Crítica de La sal de la Tierra (The Salt of the Earth)

La sal de la Tierra
Si bien sus ficciones no son siempre totalmente satisfactorias, de alguna manera Wim Wenders parece nadar como pez en el agua en el terreno del documental dedicado a desgranar la obra y milagros de algún artista que ha destacado en su disciplina. Y consigue con ello despegarse de la tentación hagiográfica para dotar a sus retratos de unas cualidades propias, cinematográficas, complejas y no necesariamente objetivas. Tanto su Relámpago sobre agua (dedicado a Nicholas Ray), como Tokio-Ga (homenaje a Yasujiro Ozu), como The Soul of a Man (sobre los bluesmen Skip James, Blind Willie Johnson y J.B. Lenoir), como Pina (Bausch) son películas narrativamente mullidas, estéticamente impactantes y estructuralmente apasionantes, con una riqueza de recursos y lenguajes que logra trascender cualquier ocasional linealidad. Una linealidad especialmente marcada en La sal de la Tierra, un extenso viaje a través de la vida y la obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado que parte desde sus primeras obras para, cronológicamente, contar los sucesos que fueron moldeando la vida y la carrera del artista hasta 2013, año en que se publicó su último recopilatorio temático de fotografías. Esto es, desde Sahel hasta Genesis, pasando por The Other Americas, Workers, Terra o Exodus.

Y la vida de Salgado se percibe, obviamente, apasionante. Tanto como las circunstancias de cada una de sus fotos, esos epatantes retratos de la miseria humana que nos enfrentan con nuestro propio desequilibrio social y nos recuerdan que la vida es finita y que el ser humano puede condensar en si mismo belleza y horror al mismo tiempo. La obra de Salgado es, al margen de polémicas éticas, un infinito muestrario del conflicto, de sus causas y sus causantes y de sus soluciones y cooperantes. Una voluntad por retratar al ser humano en todas sus facetas que llevaron al artista a recorrerse todo el mundo y con ello a estar presente en algunos de los momentos más tremebundos del siglo pasado: hambrunas, guerras, genocidios. Ruanda, Bosnia, Kuwait. Una serie de conflictos que Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, hijo de Sebastião y codirector, integran en el propio flujo narrativo de la película mediante un bonito juego formal que funde en un mismo plano las fotografías, como un pase de diapositivas narrado por Salgado, y su propia cara. Un rostro en el que si uno se deja llevar por el caudal emotivo, podrá identificar todos y cada uno de los sentimientos que generaron y siguen generando en el fotógrafo sus propias imágenes.

La sal de la Tierra

Pero hay más. La sal de la Tierra reflexiona entorno a la vejez del propio artista y diserta sobre la dicotomía momento/tiempo. Una fotografía puede congelar un momento, capturar esa pizarra que permanecerá para siempre garabateada mientras los alumnos del aula permanecerán asesinados en el suelo. Pero también puede condensar un flujo temporal capturando el movimiento perpetuo de lo que una vez fue y hoy ha mutado. Al mismo tiempo, la película se adentra en un terreno más íntimo: el del fotógrafo y sus anhelos, frustraciones y filosofías vitales. Cómo el documentar la barbarie termina llevando al desencanto, al colapso de la fe en la raza humana y cómo este pesimismo puede tornarse a su vez en esperanza con un nuevo proyecto de vida (la reforestación de una zona boscosa maltratada en Brasil). Y del mismo modo explora un terreno familiar, ahondando en la compenetración con una esposa (Lélia) que es ante todo cómplice, de un padre que inevitablemente va despegándoe de este mundo y de un hijo (Juliano Ribeiro) que un día decidió conocer a la persona que se escondía de verdad detrás de su padre y se marchó por primera vez a recorrer medio mundo con el fotógrafo y aventurero.

La sal de la Tierra es, en fin, una película impactante en lo visual, de una tremenda fuerza plástica pareja a las fotografías de Salgado (la mayor parte del metraje es en blanco y negro, acorde con su filosofía estética) y que además logra zarandear en lo espiritual hablándonos a nosotros mismos a través de una tercera persona. Un homenaje a un artista único y una reivindicación del poder social de la imagen, pero también un profundo ejercicio de autoconocimiento y un juego de desnudado de la ética y la responsabilidad del ser humano ante su mundo y sus congéneres.

8/10

1 comentario:

  1. Espectacular película, solamente añadir que en este caso más que en cualquier otro, la pantalla grande (cuanto más enorme mejor) es más que recomendable!

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