Crítica de St. Vincent

Menos mal que tenemos a Bill Murray. Dios salve a Bill Murray del mismo modo que Bill Murray suele salvar tantas situaciones, tantos momentos de engolamiento y pretenciosidad en películas en ocasiones demasiado pagadas de si mismas. Ahí siempre está él para aplicar un tratamiento de cinismo y laconismo, de distanciamiento irónico y ligero sentimiento autodestructivo cómico. Él es Bill Murray y cualquier película con Bill Murray es un poquito mejor. Y es en cierta forma lo que ocurre con esta St. Vincent, de otro modo irritante vehículo para un puñado de buenos sentimientos catalizados a través de un guión algo blandurrio. Con el hombre al frente, sin embargo, el debut largo de Theodore Melfi queda convertido en algo, cuanto menos, agradecido de ver, más equilibrado y casi autoirónico. Lo cual se antoja necesario en una historia que baraja elementos por lo menos sospechosos: Vincent, un señor mayor, cascarrabias, bronco, malhablado, bebedor y putero, pero de buen corazón; Oliver, un niño machacado por los bullies de la escuela, que se termina haciendo amigo del viejo; la madre de Oliver, que tiene que cuidar de él sola y trabajar al mismo tiempo; y una prostituta y stripper de la Europa del este, embarazada y "amiga especial" de Vincent. Una estomagante mezcla que nos remite de entrada a los peores momentos de la dramedia americana más canónica, convencional y endulzada, esa que se esconde tras una engañosa máscara de acidez que siempre, indefectiblemente, termina desprendiéndose.

Bien, pues como decía, Murray logra que, por lo menos, la máscara aguante hasta el final. Y no sin esfuerzo. Quitando sus momentos de ligera y controladísima incorrección política y sus salidas de tono marca de la casa el guión se pasea sin oponer mucha resistencia por una colección de clichés muy propios de este cine que pivota entre lo indie y lo comercial. Tanto en lo formal (planificación y puesta en escena amables pero sin artificios, presunto realismo) como en lo textual St. Vincent se acoge a lo preestablecido sin demasiada voluntad para violentar los términos: el centro emocional está basado en una relación de mentor/alumno estructuralmente muy tópica, culminada por un clímax que busca sin disimulo una emotividad un tanto facilona. Una clásica representación del mundo a través de los ojos de un niño y de un viejo pensada para proponer una evolución positiva en ambos personajes, que obviamente aprenderán el uno del otro. Aborda temas como la muerte, la soledad, la vejez, la decrepitud, la amistad, la valentía y, ante todo, la maduración. El tono es seco pero el fondo almibarado, cae en recursos trillados (ese giro que da la vida de Vincent a mitad de metraje) y, en general, busca convertirse en una mirada socarrona a las feelgood movies sin querer renunciar a ser una feelgood movie en si misma.


Así que se me permitirá volver al actor principal y a un papel que parece hecho a medida, por lo menos para ese Murray que definitivamente dejó entrar la melancolía en su vida y la incorporó a su propio discurso (idiosincrasia y timing) cómico. Cuando hace de si mismo y ofrece su propia interpretación de un Walt "Gran Torino" Kowalski cualquiera la cosa se pone realmente interesante. Pienso en todos los momentos en que voluntariamente desequilibra esa placidez que toma la película presentando su bienintencionada parodia de núcleo familiar alternativo. O en el contrapunto nihilista que ofrece a su propio proceso de decrepitud. O especialmente en la escena de créditos finales, tan minimalista como deliciosa, en la que Vincent tararea, enchufado a un walkman, una canción de Bob Dylan. Esos momentos compensan la atonalidad de una Melissa McCarthy que prueba con un registro dramático -o menos cómico- y se pierde en una especie de mar de aburrimiento interpretativo. O la falta de sutileza en la composición de una Naomi Watts con un acento forzado y ridículo de (hipotética) puta europea. Esos momentos, en fin, logran hacer brillar una película por encima de sus propios planteamientos y consiguen trascender la general falta de originalidad y garra del asunto. Así que disculpadme una reseña tan monotemática, tan obstinadamente Murray-céntrica, pero es que con películas de una corrección tan aburrida como St. Vincent uno tiene que terminar agarrándose de lo poco genuinamente bueno que de ellas pueda arrancar.

6/10

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