Crítica de Escobar: Paraíso perdido (Escobar: Paradise Lost)

Escobar
Nada más empezar Escobar: Paraíso perdido uno ya puede tener claro un detalle básico para entender las intenciones de este presunto biopic de uno de los mayores y más poderosos señores de la droga: que no va a ser exactamente un biopic. El guión nos suelta in media res, en un momento de tensión protagonizado por un joven norteamericano (más adelante se nos aclarará que es canadiense) que es convocado por Pablo Escobar junto a unos cuantos más de sus hombres de confianza. El líder del conocido Cartel de Medellín les informa de que el día siguiente va a ser apresado finalmente por la policía y necesita que ellos protejan sus bienes. Poco después el relato retrocede unos años para contar las circunstancias que llevarán a esa situación, en un juego narrativo más o menos recurrente en el cine de acción que, sin embargo, rompe con la estructura clásica de la biografía. Pronto descubriremos que no es la única ruptura estilística, y que el debutante Andrea di Stefano, hasta ahora actor, toma otra decisión peculiar -también algo arriesgada y en cierto modo acertada- a la hora de fijar el punto de vista de la narración: no es Escobar, sino el joven Nick quien guía la historia y en quien recae todo el peso dramático. Esto, insisto, termina por no ser un biopic, o ser menos eso que un drama y un thriller (en este orden en una estructura bipartita). Y en cierto modo, también una historia de amor y una de pérdida de la inocencia.

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En la andadura de Nick, que da inicio a primeros ochenta, lo vemos instalarse en una playa de Colombia con su hermano y la familia de este, dispuestos a montar una comunidad surfera. También recibir las amenazas de una banda de matones locales y terminar enamorado de una joven colombiana… que resulta ser la sobrina del político en alza Pablo Escobar. Pronto, Nick estrechará lazos con la familia Escobar y terminará abducido por el poder atractor del tío Pablo. Una situación que, en virtud del amor que Nick siente por María, se adueñará de su vida. De ahí el lazo con las historias de maduración. El joven canadiense pasa por su propio momento traumático de iniciación al comprobar el poder que él mismo ejerce involuntariamente sobre el ecosistema criminal de la zona: en el momento en que cuenta a Escobar sus problemas con los matones se da pie al (invisible, implícito) rito de sangre. Escobar tomará cartas en el asunto por Nick y Nick quedará irremediablemente ligado a la familia. En esta primera mitad de la película di Stefano trabaja un drama más o menos romántico con ocasionales escapadas hacia el suspense. Todo alejado, en cualquier caso, del retrato de las circunstancias políticas y sociales del país que pronto ensalzarían a Escobar como populista -y manipulador- salvador de los desfavorecidos. La película se muestra poco interesada en radiografiar el momento sociopolítico y presta más atención a la construcción del personaje de Nick (muy cimentada en la notable interpretación de Josh Hutcherson), a su relación con María y especialmente a la influencia que va ejerciendo sobre ellos Escobar.

Con un Che en su currículum Benicio del Toro vuelve a encarnar una figura poderosa de la orografía humana latinoamericana y convierte a este personaje en un (por villano) ultracarismático padrino, mientras aporta las necesarias dosis suaves de thriller psicológico y de drama moral (que no moralizante) al relato. Aderezando de este modo una primera parte rutinaria marcada por una subtrama romántica simple y estereotipada que, sin embargo, servirá como base de contraste de lo que venga después. La vida con María parece idílica excepto por esa inferencia del gran armadillo omnipresente que representa el tío. Y se quiebra definitivamente con la entrada de ese segundo movimiento de la película, que sucede hacia la mitad. En este punto todo escora hacia un thriller más pesimista, no especialmente trepidante pero sí ostensiblemente más oscuro. Un giro que recoge lo que con toda probabilidad se proponía contar di Stefano desde un principio, la bajada a los infiernos de un pobre inocente bajo la influencia de un hombre todopoderoso. En este sentido la intención es loable y la narración consecuente. Poco a poco la película se va endureciendo y al final la tensión eclosiona en una conclusión tremendamente oscura. Un final que termina trazando una visión tangencial pero muy crítica de lo que supuso el reinado de terror de una de las figuras más negras de los últimos treinta años en la América latina.

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A pesar de todo, las intenciones no son suficientes para levantar del todo una película que habría demandado aún mayor lucidez en muchos de sus puntos expositivos clave. La simplicidad de las líneas en la descripción de la relación entre Nick y María pesa demasiado, la superficialidad del drama es en ciertos momentos frustrante y algunos episodios concretos, como el del hijo del campesino o el descubrimiento de las tareas que desempeña el matón interpretado por Carlos Bardem, dejan las costuras emotivas un tanto a la vista. Sí, el guión parece saber a dónde va (hacia el cine de género, disfrutable y estimulante), pero tampoco es menos cierto que a ratos el proceso es un tanto formulaico y apegado a algunos clichés en la descripción de situaciones y personajes. En cuanto a la realización, resulta competente e incluso inteligente, pero la puesta en escena peca de una cierta impersonalidad. Todo parece bien montado y regulado, pero en casi ningún momento (quizá sí en el clímax) resulta especialmente sobresaliente. Queda con todo una cinta correcta, que va de menos a más y en cuyo núcleo arde básicamente, y más que la voluntad de contar una historia especialmente original, un tour de force interpretativo. El que mantienen los dos protagonistas, Hutcherson y un Del Toro a la sombra, que viene a revalidar ese tan viejo y efectivo ítem de las relaciones tóxicas y la corrupción de los inocentes.

5'5/10

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