Crítica de Ninja Turtles (Teenage Mutant Ninja Turtles)

Bueno, pues el Richie Rich del cine vuelve a la carga: Michael Bay amplía su juguetería y ahora se encapricha con las Torugas Ninja unos años después de que poco menos que se estrellaran con una película animada que pretendía resucitarlos para bien. Y lo cierto es que lo más lógico es que tras aquello la franquicia quedara muerta y enterrada y dejara para el recuerdo la mediática tortugamanía que azotó los 90 con sus dibujos animados, sus tres mierdipelículas, su serie de animación para niños, sus muñecajos articulados Bandai y, claro, la madre de todo ello, los tebeos originales de Kevin Eastman y Peter Laird. Eso habría sido lo lógico, pero amigos, que me aspen si el señor Bay sabe lo que es la lógica. Y no, claro, ya sé que esto no lo dirige él sino Jonathan Liebesman, un tipo que por cierto cada día parece olvidar más preceptos básicos de la narración cinematográfica. Pero es que la impronta del productor aquí se huele a varias manzanas de distancia, como una marca de agua plasmada en cada plano: Ninja Turtles es, para lo bueno (aquí muy poco pero muy decisivo) y para lo malo (de eso hay grandes cantidades, pero creo que no importa) un producto hecho a imagen y semejanza de los cacharros con sello Bayhem. Sin su genio loco y su total control de lo incontrolado, su dominio de la desmesura, pero al fin y al cabo, trufado de todo lo que le pone al director de la saga Transformers.


Es decir, acción hiperbólica a porrillo, humor paleto, montajes taquicárdicos, postproducción infinita y movimiento perpetuo en casi todos los planos. Pero, insisto, Bay no es quien al final orquesta todo esto. Liebesman, en cambio, entrega su trabajo más impersonal -ya es decir- y se revela además incapaz de llevar las riendas del castillo de fuegos. Su caligrafía es confusa, su narrativa torpona. La verdad, jode bastante tener ante las narices un aparato de tal calibre y, a ratos, no comprender mucho de lo que pasa en pantalla por culpa de una hipervelocidad mal entendida y peor enfocada. Parece como si hubieran confundido modernidad y frescura por simple atropello; agilidad mental y física por chascarrillo y tortazo. Sí, desde luego estas Tortugas están desesperadas por mimetizarse con su propio público adolescente, pero es que de alguna manera sus responsables se han fijado en la parte mala, en el sector de postpúberes en la peor edad del pavo posible: estas Tortugas no son graciosas, ni ingeniosas, sólo irritantes y repelentes (mención especial para un insoportable Michelangelo), desesperadas por ser más cool que nunca. O más badass, o más graciosillas, o más lo que sea. Al final, total, sus características diferenciadoras quedan limitadas a cuatro arquetipos: el líder, el nerd, el duro y el bufón. Y poco más desarrollo se les procura.

Vale, no pidamos peras al olmo. Estamos hablando de una película donde cuatro galápagos antorpomóficos y vigoréxicos que han sido adiestrados en artes marciales por una rata luchan por limpiar Nueva York de un clan criminal que pretende apoderarse de la ciudad, liderado por un sociópata embutido en un exoesqueleto samurai robótico llamado Shredder. Y sale Megan Fox. No, nadie va a pedir un blockbuster de calidad en la estela de Star Trek o Los Vengadores, a pesar de que esto guarde más relación con las películas de superhéroes que con las de, er, tortugas parlantes. Pero sí estaría bien, cuanto menos, ser recompensados con un poco de ingenio detrás de tanta trilita digital. Pero poco hay de algo parecido. La trama es absolutamente pedestre, los giros pueriles y el argumento, enfocado a niños menores de trece años normales y menores de quince idiotas, tiende a la continua sobreexplicación. Una cansina reiteración que remite a unos términos y a una historia que ya hemos visto mil y una veces antes. Lo cual no está mal per se, siempre se puede apelar a una cierta estética argumental de los 90, de las películas familiares de aventuras y demás, pero en ese caso el resultado quedaría condicionado por un choque entre esa hipotética inocencia y la hueca agresividad predominante: a pesar de las continuas (y facilonas) referencias pop, poco queda del candor camp de las pasadas encarnaciones tortuguiles. En realidad nada, o casi nada ha sobrevivido al tratamiento Bay: ni aquel entrañable villano de opereta (este Shredder es un asesino implacable... sin ningún carisma) ni tampoco las gráciles tortugas comepizzas (aquí los protagonistas son enormes moles semovientes).


A pesar de todo ello, pese a estar ante un producto prefabricado al que no se le han añadido extras que lo diferencien de todo el resto de artículos que genera la fábrica en cuestión, Ninja Turtles está lejos de ser un intento fallido, especialmente a la vista de su recaudación en Estados Unidos. Al contrario, la película ofrece lo que promete y además lo hace de forma fácil y directa. Sí, varias de sus secuencias de acción son un auténtico galimatías, pero lo cierto es que el espectador menos picajoso probablemente podrá sentirse arrastrado por su sobrevitaminado torrente de estupideces entretenidas. A su favor, Ninja Turtles puede presumir de tener un aspecto compacto y expeditivo y también de no alargarse demasiado entorno a cuestiones secundarias, con una estructura simple como el mecanismo de un botijo: hay una presentación bastante inane, un par de raciones de tortas, un poco más de trama con varios guiños a Star Wars (porque por qué no), una brillantísima secuencia de acción en la nieve donde el tema alcanza auténtica altura con considerables cotas de dominio temporal y escénico, luego un poco más de trama, algo más de no recuerdo qué y un clímax en una torre de comunicaciones, escenario ya sobreexplotado en este tipo de producciones. Y para casa con una sonrisa y todo lo demás (cerebro, bolsillo, alma y corazón) vacío. Bastante mal, pero no excesivamente mal. Y, dada su honestidad mongoloide, definitivamente poco reprochable.

5/10

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