Crítica de Siempre Alice (Still Alice)

No será la primera vez que expresamos por aquí nuestra aversión a la mediocridad, nuestro rechazo a la medianía, una fobia más acentuada incluso que la que sentimos por los productos fallidos o directamente las calamidades cinematográficas. Este es uno de esos casos templados, en los que el objeto de análisis ofrece pocas posibilidades, pocas capas de interpretación y, en fin, muy poca pulpa que exprimir. Habrá quien justifique Siempre Alice argumentando que toca un tema relevante que nos guste o no forma parte de nuestras vidas y de las de quien nos rodea, y que sólo eso debería bastar para considerarla una obra necesaria. Otros apelarán a su capacidad emotiva, fundamentada en la interpretación de su actriz principal, concienzudamente trabajada. Tampoco les faltará razón a los que simplemente les haya gustado la historia y no se hayan sentido molestos por el resto de elementos cinematográficos o circunstancias que la rodean. Y la verdad es que no seré yo quien discuta nada de todo ello. Pero, insisto, nos encontramos ante una película no mala sino pobre, poco esforzada. Que no propone retos narrativos ni escénicos, ni va más allá de lo ya explorado anteriormente. Ni, desde luego, se autocuestiona o busca ponerse obstáculos para poderlos superar.

Pero ya digo, ¿quién parece necesitar un poco de inquietud autoral teniendo entre manos una historia tan desgarradora como la de una madre de familia a quien detectan una rara variedad de Alzheimer en una edad inusualmente temprana? Los descoloridos realizadores Wash Westmoreland y Richard Glatzer han tomado el superventas literario de Lisa Genova como punto de partida para un relato previsiblemente desgarrador, trágico en si mismo, inherentemente doloroso. Y se han servido de una entregada Julianne Moore para construir uno de esos filmes-shows unipersonales que, de entrada, parecen construidos a mayor gloria de su estrella. Y en ese sentido el éxito es innegable: Moore vuelve a demostrar una vez más ser una estrella superdotada, tan capacitada para entregarse a personajes de distinto pelaje y hacerlo bien como para componer, a golpe de estridencias y sutilezas, esas interpretaciones que tanto gustan a todo el mundo. Empezando por los académicos. Cuidado, sumemos al apartado actoral una secundaria espléndida. Kristen Stewart sigue empeñada en demostrar que cuando quiere es una actriz superlativa (desde Adventureland ha ido diseminando pequeñas perlas semiocultas a lo largo de su carrera) y que cuando hace las veces de sidekick de una gran dama de la interpretación -ojo a su réplica a Juliette Binoche para Sils Maria- es capaz de crecerse aún más.


Bien por ellas. Mal por todo lo demás. En una época en la que la ficción televisiva parece estar en uno de sus momentos más brillantes es un poco arriesgado seguir usando este tipo de recursos, pero así es como se percibe: Siempre Alice no deja de ser una tvmovie con pátina de superproducción. Pero su factura, aspiraciones y logros se acercan peligrosamente al terreno de la sobremesa o, como mucho, al de un tipo de drama familiar que hace 20 años ya estaba pasado de moda. Porque si bien su aproximación al caso es cautelosa, empática, sosegada, sin estridencias y nunca cae en el tremendismo lacrimógeno, su construcción (por cierto, en una estructura narrativa simple y anodina) está llega de pequeñas trampas y manipulaciones sentimentales. Por otro lado los realizadores parecen confundir desnudez formal con dejadez y funcionalidad. El look es vulgar, desprovisto de chispa y no escapa de algún que otro cliché (esos planos en Super 8) ni tampoco de la obviedad de ciertas metáforas visuales trilladas (desenfoques, reflejos especulares distorsionados, etcétera, pretenden simbolizar la desaparición o la distorsión de la persona y sus recuerdos). Todo, en fin, demasiado confiado al material de partida y a la previsiblemente eficiente labor de sus protagonistas.

Vamos, que se pusiera como se pusiera el resultado era un poco inevitable: Siempre Alice resulta emotiva y dolorosa. Pero es así, salvando el plano interpretativo, no necesariamente por méritos propios. Reitero que apelar a un tema tan descorazonador como el Alzheimer asegura momentos de melodrama intensos, así que a la vista de la película podemos hacer poco más que determinar si el enfoque es el correcto o es irresponsable. En este caso no es ni una cosa ni la otra, ni derrocha gran brillantez expositiva ni comete ninguna gran metedura de pata en el planteamiento del problema. De modo que lo que queda es solvencia narrativa, sí, pero también puro vacío creativo.

5/10

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