Crítica de Relatos salvajes

¿Es este el otro cine argentino posible? Si lo es, estamos jodidos: supuestamente hay una cierta brecha entre los productos más exportables, muy del gusto del gran público y normalmente de una inquietud artística más bien cuestionable, y esos otros radicalmente autorales, interesantes en planteamientos y resultados pero quizá más herméticos, destinados a espectadores más selectos. A veces hay películas tránsfugas que pertenecen a ambas categorías al mismo esquizofrénico tiempo, pero son las menos -pienso en Pablo Trapero, por ejemplo-. Y otras veces, como parece ser con el caso que nos ocupa se logra una especie de rara avis en forma de película altamente comercial, incluso populista, no necesariamente complaciente pero sí con mucha capacidad de conexión, y además con resultados artísticos notables. El problema es que en este caso la película en cuestión resulta ser una comedia negra directa y muy perra, cargada de crueldad y mala hostia que juega a una cierta catarsis del mal rollo y pone en práctica la táctica de la risa ruidosa (e insistente y gozosa) que enmascara el malestar más absoluto. Así que sí: si esto es lo que necesita el cine argentino para conciliar ambos mundos estamos jodidos. Y felices, porque Relatos salvajes es una película cojonuda.


Más que una película, un compendio de cortos, seis en total, que giran entorno al tema de la venganza y que tienen como común denominador al hombre de la calle más puteado. Al tipo (o tipa) que ha sido mangoneado, traicionado o insultado por el prójimo, que casi siempre suele ser un asqueroso pijo, o un corrupto de mierda, o el Sistema envilecido, o una sociedad kafkiana, o una jungla regida por la violencia primaria. ¿Sutileza? No, claro que no, ninguna. Pero es que Damián Szifrón, responsable de esto, es lo último que busca. Relatos salvajes es un espectáculo puro y duro -sobre todo esto último- que traslada el concepto genérico de radiografía social (de Argentina, tan necesitada de ellas) a un lugar universal: no hay matiz ni auténtico análisis filosófico, sino más bien una voluntad de convertir los relatos en cuentos macabros identificables por cualquiera. Una universalización de los comportamientos sociales que se reconoce desde el minuto uno y que empapa las seis historias mediante la crítica, o la visión sardónica, de los comportamientos y costumbres comunales: reuniones sociales, dinámicas familiares, bodas y demás dan lugar a estas espirales de perdición que terminan con alguien a quien se le fuerza la máquina y que es llevado hasta los límites de su paciencia hasta el desquiciamiento.

Esto es una antología de la revancha de los pisoteados. Un pobre tipo al que literalmente todo el que ha pasado por su vida lo ha puteado de alguna u otra manera, una joven que tiene la oportunidad de encontrarse cara a cara con el gángster que le jodió la vida, un desencuentro en la carretera que va a más y a peor, un artificiero que tiene que vérselas con el sistema de grúas de la ciudad, una familia adinerada que tiene que lidiar con un error garrafal del hijo o una boda en la que la novia descubre un hecho desagradable del novio. Escenarios de la codicia, el resentimiento, la falta total de empatía hacia el prójimo. Lugares donde poco a poco, y en un ejercicio de guión de primera basado en una muy sutil cadena de hechos dispuestos en causa-efecto, va apareciendo la maldad, pero al mismo tiempo la justicia popular, un malvado ojo por ojo que sin embargo apela a nuestros propios sentimientos revanchistas, a nuestros sentimientos profundos y a nuestras crueldades subreptícias: ¿quién está dispuesto a quedarse callado cuando descubre ser un hámster correteando en la rueda de la sociedad? ¿o cuando tiene en su mano resarcir el mal que alguien ha decidido insuflar en nuestra vida? Pues eso. ¿Película inmoral? Puede ser. Quizá Szifrón prefiera considerarse amoral, quizá entienda el concepto de moralidad de una manera menos políticamente correcta, o quizá simplemente haya decidido tocarle los huevos al espectador bienpensante.


Pero de lo que no hay duda es que el director parece habérselo pasado tan bien jugueteando con sus marionetas (personajes que acusan de una falta de profundidad importante, puesto que en última instancia no son más que símbolos de algo mayor) como el público que va a sufrir con ellas: antes que nada Relatos salvajes es una chiflada comedia, descacharrante e inevitablemente hilarante. Muy ácida, a ratos provocadora, despiadada y desafiante, pero siempre divertida, tan endiabladamente entretenida como Un día de furia. Por ejemplo. E igual de contundente en su exposición de los temas, tanto en lo narrativo como en lo formal: Szifrón rueda bien, muy bien. La seguridad que demuestra tras su cámara es envidiable (pondera muy bien los tempos y calcula el montaje en función del peso dramático de cada escena) y al fin y al cabo El Deseo está detrás de esto, de modo que el acabado es perfecto y poderoso gracias a un aparato de producción muy potente. Y rematado además por un reparto que, si bien podría dar más de si en algunos casos, cuanto menos será capaz de arrastrar a la gente con su galería de rostros conocidos, probablemente los actores más solventes del cine comercial argentino: Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Darío Grandinetti o Érica Rivas.

Lo dicho, una buena loncha de cine mainstream con contenido envenenado de mala folla y cargas revulsivas nada disimuladas. Burra, fresca y muy adictiva.

7'5/10

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