Crítica de The Better Angels

Aviso previo: a lo largo de esta reseña aparecerá muchas, muchísimas veces el nombre de Terrence Malick. Y lo lamento, no quisiera ser injusto con el trabajo del debutante A.J. Edwards, pero es que la impronta del autor de Malas tierras se encuentra exageradamente presente en esta The Better Angels, lo cual dificulta sobremanera la tarea de analizarla como un producto independiente y autosuficiente. No en vano el propio Malick es mentor de Edwards y apadrina esta película que pretende documentar, desde un punto de vista más expresivo que biográfico, la infancia del presidente Abraham Lincoln, quien creció en una pequeña comunidad en los bosques de Indiana a principios del siglo XIX, rodeado de sus familiares más cercanos. El autor plantea su historia como un relato humanista entorno a la maduración, la de un hombre que determinará el curso de la Historia de su país antes de ser siquiera eso, un hombre, y enfocada desde las relaciones entre las personas y de estas hacia la naturaleza, que como en Malick se presenta majestuosa, delicada, furiosa, cristalina o inescrutable. La diferencia, que Edwards plantea una representación de la misma condicionada por un recurso estilístico, digamos, artificial: un inmaculado blanco y negro que opera desde el naturalismo tanto como desde el expresionismo y que interpone entre la película y el espectador un distanciamiento histórico.

Todo plantea un esteticismo que, obviamente, presentará dudas y recelos. ¿Estamos ante un intento legítimo de acercar a la tierra, a los hombres, sensaciones trascendentales y otras manifestaciones de lo divino? ¿O bien todo es un gran ejercicio manierista devorado por su propia ansia formalista que capta las formas del maestro pero no reproduce su impacto emotivo y filosófico? Desde luego The Better Angels se pretende epifánica y parece buscar la iluminación a través de la naturaleza, que debería ser la manifestación de lo divino en la Tierra, pero eso mismo ya estaba en Malick. Y todo, absolutamente todo, remite a él. Especialmente a sus últimas películas: la música (responsabilidad de Hanan Townshend autor de la banda sonora de las tres últimas obras de Malick), su cadencia narrativa, la iluminación, el estilo en general -de un lirismo arrebatador- y la caligrafía de cámara. Esa permanente organicidad que aporta el uso de la cámara al hombro, los constantes reencuadres -de planos generales a primeros planos en movimientos fluidos de cámara- el montaje fragmentado e incluso la voz en off, que concreta tanto como se pierde en ocasionales digresiones entorno a la condición humana. Y, de nuevo, aunque la cosa gana matices cuando apela a Tarkovsky o a la sacralidad escénica de Dreyer, uno siempre termina pensando en el mismo referente.


Y es un referente inapelable, cuidado. Como en el cine de su mentor, Edwards genera con su debut un generoso caudal de sensaciones de tipo intelectual y emotivo; resulta inspiradora y también epatante; es lúcida e intensa y logra indagar en los sentimientos y reacciones humanas con una brillantez admirable. Reflexiona con una serenidad poco común en un debutante sobre la soledad, la muerte, el aislamiento, la disciplina, la rigidez de los principios que imponen los adultos a los jóvenes y, especialmente, el paso a la edad adulta. Todo marcado por la vida en el campo y la austeridad más radical. Sí, todo ello es cierto. Y no menos cierto es que lo justo sería analizar esta película sin saber que detrás se esconde el propio Malick como productor, que deberíamos poderla valorar los logros de manera independiente y reconocerle a Edwards las muchas virtudes técnicas y expositivas de las que parece hacer gala. Pero, una pena, la propia película no nos deja. De modo que podemos refugiarnos en una valoración global tibia, un sí pero no, que es lo que vamos a hacer nosotros mientras esperamos al próximo movimiento del realizador. Pero debemos tener presente que nos encontramos ante una película y un creador que mientras no se despegue con una voz propia terminará en un peligroso limbo marcado por la amenaza de la pedantería, la pretenciosidad y el engolamiento. Una película preciosa, intensa, lúcida e hipnótica, pero que no pertenece a su autor.

6/10

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