Crítica de Nunca es demasiado tarde

Nunca es demasiado tarde
Largo tiempo le costó a Uberto Pasolini debutar en la dirección tras unos años, especialmente durante la década de los noventa, encargándose de las tareas de producción de diversos títulos rodados en el Reino Unido. El más popular de ellos, probablemente, Full Monty. Pero no fue hasta 2008 y a la edad de 49 años que el romano afincado en Londres debutaba con Machan, una película con producción de Sri Lanka que narraba, en un tono de comedia, la aventura de unos tipos de Colombo, capital del país, que eran invitados a un torneo de balonmano en Europa. Quizá en este debut tardío esté la raíz de los problemas -de algunos de ellos, por lo menos los de enfoque- de Nunca es demasiado tarde, lamentable traducción de libro de autoayuda, por cierto, del mucho más elegante Still Life (nada que ver con la obra maestra de Jia Zhang Ke): tiene cierto arrojo de obra joven pero pronto envejece irremediablemente ante nuestros ojos. Puede parecer audaz y arriesgada pero termina deveniendo en algo mucho más conservador de lo que podría haber parecido.

Rodada en inglés y protagonizada por un (como de costumbre) estupendo Eddie Marsan, Nunca es demasiado tarde pretende reflejar la vida de John May, un funcionario encargado de gestionar fallecimientos: cuando alguien traspasa, May se encarga de comunicar la noticia a los parientes o, en su defecto, de poner en orden sus objetos personales para organizar el funeral. May tiene una vida triste y solitaria, ordenada hasta la patología y fría en un sentido profundamente asocial. No es mala persona, es simplemente uno de esos tipos que parecen sentirse más cómodos acompañados de la burocracia y, en última instancia, de los muertos, que siempre se están quietecitos y nunca se quejan. Durante todo este tramo del relato, que es lo que ocupa la mayor parte de la película, Pasolini se muestra seguro e inteligente. Los términos de su historia son minimalistas y logra construir un sistema de sensaciones más basado en el personaje y su soledad cotidiana que en una sucesión de hechos y acciones. May se se pasea por las calles de Kennington, Londres, como una especie de lánguido Reginald Perrin, mientras completa parte de su trabajo y duerme en su pequeño apartamento de soltero. Pasolini hace una apuesta sólida y rica por una puesta en escena brillante y forzadamente aséptica, condicionada por los planos geométricos, acordes con la personalidad metódica y fría del protagonista.

Nunca es demasiado tarde

Se trata de un trabajo lógico y equilibrado de coherencia entre lo formal y los temas que plantea la película. La soledad, la incomodidad por participar de una sociedad en la que no se encaja, la importancia de la marca que se deja en este mundo una vez desaparecido y las muy diversas relaciones que tienen las personas con sus respectivos pasados. El problema está probablemente en el enfoque: Nunca es demasiado tarde no es un drama sobrio ni tampoco abiertamente una comedia y desde luego no es lo suficientemente marciana como para ser una comedia excéntrica ni lo suficientemente sutil y profunda como para ser un drama desgarrador. Pura indefinición. Pero lo que es más preocupante es que si en un inicio la película funciona con admirable efectividad, poco a poco la historia toma un tono más melodramático basado en una aparente e inexplicable necesidad de recurrir al cliché. Un giro de guión innecesario da un golpe de timón que conduce a un final que sobre el papel podía resultar y tener su lógica pero que a la práctica acaba resultando forzado y simplón. Añadamos un epílogo más ortopédico si cabe que termina por certificar la global pérdida del norte y puesta en duda de todo lo visto para aquella película que, en realidad, nunca se atrevió a ser si misma hasta el final.

6/10

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