Crítica de Pride (Orgullo)

En 1984 un grupo de gays y lesbianas londinenses se solidarizaron con la causa de los los mineros galeses de la National Union of Mineworkers, durante una huelga que pretendía poner en solfa el gobierno reaccionario de Margaret Thatcher. Con tan inesperado gesto nacía el LGSM (Lesbians and Gays Support the Miners) y con él se produjo una de las alianzas sociales más curiosas de la lucha sindical, un choque de dos mundos aparentemente opuestos que cooperaban bajo -por lo visto- el signo del buen rollo para atacar un poco más el bajovientre de la bestia ultraconservadora. Treinta años después el cineasta Matthew Warchus ha decidido aplicar un montón de filtros emocionales al asunto para relatar el caso en una película que, mal, ha terminado obviando la urgencia, el descaro, la gloriosa mugre y furia si se quiere, de aquella época, para de alguna manera ofrecer otra cosa. Pride es algunas cosas buenas, pero desde luego no puede presumir de haberse convertido en un nuevo estandarte del cine social brit más incisivo y afilado, sino más bien de una vuelta a aquellas formas suaves, calentitas y acogedoras que definían como comedia proletaria a Full Monty. Aquí hay, en ética y estética, mucho más Billy Elliott que Riff-Raff o La camioneta. Dicho de otra manera, estamos ante la candidata perfecta para feelgood movie de la temporada.

Y a uno lo hace sentir bien, por supuesto. Su mezcla de risas queer, drama amable, costumbrismo y petardeo para todos los públicos es químicamente perfecta. Su reparto está equilibrado y conformado por un montón de caras conocidas y/o solventes de distintas generaciones: jóvenes prometedores o ya reconocidos (Andrew Scott, George MacKay, Joseph Gilgun), rostros populares de la escena inglesa y allende (Dominic  West, Paddy Considine) y algún que otro lord y dama de la interpretación (Bill Nighy, Imelda Staunton). Y su tónica general es la de una película enérgica, optimista y luminosa, que pretende elevar el espíritu y soliviantar lo justo. Sin estridencias, sin claroscuros y rica en momentos que buscan quedarse en el recuerdo apelando a una conexión más o menos entrañable con el espectador más dispuesto a dejarse encandilar. Una historia de amistad, camaradería, cooperación y solidaridad. De tolerancia, comprensión y normalización de una condición que necesitaba reivindicarse a cada momento en un clima de rechazo institucional que ha durado hasta hace bien poco. Bien, si dicho todo esto el lector siente la imperiosa necesidad de abalanzarse hacia las salas, de verdad, que lo haga. Que salga escopeteado al cine y se rinda al innegable colorismo despreocupado de Pride.


Pero todo ello, sigo para quien se haya quedado, tiene una obvia contrapartida. Porque estamos ante una película tan gay (aquí en el sentido más des-sexualizado de la palabra) como domesticada, convencional y temerosa de alzar la voz o de apartarse de lo afable. Su desesperada búsqueda de lo positivo desprecia la posibilidad de dibujar un retrato de la época eléctrico, esquinado y de formas punkis para situarse en una idiosincrasia que no molestará (ni inducirá a la reflexión profunda) a casi nadie. Como ejemplo, su querencia por el populismo se puede rastrear fácilmente en una selección de canciones que deja ver a The Smiths o Billy Bragg, sí, pero que especialmente parece cómoda escorando hacia Soft Cell, Frankie Goes to Hollywood, Culture Club, Phil Collins, The Communards o Yazoo. Peor aún, Pride comete pecado de simplificación y en todo momento ofrece una descripción decididamente superficial de los comportamientos generales de cada una de las clases sociales que pretende reflejar. Un montón de clichés que se agolpan tanto en esas descripciones como en los hechos, un reduccionismo tópico que le sentaría bien a un cuento moral o a una parábola social pero que no funciona como elemento radiográfico de un tiempo y un lugar.

En suma estamos ante una historia sobre el inconformismo que paradójicamente desemboca en una cinta demasiado conformista. Una película templada que no hace un gran favor ni tampoco una irreparable putada a la causa LGBT (suponiendo que el colectivo necesitara aún favores, ojalá no fuera así). Ni, peor, a los relatos más o menos comprometidos, a la comedia lumpen, al drama humano ni al cine que pretende reconstruir una de esas historias que merecen ser contadas. Así que good vibes por un tubo, pero después de esto personalmente me quedo un poco igual y con ganas de volver una vez más a, qué sé yo, Mi hermosa lavandería.

6/10

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