiga en su trampa debería reclamar su dinero de vuelta: esto ni siquiera es una película.
2/10

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