Crítica de Dos días, una noche (Deux jours, une nuit)

Poco o de nada va a servir a estas alturas presentar a los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, con toda probabilidad los directores más destacados de la actual filmografía belga y los más relevantes ideólogos del drama social cinematográfico europeo hoy. Al fin y al cabo, sus entusiastas ya sabemos qué podremos encontrarnos a cada película y aquellos que aún no se hayan topado con su discurso fácilmente podrán tomar contacto con sus postulados simplemente viendo cualquiera de sus propuestas: todas son accesibles, todas son universales, todas hablan de cuestiones necesarias y todas, son, por supuesto, magistrales. Y la que nos ocupa no es excepción: la incertidumbre no está tanto en si van a seguir manteniendo el pabellón alto en una carrera que incluye títulos del calibre de La promesa, Rosetta, El hijo o El niño, sino más bien descubrir de qué parcela social van a ocuparse para seguir ofreciendo matices y detalles a ese mapeado global de la Europa contemporánea que están cartografiando. Parece demasiado simple, pero es que así es el cine de los hermanos belgas: claro, transparente, sincero. Pero también, siempre, lúcido, punzante, directo y crítico. Empático hacia los desfavorecidos, despiadado hacia el Sistema.

En este caso el foco está puesto en la actual crisis económica y en una de sus consecuencias directas: el paro. Sandra está a punto de quedarse sin trabajo. Su última opción es convencer a sus compañeros para que renuncien a un bono, una paga extra que recibirán con la reducción de plantilla. Si no reciben la paga, Sandra no es despedida. Primera en la frente con el planteamiento de un dilema moral que contrapone el bien individual frente a la solidaridad hacia el vecino. Un problema ético de difícil resolución, alejado de cualquier maniqueísmo y que pone contra las cuerdas al espectador: con la pérdida del sueldo de Sandra y con el de su marido como único sustento, en su casa no van a llegar a final de mes… pero los que deben decidir si renuncian a su paga extra también tienen sus propios problemas económicos. Esto, como en todo el cine de los Dardenne, no es una cuestión de buenos y malos, sino de cómo gestionamos nuestra propia toma de decisiones lidiando con la caridad (La promesa), el perdón (El hijo), la responsabilidad (El niño) o la compasión (El niño de la bicicleta). Dos días, una noche toma un poco de todo ello y además desarrolla una tesis centrada en la dignidad y la integridad desde un punto de vista triste y desesperanzado, sí, pero al final también optimista. A diferencia de tantos otros cronistas del miserabilismo social, los Dardenne parecen creer en la bondad de las personas. Por lo menos de algunas de ellas.


Pero nunca caen en juicios baratos o apresurados y en este caso en concreto su aproximación al drama proletario contiene la complejidad moral de otro de los grandes títulos (relativamente) recientes de la filmografía europea: Recursos humanos. Como aquella, el melodrama se mantiene agazapado y el mensaje es rico en matices y enemigo de la demagogia. En su periplo, Sandra (como en tantas otras películas de los Dardenne la protagonista se pasa la historia caminando, en perpetuo movimiento, yendo de un lado para otro para asegurar su propia subsistencia) apela a la capacidad de decisión de sus compañeros y a su propia voluntad de luchar hasta el final, sin dejarse pisotear. Esto es en fin, como cabía esperar, una nueva muestra de cine lleno de verdad, sinceridad y sensibilidad, pero también una historia con una muy soterrada rabia contra las injusticias y contra cierto caciquismo del Sistema. Una propuesta formalmente naturalista basada en una aparente invisibilidad tras la cámara que resulta ser, una vez más, falsa: los Dardenne siempre saben dónde mirar, y lo que es más importante, cómo hacerlo. Su ejemplar austeridad narrativa no conlleva ligereza en la descripción de los personajes, de sus motivaciones y sus sentimientos, sino todo lo contrario. Uno tiene la sensación con su cine de que anda al lado de los personajes y respira al mismo ritmo que ellos.

Al final, a eso debería aspirar el cine social, ¿no? A escapar de la caridad, a evitar miradas condescendientes sobre el desfavorecido que nos lleven a pensar, en cierto modo, que por lo menos siempre habrá alguien que está peor que nosotros. De algún modo, todos somos o todos tenemos algo de los personajes que construyen los Dardenne; y así es también en Dos días, una noche, donde -gracias también a la extraordinaria caracterización de Marion Cotillard- todos somos Sandra. Que no se nos olvide. Aunque con películas como esta, no ocurrirá.

8/10

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