Crítica de Caminando entre las tumbas (A Walk Among the Tombstones)

A Walk Among the Tombstones
La noticia es que esta vez nadie ha secuestrado a la mujer de Liam Neeson. El asunto, que han secuestrado, y de paso asesinado, a la de otro tipo. Y que es Liam Neeson quien va a tener que cazar a los responsables para someterlos a una sesión intensa de puños irlandeses. Todo como siempre... pero, como dicen los ingleses, with a twist: esto no es una nueva secuela apócrifa de la saga Venganza, donde Neeson se embarca en una aventura hiperbólica que lo convierte en esa especie de hijo bastardo de Charles Bronson y McGyver, sino algo que va por caminos un poco distintos. En esta ocasión queda apartado el factor castillo de fuegos artificiales de hostias como panes y toma un poco más de protagonismo la indagación criminal. La que emprende este investigador en horas bajas que es contratado por un narcotraficante (un narcotraficante bueno, claro) para que cace a la banda que le arrebató a su esposa justo cuando ambos iban a iniciar una nueva vida alejada del crimen. Una investigación por las cloacas de la condición humana que llevará al bueno de Liam a descubrir nuevos crímenes perpetrados por dichos indeseables y a intentar poner fin a su festival del fiambre. Y como sea, no hay aquí tanto actioner inyectado de adrenalina como pesimismo negro, más cercano al policíaco más o menos clásico: en un arrebato de divertida desvergüenza, el protagonista es comparado en cierto momento de la película con Sam Spade y Philip Marlowe, nada menos.

A partir de una novela de Lawrence Block, Scott Frank articula su segunda película, que resulta marcada por su propia experiencia como guionista. A Frank se le conocen libretos memorables como los que escribió para Un romance muy peligroso o Minority report, pero también textos menos nobles (por decirlo de modo no especialmente hiriente), como La intérprete o Lobezno inmortal. Su amplia experiencia queda patente en un sistema de códigos muy marcado y en una estructura clara y directa guiada por unos personajes muy ligados a los preceptos clásicos. Interprétese como se quiera. Porque Caminando entre las tumbas queda muy, muy lejos de ser un producto original y de exhibir un entramado argumental complejo: si apela a Chandler es sólo en espíritu, porque la historia que propone Frank es simple, con algún flashback explicativo del pasado del personaje, pero en esencia lineal: una caza del hombre que sólo puede culminar de una manera y que viene acompañada del final de la transformación moral del personaje. Un protagonista que, por otra parte, obedece en diseño a los cánones: es bronco, expeditivo y chapado a la antigua; solitario, marcado por un trauma del pasado y alcohólico en rehabilitación. Pero no deja de tener una vertiente paternal que lo convierte en el improbable tutor de un sidekick un tanto innecesario: ese chaval que malvive en las calles subsistiendo gracias a su innegable astucia.

A Walk Among the Tombstones

¿Dónde está la gracia, entonces, de Caminando entre las tumbas? Pues, la verdad, lo que se entiende tradicionalmente por gracia no la tiene en ningún lado. Pero hasta cierto punto la película representa un placer culpable innegablemente disfrutable. Disfrutable en una acepción algo masoquista del término, habida cuenta de que el sentido del thriller que ofrece es más negro y desesperado que de costumbre. El Nueva York que pinta Frank es triste, gris, apagado, mortecino, cuando no irrespirable por culpa de una lluvia torrencial, muy alejado de la imagen habitual que se suele ofrecer de la ciudad. Ocasionales jirones de humor negro no ayudan en lo que es, en general, una historia desesperada y opresiva, un policíaco ácrata, poco preocupado como decíamos por desarrollar estructuras y personajes sofisticados, pero también bastante desinteresado en hacer amigos, lo cuál puede interpretarse a su favor como un guiño hacia ese sector del público amante de la novela negra más torturada y que puede estar agotado de la idealización light del género. En definitiva esto, en perpetuo movimiento entre la sobriedad y el pulp, entre la elegancia y la serie B, gustará más a los fans del hardboiled que a los grandes públicos palomiteros. Y ahí está su principal fortaleza y lo que convierte Caminando entre las tumbas en un modesto thriller realizado con mucho oficio y cuyos dos objetivos finales son exactamente aquellos a los que debe aspirar el género: entretener mucho y dar un poco por saco.

6'5/10

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