Crítica de Ex-Machina

Ex-Machina
BARBAZUL EN LOS TIEMPOS DE LA PROGRAMACIÓN
Barbazul era un tipo temible, no sólo por su barba de color excéntricamente azul, sino por su pasión por matar a sus esposas, quienes se habían casado con él atraídas por su inmensa fortuna. En el cuento de Charles Perrault, la última mujer es salvada por sus hermanos que llegan al castillo segundos antes que sea ejecutada. En Ex-Machina, en cambio, es el héroe quien es invitado a la mansión y al que se advierte que no debe abrir todas las puertas. Pero pronto descubrirá que la mujer ahí encerrada está en peligro y él, evidentemente, intentará evitarlo...

La diferencia es que en la película que nos ocupa el personaje equivalente a Barbazul (quien conserva la barba, pero no el azul) es un poderoso propietario del mayor buscador de Internet (alias Google) y "su mujer" Ava, un fruto de su propia creación, un robot, a quien ha dotado con el conocimiento de todos los datos que los humanos expresan o intercambian a través de Internet (es decir, casi de superpoderes). El invitado, Caleb, es un empleado de su empresa quien acude al encuentro como Charlie a la fábrica de Willie Wonka, gracias a un concurso que cree aleatorio. El encuentro entre Caleb y Ava se justifica por un supuesto test de Turing al que tiene que someter a la robot para determinar si ésta posee o no conciencia. Y digo "supuesto" porque aquí es donde se encuentra el primer fallo del argumento del film. El test de Turing sólo tiene sentido si el examinador no ve a la máquina y tiene que determinar si quien entrevista es un humano o una inteligencia artificial. Aquí, la máquina está al descubierto desde un inicio por lo que llamarlo "test de Turing" es simplemente una excusa que no se sostiene.

Si bien esta es un primera premisa que chirría en la trama, podríamos pasarlo por alto pues el inicio de la película es prometedor: la ambientación es sugerente, y la casa de Nathan funciona muy bien como no-lugar para una ciencia ficción reflexiva que quiere ahondar en las profundidades de lo que nos hace humanos. El precioso paraje natural en el que está situada (una Noruega disfrazada de Alaska) proporciona el perfecto contraste para la mecanización de la que habla. Las interpretaciones de Alicia Vikander y Domhnall Gleeson (a quien ya vimos en el también distópico mundo de Black Mirror: Be Right Back) son elegantes y eléctricas, deslizándose con la mezcla perfecta de suavidad y tensión que pide el escenario. También el diseño del robot-mujer, el centro del film, resulta apropiado, equilibrando entre máquina y sensualidad femenina con acierto, sin desmesurarse en ninguno de los extremos.

Además el planteamiento parece abrirse camino hacia temas como el hombre vs. la máquina, la batalla de sexos, la evolución de la humanidad hacia una progresiva mecanización, la mujer como objeto sexual y muchos otros, que aunque ya antiguos y usados, siempre merecen una moderna revisita.

Ex-Machina

Pero al llegar a la segunda parte de la película, la historia empieza a desmoronarse por todas partes. Si bien como espectador se tarda poco en sospechar que las intenciones de Nathan-Barbazul son otras y que quien en realidad está bajo examen es el invitado, parece que Caleb-Charlie es tan inocente que no lo percibe. Cuando además se le añaden elementos tan endebles como los constantes apagones de electricidad que permiten que los personajes hablen sin que las cámaras graben, uno empieza a distanciarse inevitablemente de la ficción hasta llegar en ciertos instantes al peligroso punto donde es posible interpretar una situación dramática y seria como risible y ridícula.

El problema de Ex-machina no es que no sea suficientemente inteligente, sino que subestime la inteligencia del espectador. Y esto lo hace en diferentes niveles. Por una parte, por no considerar que su nivel de sospecha, ya muy desarrollado gracias a años y años viendo películas de ciencia ficción y thrillers, puede ser superior al del inocente protagonista. Y por otra, por su empeño en rellenar todos los diálogos (y las paredes) con citas de científicos, pintores, filósofos y demás eruditos, a las que se encarga hasta de poner el pie de página con la fuente para asegurarse que a nadie se le haya escapado; cuando la mejor cita es aquélla que puede ser reconocida por quien conoce la fuente, pero que no interrumpe el discurso del film a quien no la reconoce.

Ex-Machina

En cambio Ex–Machina se olvida de revisar bien sus propias influencias. Para la creación humana de un ser artificial que desobedece a su amo, ya tenemos a Frankestein o a Pinocho, para la confusa dicotomía entre hombre y robot, Blade Runner, para una simple historia de amor entre inteligencia humana y artificial está Her, y para tratar la deshumanización del ser humano contrastándola con la humanización de los robots mejor vemos Under the Skin. Incluso la emulación de Barbazul no se explicita como una declaración de principios evidente.

Si Ex-Machina hubiera apostado por un perspectiva nueva de los mismos temas, y hubiera exigido más consistencia a su trama, tendría alguna oportunidad más de hacernos gozar con su exquisita elegancia.
5/10

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