Crítica de El francotirador (American Sniper)

Afortunadamente el mal sabor de boca que Clint Eastwood nos dejaba con su ahora penúltima película ha sido breve. No es que El francotirador sea un retorno directo a la grandeza, pero ha logrado que pocos meses después de la muy decepcionante Jersey Boys nos olvidemos de la flojera narrativa que lastraba al biopic de Frankie Valli y, por lo menos, reencontremos a un director sólido y que, en un sentido u otro, nos provoca la reflexión. Que al fin y al cabo, más allá de lecturas políticas y filias ideológicas, es lo que siempre ha sido el mejor Eastwood: un cultivador de los géneros que pretende trascender sus respectivas reglas para llevar los códigos al terreno de la reflexión. Casi siempre a la luz de un marco mayor, el de la sociedad norteamericana, en perpetuo diálogo con su propia Historia. Aquí el realizador vuelve a un heroísmo bélico con el que definió su visión de las contiendas de la segunda Guerra Mundial (Banderas de nuestros padres) y que ahora le ayuda a definir un poco más su posicionamiento entorno a los principales conflictos en los que Estados Unidos se ha inmiscuido en los primeros años del siglo XXI. Afganistán e Irak. Un nuevo ejercicio de autocuestionamiento americano que podría proseguir una senda (estética más que ética) que también definieron En tierra hostil o la soberbia La noche más oscura.

Como en esta última, Eastwood parte de una crónica real. La que relataba el francotirador de los Navy Seals Chris Kyle en su propia autobiografía, un pequeño fenómeno editorial en Estados Unidos. Kyle se convirtió, gracias a la milimétrica puesta en práctica de sus habilidades al fusil, en una figura controvertida del estamento militar norteamericano al ser reconocido como uno de los más importantes francotiradores de la Historia del país. Un tipo que pasó cerca de una década ejecutando su trabajo de una manera impecable, acabando con la vida de incontables amenazas potenciales para las tropas, en esencia asesinos, altos mandos enemigos y potenciales terroristas. Un hombre que más que nunca diluía las barreras entre el soldado y el asesino en serie y que además terminaba sus días siendo víctima de su propio modo de vida. Una figura, en fin, cuyo estudio arrojaría más sombras que luces en un ejercicio de reflexión entorno al intervencionismo bélico y las acciones preventivas. De modo que la pregunta primera y principal era inevitable: ¿Cómo acomete Eastwood el enfoque sobre semejante personaje? Especialmente teniendo en cuenta la carrera del actor y realizador, siempre tan ligada de alguna manera u otra a los héroes oscuros y a los dilemas generados en el ejercicio de desempeño de la ley de un solo hombre.


La respuesta a la pregunta es un tanto insatisfactoria. Desde luego es encomiable la ausencia de una voluntad de adoctrinamiento de la que hacen gala tanto el guión como su puesta en escena. Los implicados en El francotirador deciden moverse en la ambigüedad y usar recursos que decantan la historia tanto hacia una glorificación del estamento militar como todo lo contrario: la crítica hacia sus métodos y las consecuencias que estos tienen sobre los individuos. La película es, al mismo tiempo, una mirada algo servilista hacia el patriotismo y lo loable del sacrificio de los soldados y un drama seco que cuestiona la validez de los resultados globales (los éxitos militares) cuando se sobreponen a las pérdidas personales (las crisis emocionales del protagonista, interpretado por un notable Bradley Cooper). Dicho de otro modo, estamos ante una película propagandística y antibélica al mismo tiempo. A un nivel ideológico Eastwood habla desde el relativismo pero al mismo tiempo haciendo uso de una insatisfactoria timidez, una especie de templanza que parece temerosa de violentar a alguno de los dos sectores que -hipotéticamente- caracterizarían la vida política norteamericana. Y de paso con ello esquiva ese principal dilema que podría extraerse de la película, ya que prefiere dar profundidad a la tragedia del protagonista, cubrirlo de atribulaciones y convertirlo en un héroe con problemas morales antes de plantearse si quiera si es un héroe o un villano.

La narración se resiente de ello, porque nunca llega a apoyarse en capas de interpretación muy distintas y complejas. Así el argumento resulta un poco esquemático, marcado por las idas y venidas de Kyle, del frente a casa y de casa al frente, y se ve obligado a recurrir a una treta un tanto artificiosa: la búsqueda de un némesis con el que darle al personaje una condición más marcadamente heroica y con el que ofrecer una sencilla justificación del dispositivo Bien versus Mal. Un mecanismo que responde a las convenciones del cine bélico hollywoodiense y que subyace en una película que, por todo lo demás, resulta impecable. Especialmente como muestra de un género que aún puede ser denso y riguroso sin necesidad de renunciar a ser también vigoroso y eléctrico. Es aquí donde Eastwood da lo mejor de si y construye un drama de acción irreprochablemente ejecutado. Las escenas de guerra hieren, retumban y encogen el estómago. El montaje está hecho con cabeza y elige en todo momento qué nos cuenta y qué deja en el fuera de campo. Y especialmente la cámara está siempre donde debe estar y nunca deja de recordarnos quién se encuentra detrás: ese hombre preocupado por la coherencia explicativa y por los conceptos de puesta en escena más ligados al clasicismo. Una pena que en este caso no se haya preocupado también por dar un golpe en la mesa y expresar con contundencia lo que de verdad piensa, le joda a quien le joda.

6'5/10

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