Crítica de Inherent Vice

Arranca lo nuevo de Paul Thomas Anderson, el cineasta americano más prodigioso del momento, como todo lo que tiene de bueno su cine: con cine que supura más cine. Y así es, el comienzo aquí es como toda película canónica que se preste de investigadores privados, femme fatales y sucios empresarios chupasangre debe siempre comenzar: con un despacho flotando en el humo de los cigarrillos, una insinuación erótica y un trabajo sencillo (un complot tramado a cuatro manos, alguien de peso que ha desaparecido). Es el punto de partida de una red que conduce de forma imparable a la perdición, al cul-de-sac existencial. Aquí, sin embargo, y aún empapado en el más auténtico clasicismo vieja escuela, es todo nuevo: se subvierten los cánones del cine negro con colores que ciegan y una sátira que hiere, resurge una nueva definición de lo que es la alta literatura americana plasmada en imágenes y, ante nuestros ojos, un imposible desfile de luces de neón, tratos sucios, prostitutas pidiendo ayuda, yuppies pro-Nixon, hippies muy groovy, anarquistas cabreados, polis buenos, malos y peores, jóvenes promesas de Los Angeles a la deriva, contracultura, anticultura, y patillas muy, muy anchas. Esto es, sabor a thriller urbano de los sesenta y setenta tan agrio y puro como lo es el lamer el asfalto. Una transgresión de la odisea en la que, como en aquellas memorables películas de Arthur Penn, John Boorman, Don Siegel y Sidney Lumet, lo que importa no es quién resultó ser el responsable de todo aquel embrollo, sino lo muy profundo que terminó siendo el agujero negro en el que nuestro desdichado antihéroe, y nosotros con él, acabó precipitándose.

Revestida en un hermetismo extremo, resulta tan difícil penetrar en la gruesa piel de Inherent Vice, que ni siquiera el propio malnacido sobre el que recae la pesada carga de resolver el misterio entiende una pizca de ello. Exactamente igual que Bogart en El sueño eterno, que Gene Hackman en La noche se mueve, que Jack Nicholson en Chinatown y que Robert Mitchum y Elliot Gould en sendas adaptaciones de El largo adiós. Originalmente entrelazada por el legendario Thomas Pynchon, reinventada aquí por el talento sobrenatural que PTA también es a la máquina de escribir (el guión goza, a propósito, de la bendición del propio Pynchon), en sus entresijos argumentales, su abrumadora colección de personajes únicos y arrolladores, y sus capas superpuestas de suciedad, exceso y humor cáustico (todo por igual), se pierde uno hasta comprender que lo que en realidad hay que hacer es recostarse y quizá fumarse un canuto, porque todo ello no es más que un subproducto de lo que, inherentemente, sólo es vicio. Y es que, igual que el vicio, sólo cuando creímos habernos zafado de él, cuando nos centramos y retomamos el cauce de la trama, éste vuelve y lo revuelve todo y vuelta a empezar. Justo cuando por fin las cosas empiezan a cobrar algo de sentido, Josh Brolin quiere más panqueques. Como cuando El Nota pensaba que por fin se encontraba tras la pista de algo importante, y al final el tipo al que perseguía no había estado más que dibujando un garabato obsceno en el bloc de notas.


Al tiempo que impredecible, Inherent Vice está rodeada de familiaridad. Cuando se es un autor, toda obra suma, y ésta bebe de casi todas las fuentes de inagotable creatividad que posee el cine de Anderson. Es festiva y libre como Boogie Nights (discutiblemente, todavía su mejor obra), magna en su imaginería y soberbia en su puesta en escena igual que Pozos de Ambición, poliédrica en su narración como Magnolia, detallista y profunda en su exposición de vidas cruzadas como The Master. Estéticamente, por un lado no se rinde a los referentes obvios de la época que tangencialmente retrata y, por el otro, retorna a las constantes de su creador, tan dado al indispensable componente narrativo de la cámara en mano como lo es a la, a ratos, casi pictórica composición estática, apoyada aquí por un encomiable trabajo en la dirección de fotografía. Sirvan como ejemplo al caso: uno, la primera muestra de amor fraternal que en realidad no lo es entre Doc y Bigfoot, la más compleja y rica relación de la película, mostrada en forma de paliza a cámara lenta ante la impasible mirada de un policía anónimo; y dos, la recreación bíblica con pizza y Owen Wilson en el rol de Jesús. Temáticamente, de nuevo la profunda angustia del americano medio disfuncional, en el mundo de Anderson representado casi siempre por un hombre alienado que, aunque acaba por encontrar el éxito (Mark Wahlberg en Boogie Nights, Tom Cruise en Magnolia, Daniel Day-Lewis en Pozos de Ambición, Philip Seymour Hoffman en The Master), está y se siente profundamente solo. Aquí, tamizada por un contrapunto cómico que no hace más que pronunciarla. Tonalmente, es histriónica y desquiciada (véase el segmento de Martin Short, sin duda el punto álgido del filme), esta vez más que nunca por mucho que la dulce voz de Joanna Newsom nos quiera sugerir a ratos lo contrario, de forma que lo único que separa a su protagonista del estado mental en el que termina sumido, pongamos, el Gene Hackman de La conversación, es la certeza y el convencimiento de estar viviendo en un universo en el que nada tiene sentido y al que, aún más relevante, a nadie le importa lo más mínimo.

Inherentemente, Inherent Vice es incomprensible de tan desinhibida, casi vacua de tan desorbitada, y por eso es tan grande en su calculado desequilibrio. Una obra que abraza el material más implícitamente anti-cinemático y se empeña en traducirlo a la cinematografía más pura. Un delicado ejercicio de perfeccionismo que pretende hacernos creer que ahí de perfecto no acaba quedando ni una pizca. Decir que es un triunfo es una afirmación que puede costar masticar. No es obviamente una obra maestra. Ni siquiera es obviamente una buena película. Ni siquiera es obviamente una película.

8’5/10

Por Pau Roldan - enviado especial NYFF

2 comentarios:

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