Crítica de Torrente 5: Operación Eurovegas

¿Quién dijo hastío? Alguna vez Santiago Segura soltó, supongo que medio en serio medio en coña, que mientras cada entrega de su saga übercañí le diera un duro más que la anterior, seguiría rodándolas. Lo cierto es que a la luz de los números arrojados la tendencia no ha sido exactamente esa, pero como sea cada Torrente estrenado se ha convertido en un éxito rotundo y en una tabla de salvación para un cine español que cada temporada cuenta con los dedos de una mano las producciones que puede colar en el ránking de taquilla anual. En otras palabras, Santiago Segura cuida su propio bolsillo. Pero eso no es malo y dice dos cosas muy importantes de sus intenciones y logros: primero, que es uno de los tipos con más olfato comercial de este país y segundo que sabe que para ganar pasta necesita entregarse al público. A un público que adora sus propuestas y entre el que él mismo supongo que le gustaría contarse. Segura adora la comedia popular y hace comedias, mejores o peores, pero desde luego populares. ¿O alguien se atreverá a cuestionar que, méritos artísticos a parte, las películas de Torrente son algunos de los más honestos ejemplos de cine mainstream rodados en este país en las últimas décadas? Honestos, simples y amigos de sus amigos. Ejemplos de sinceridad directa: esto es lo que quieres, esto te doy.


Y a partir de aquí podemos pelearnos todo lo que queráis, pero desde luego, la fidelidad a su público no puede entrar en discusiones. Y si, como en esta ocasión, resulta que además parece más lúcido que en las últimas tres, mejor que mejor. Porque resulta una agradable sorpresa descubrir cómo Torrente 5 es un perfecto ejemplo de que el continuismo no tiene por qué ser estancamiento. Segura sigue acusando de sus cojeras como director y guionista, pero también ha pulido algunas imperfecciones y, hablando otra vez de lo mismo y visitando el universo conocido, ha logrado reenfocarlo todo un poco. En esta ocasión la trama central es más concreta y concisa, menos abandonada a la anarquía del gag -siempre demasiado poco sofisticados como para aguantar de por si una película entera-. La excusa argumental es el asalto a las arcas de un gran casino en Eurovegas, homenaje y parodia explícita de las películas de atracos, con Ocean’s Eleven como gran referente. Por otro lado, y siguiendo en el apartado de mejoras, Torrente 5 ha logrado amortiguar un tanto ese mal congénito de la saga que se originó a la altura de la tercera entrega y se hizo crónico con la cuarta: esos momentos en que la película se explicaba únicamente por sus cameos y confiaba todo el peso cómico del gag al simple reconocimiento de la cara en cuestión por parte del espectador. Por supuesto, el incurable amiguetismo galopante de Segura sigue presente (hay sobrecarga de cameos), pero ya casi en ningún momento aparece hueco de significado.

Por otro lado la trama se sustenta en una idea central sencilla pero eficaz. Si hasta ahora la serie representaba una especie de asimilación de los males de la sociedad en un discurso casposo que miraba al pasado, ahora la lectura del momento presente es más directa. La acción se traslada a un futuro próximo, 2018, en una España reflejo directo y posible presagio, o no, de todo lo que está ocurriendo ahora y va a ocurrir en los próximos años, en una especie de nuevo mapa sociopolítico que deberemos ver cuánto tiene de parodia y cuánto de real. La crisis sigue, como dice Fontdevila, siendo un éxito. Los políticos aún son corruptos, Rajoy está al poder y el líder de la oposición es un tal Pablo Iglesias. España ha salido del Euro, dando finalmente auténtico significado a la hoy por hoy absurda expresión "de las antiguas pesetas". Catalunya se ha independizado, Jordi Pujol es un insulto, nadie se acuerda de El Fary y Messi juega en el Madrid. Torrente sale finalmente de la cárcel, Cuco, el de la segunda entrega "está algo cambiado" y ahora gasta la cara de Julián López, Alec Baldwin es el jefe en la sombra en el atraco al casino y Chus Lampreave y Neus Asensi vuelven al ruedo. Un universo idéntico pero renovado, con viejos conocidos y nuevas incorporaciones. Un mundo probablemente más grasiento que nunca pero también con una cierta mirada crepuscular (lo digo en serio). Trufado de las guarradas, comentarios soeces, chistes burdos, incorrecciones políticas de pacotilla y demás, sí, pero con un aire distinto.


Algo parece más agrio, para bien, en esta quinta entrega. Es festiva, sí, es despendolada, también. Pero quizá es cierto que nosotros tenemos las pelotas más hinchadas que nunca y ya nos va bien liberar tensiones con este tipo de productos infectos (lo digo con cariño). La Marca España nos ha cabreado demasiado, los fracasos reiterados del sentido común en un panorama de inexistente política social y de total ausencia de empatía de la casta por el pueblo nos han hecho perder la fe en nuestro país (considérese cual se considere). Y así Torrente 5 parece una película más oscura, en la que cabe un curioso homenaje a Tony Leblanc en un juego onírico integrado en un fragmento de Los económicamente débiles. Y en la que habitan personajes tan entrañables en su patetismo como el que interpreta Fernando Esteso, no por falta de méritos patriarca de todo el abanico de freaks pero al mismo tiempo especie de figura melancólica, como si fuera la versión trash del venerable abuelo que arrastra consigo el vacío emocional que le ha procurado el haber sido dejado de lado por la gente que lo quería. Un pobre diablo que, junto con Cañita Brava representa un poco la parte olvidada de todo ese underground humorístico que alguna vez hizo reír a alguien, en algún lado. Ellos dos son parte integrante de un grupo bizarro, nuestra propia versión casposa de los mercenarios de Stallone, que completan Carlos Areces, Anna Simón, Julián López, Barragán o Jesulín de Ubrique (menos presente de lo que habríamos esperado) y que logran una suerte de disparatada sincronía cómica que le procura a la película sus mejores momentos.

No sé, igual me pongo demasiado ceñudo al respecto, quizá tampoco conviene sobreinterpretar, especialmente porque si algo ha caracterizado siempre las películas de Segura es esa vocación de producto autocombustible, de fogonazo bestial que luego deja poco rastro, de radiografía también de una parte superficial de la sociedad que se entiende aquí y ahora pero que poco a poco se irá desvaneciendo en el olvido. Y es que como objeto palpable y cuantificable de arte cinematográfico, Torrente 5 sigue acusando de algunas de las faltas de sus antecesoras. El director sigue sin saber muy bien cómo terminar las secuencias, y el timing cómico a menudo brilla por su ausencia: como comentaba, la sucesión de gags, muchos de ellos poco trabajados, a menudo parece no llevar a ningún lado. Y por otro lado falta muchísima tensión escénica. Segura no es Álex de la Iglesia: tras la cámara no tiene una personalidad propia tan acusada como la suya y desde luego no es tan hábil para incrustar las secuencias de acción e integrarlas con la pura comedia física: el clímax en el aeropuerto es moderadamente espectacular, pero por cuestiones de planificación y montaje, o simplemente por razones técnicas, no todo lo vibrante que debería haber sido


Pero al inicio de este texto me remito. Pocos serán los que buscarán cualidades legítimas en este tinglado. Esto funciona como actualización grasienta de Atraco a las 3, como nueva parodia castiza del género Bond y como comedia escatológica. Resulta ser la mejor película de Torrente desde la primera y además por cada varios momentos cuestionables nos regala actuaciones antológicas de Carlos Areces, el personaje más descacharrante, o Julián López, uno de los mejores actores cómicos en activo en este país. Torrente 5 huele mucho, mucho, a mierda, pero viene con fuerza renovada, viene con enganche, gilipollismo over the top, catarsis castiza y, qué coño, a estas alturas nadie le va a pedir nada que no pueda dar. Así que crítico 0, espectador 1. Adelante con la sexta.

6/10

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