Crítica de Big Eyes

Antes de entrar en cuestiones de análisis y demás, antes de ponerse siquiera a pensar qué puede salir de bueno de Big Eyes, la verdad es que el cinéfilo de a pie sin una filia especial por la obra reciente de Tim Burton puede sentir cierta pereza. Yo, por lo menos, la siento. Por él, sus últimas películas y el cómputo global de su obra. Por intentar decidir cuál es la postura mayoritaria hacia el director, cómo se sentirán los fans de toda la vida hacia la deriva que ha tomado su currículum y cuánto estamos en posición de demandar de él a estas alturas. Imagino que la postura más generalizada (o por lo menos una intermedia, que es la que adopta este cronista) es esa que puede explicarse con una frase parecida a "vale, Tim, volvemos a encontrarnos, te escucharé durante un rato pero no me pidas un interés extra, que no te lo voy a prestar". No desde El Planeta de los Simios. No desde Charlie y la fábrica de chocolate. No desde Alicia en el País de las Maravillas o Sombras tenebrosas. Ni siquiera desde sus dos propuestas animadas recientes. O sea que sin acritud, pero sin amabilidad. Más bien con desgana uno se sienta y acomete desde la resignación este biopic (empezamos mal) centrado en Margaret Keane y su marido Walter: la pareja que protagonizó uno de los más sonados casos de suplantación de identidad artística del siglo XX en un asunto que empezó a mediados de los años 50.


Margaret Ulbrich, madre soltera de una niña, quería dedicarse a la pintura. Su especialidad era dibujar huérfanos de enormes globos oculares, precisamente los mismos que luego han pasado a la posteridad como principal seña de identidad de la artista. Walter, cuenta Burton, era un pendenciero caradura, un poser carente de todo talento pero dotadísimo para las relaciones públicas. Por una serie de malentendidos, Walter se atribuyó la autoría de los cuadros de su reciente esposa, y de ahí terminó de montar el espectáculo fraudulento que terminó copando periódicos. Antes de esa culminación judicial a su guerra conyugal, Walter encerró a Margaret, la puso a trabajar y explotó su prestigio durante aproximadamente una década mientras la mantenía en una nube de falsa amabilidad sustentada sobre mentiras, secretos y presiones. Es decir, un punto de partida estupendo para hablar de la autoría y el fraude artístico pero también para construir un potente melodrama a la vieja usanza, cimentado sobre amores irracionales, odios crecientes, sumisión y dominación, mentiras y momentos de sinceridad brutal. Y efectivamente Burton parece estar pendiente de los clásicos de los años cincuenta y vuelve a ofrecer una imagen, en lo estético, bastante idealizada de esa época. La fotografía, elegante y expresiva, se basa en los colores chillones rozando, pero sin caer en, el kitsch. El aparato formal busca no tanto acercarse al ideario de Margaret como a la inquietante felicidad de las estampas de Norman Rockwell, marcado en la película por esos suburbios californianos heredados de los propios recuerdos de infancia del director y tan presentes en el resto de su obra.

Y del mismo modo en lo temático parece estar más cerca que nunca de un referente que jamás habríamos sospechado: el Douglas Sirk de los melodramas -digamos- domésticos. Curioso. Su visión de las relaciones amorosas y los romances destructivos apunta hacia ahí del mismo modo que la descripción del San Francisco de los 50 y 60 recuerda a la del Vértigo de Hitchcock, otro autor que parece estar en la mirada de un Burton un tanto indeciso, especialmente en los momentos en que el aparato deriva un tanto hacia el suspense. Pero no es el único salto entre géneros que practica la película. La cosa a ratos se pone dramática, a ratos cómica y termina desembocando en una especie de Guerra de los Rose amanerada para culminar en una suerte de farsa de las películas de juicios un tanto desconcertante. Aparentemente Big Eyes tiene clara su condición de biopic, digamos, "distinto", pero no el tipo de película que, por lo demás, tiene vocación de ser. Y eso da pie a su gran y definitivo problema. Pero llegaremos a ello. Terminemos antes de estudiar lo que vemos en la pantalla: por un lado una realización cuidada y rica, propia del Tim Burton menos perezoso, pero también más alejado que nunca de lo fantástico (a pesar de sus detalles extraños Big Eyes pasa por ser un Ed Wood menos ligado aún a las convenciones del género). Por otro lado un duelo interpretativo que se preveía de altura, pero termina totalmente desequilibrado. Amy Adams cumple holgadamente como Margaret, pero Christoph Waltz despliega una actuación desentonada, anodina y desprovista de todo matiz.


Y cabe añadir que además el realizador se esfuerza por ofrecer una visión chichuda e interesante entorno a la industria artística. Hay aquí bastante mofa al mundillo, enfoques paródicos hacia distintas figuras de ese microcosmos (críticos, galeristas, compradores, artistas) y lanza ideas entorno a la reproductibilidad del arte -la cita a Warhol no es casual- y la contraposición entre obra única y fabricación en serie: ¿dónde termina el arte y empieza el consumo? Además de todo ello construye una reflexión entorno al papel que esa industria le ha reservado -por lo menos hasta bien entrados los 60- a la mujer, un añadido ético que podría convertir la película perfectamente en la más feminista de todas las que ha rodado Burton. ¿Dónde está el problema, entonces? En esencia, en que Big Eyes representa una película más que eficiente pero... está totalmente impedida para emocionar, para provocar algún tipo de estímulo en el espectador, que ve cómo la historia va de un lado a otro, cambiando de tono y género, sin lograr en ningún momento tocar la fibra. Y bien, soy consciente de que entro en terrenos puramente subjetivos, que dependerá de la predisposición, sensibilidad y entrega de cada tipo de espectador: ya he dicho que a estas alturas Tim Burton ya no me resulta un nombre estimulante. Pero como sea la película parece estar hueca de alma y corazón, castrada de una fuerza emocional que haga que los personajes nos importen como tales, más que como un simple espejo de las personas reales que se esconden detrás, movida por una inercia narrativa que convierte todos esos momentos con potencial y capacidad visual en postales grises y atonales.

Mal balance para cualquier película, pero especialmente para una que se centra tanto en el arte y en sus capacidades para, más allá de la técnica y las concepciones ortodoxas del talento, emocionar a millones de personas a lo ancho del planeta.

5'5/10

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