Crítica de Frío en julio (Cold in July)

Texas, 1989. Un allanamiento de morada acaba con el intruso en cuestión con un tiro mortal descerrajado sobre el vientre. El responsable del tiro, un cabeza de familia con aspecto de paleto sureño llamado Richard, parece obviamente afectado por el caso: ha disparado a un joven inidentificado, convirtiéndose en asesino y además su familia, su casa, han resultado ser vulnerables a ataques externos. Así es como empieza Cold in July, el nuevo filete crudo de Jim Mickle, responsable de un par de títulos de culto en el panorama terrorífico indie norteamericano y encargado de remakear (lo hizo, y muy bien, el año pasado) la mexicana Somos lo que hay. Pero no es exactamente así como acaba. La tesis parece ser una, esa que ha abonado el cine negro americano desde tiempos inmemoriales: la violencia genera violencia. Pero Mickle parece querer jugar al desconcierto, o quizá tontear con la estructura narrativa, a pesar de ser una película perfectamente lineal. Y lo que empieza como una historia sobre agresores furtivos con un aire que hace pensar en el fantástico (de nuevo el tradicional miedo norteamericano al extraño y a la vulnerabilidad de las propias fronteras) pronto deriva en otra cosa. Hasta el punto de que la película está construida sobre tres actos muy acentuados, marcados por las motivaciones de sus personajes, que en cierto punto de la trama cambian, convirtiendo la historia en un ser de tres cabezas, todas relacionadas pero cada una casi independiente de las otras.


Richard se pasea aturdido, ahogado por una especie de perplejidad, estresado en sus propios remordimientos y en la amenaza que le supone la presencia de quien dice ser el padre del joven asesinado. Pero en cuanto Richard se alinea con un grasiento investigador y con el presunto padre, el Mickle narrador extiende tentáculos hacia nuevos terrenos. Entran en juego mafias, asesinos violentos y una red de snuff movies, y la película encuentra, lejos de asentarse en una zona de confort, un lugar más oscuro que transitar. La suciedad general y la asfixia atmosférica se acentúan, los giros de guión van apuntando progresivamente hacia una trama más compleja y un problema muchísimo más peligroso de lo que los propios personajes habían pensado. Y poco a poco se va generando una sinergia entre los tres protagonistas que termina constituyendo el corazón de la película: tres tipos unidos de alguna manera por la fatalidad y metidos en un embrollo que a todas luces les quedará grande en el momento en que, previsiblemente, les estalle en las narices; tres balas perdidas que podrían haber transitado perfectamente alguna de las primeras películas de los Coen, especialmente Sangre fácil. Como esta, Cold in July no abandona en ningún momento un punto de vista poderosamente ligado al imaginario colectivo más que al realismo y en el que hay mucho juego de género y mucha construcción. Cold in July es un poco de todo, pero no por ello se presenta menos cohesionada.

Sobre un colchón de suspense y una atmósfera de cine de terror sus planteamientos son de noir pueblerino. Pero absorbe cierto aire de neowestern y al mismo tiempo plantea algunos elementos escenográficos como si fuera un thriller urbano: ese uso de los colores primarios muy contrastados, especialmente en el climax final, que apelan a los neones de una gran ciudad. Pero la cosa no termina aquí. Sorprende la vocación revisionista de Mickle en esa especie de agradable evocación de la serie B de hace tres décadas: esa música de sintetizador, generadora de tensión sostenida dispuesta a explotar en cualquier momento, guiña a John Carpenter. Lo mismo puede decirse de la tipografía de los créditos, tan propia de los ochenta y, muy especialmente, de un reparto de viejas glorias -probablemente no exento de ironía- que secundan a Michael C. Hall: Don Johnson y Sam Shepard, auténtica declaración de intenciones de un Mickle muy autoconsciente que no busca tanto el pedigrí de Elmore Leonard como el sabor hardboiled más disparatado de Killer Joe (vale, quizá no tan disparatado). Hay, en fin, más voluntad lúdica que en We Are What We Are, pero parecido gusto por la sordidez de los huecos oscuros del alma humana.


Al final, y pese a un tercer acto un tanto histérico, queda un thriller pulp poderosamente atmosférico, duro en su exposición de un submundo apestoso y asfixiante en su falta de fe en la existencia del sentido común. En otras palabras: una muy aplicada pieza de género, bien planteada y acabada... aunque, cuidado, no necesariamente original, personal y renovadora.

7/10

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