Crítica de Foxcatcher

Amén de un documental que hizo las veces de ópera prima, y de un corto (también documental) que se cuela en su filmografía, la carrera de Bennet Miller tras las cámaras se limita a tres películas de ficción que, sin embargo, equivalen a sendas adaptaciones de casos y/o personajes reales. En todos los casos, hay lugares comunes que ya definen, y de qué manera, una carrera que seguir bien de cerca: no por nada, sus tres películas se han ido colando constantemente entre las nominadas a los Oscar, llegando a ganar ya un galardón: Philip Seymour Hoffman se llevó la estatuilla por su interpretación en Truman Capote, candidata a la mejor película del año, y aunque ninguno de sus protagonistas lo lograra, tan sólo el hecho de ver a Brad Pitt y a Jonah Hill entre los aspirantes al premio por Moneyball (también nominada a mejor película) ya suena a reconocimiento de aúpa. Que ahora tanto Steve Carell como Mark Ruffalo, dos de los protagonistas de Foxcatcher, vuelvan a aparecer entre los finalistas (el film opta sólo a dirección y guión) a tan preciada estatuilla, pone en evidencia que no hay casualidad: que Miller es, ante todo, un excelente exprimidor, capaz de sacar el mejor jugo de todo intérprete que se ponga a sus órdenes. De esto, sus trabajos se aprovechan a las mil maravillas... Y desde luego, la que ahora nos ocupa como la que más.


No es la gestión del reparto, claro, el único punto fuerte de los trabajos de Miller. Una buena interpretación suele venir acompañada de un buen guión y narración, de manera que se pueda dibujar a la perfección la personalidad que toque. Se generan sinergias y claro, todo brilla más. Esa es el arma de Miller: la forma en que sus filmes cuidan a sus personajes desde diversos frentes. Tanto para que se acaben convirtiendo, eso sí, en el mayor aliciente para un espectador que acaba depositando casi todo su interés en ellos en detrimento de la trama. El caso de Foxcatcher quizá sea el mayor ejemplo hasta la fecha puesto que el argumento, la verdad, queda reducido a una minucia: un tipo con mucha pasta quiere ser entrenador de un deportista de wrestling; con que uno siguiera más o menos los sucesos extraños del deporte hace un par de décadas ya sabrá, además, cómo acaba. Nada y menos para un filme que se dedica, por tanto, a indagar principalmente en la figura del millonario. Ah, y con Steve Carell hemos topado.

Porque aquí se hace gala de una excelsa puesta en escena, de fotografía cuidadísima y una paleta de colores con un objetivo en mente: atormentar al espectador desde la vista y el subconsciente; hay un director que vuelve a demostrar su buen gusto tras la cámara, mediante una dirección de corte clásico y contenido; y suena una banda sonora perfectamente calculada, añadiendo más leña a una propuesta que se hace abanderada de la sutileza, del subtexto y lo entrelineado. Pero por encima de todo ello, hay una interpretación absolutamente magistral, una transformación que va mucho más allá de las cuatro (enfermizas) prótesis faciales: Steve Carell desarrolla un auténtico monstruo podrido por dentro, cuya bilis va sacando progresivamente con una frase cargada de significado, una mirada, o incluso una mera pose. El suyo, sin buscarlo abiertamente, acaba convirtiéndose en uno de los villanos más perturbadores del cine reciente (y eso que en el fondo no deja de ser un entrenador demasiado estricto). A colocar más o menos entre la Jean Simmons de Cara de ángel, el Danny DeVito de Batman vuelve (con quien guarda algún que otro parecido) y el J.K. Simmons de Whiplash, para entendernos. Un trabajo a la altura de la ya mentada conversión de Seymour Hoffman en Capote, y que como en aquella ocasión... tapa las vergüenzas que la película deja puntualmente a la vista.


Y es que sí, se ha hablado de las bondades de su puesta en escena, del dechado de guión que significa el libreto de Dan Futterman y E. Max Frye, y de la sobria elegancia de la cámara. Foxcatcher, puede decirse sin miedo, es una buena muestra de gran cine actual. Pero a su vez, no está de más rebajar un poco los humos, poner los pies en el suelo y, quizá desde un prisma algo más pragmático, darle un tirón de orejas a Miller: porque dicho en palabras pobres, su propuesta es tan interesante en la construcción del personaje como un peñazo en toda regla. Su excesivo metraje adolece de un ritmo lánguido con el que su escaso argumento se arrastra tratando de progresar entre silencios y/o planos largos que en demasiadas ocasiones confunden la parsimonia con el tedio. Y lo dicho, suerte tiene Miller de la presencia de Carell (ojo, y de Ruffalo... y en menor medida, de Channing Tatum), con cuyo impertubable, chungo rostro genera el suficiente desasosiego para mantener vivo, si bien moribundo, el interés de la platea. Quizá Truman Capote no hubiera sido tan sorprendente de no ser por el malogrado actor, o Moneyball directamente un ladrillo; en el fondo, con Foxcatcher pasa un poco lo mismo, Sólo que el plumero se nota un poco más. Avisados quedáis
7/10

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