Crítica de The Interview

Auténtico escándalo o macrooperación comercial, lo cierto es que toda la polémica que ha rodeado al estreno de The Interview ha terminado jugando a su favor y en su contra al mismo tiempo. Por un lado su mierda se ha estampado contra el ventilador y ha salpicado hasta el más provincial de los telediarios de mediodía, siempre ávidos de simplificar los términos para alcanzar una suerte de zona de impacto informativo inmediato: "esta es la película que nos puede conducir a la tercera guerra mundial". Pero por otro lado, lo nuevo de Seth Rogen y Evan Goldberg se ha convertido en el hype de la temporada y ha terminado desilusionando tanto a los que esperaban la panacea de la comedia política como a los críticos, que la han tachado de, en pocas palabras, estupidez supina. Aquí estamos nosotros para  atemperar un poco las reacciones, claro, porque la cosa no es obviamente una obra maestra (we don’t believe the hype: si esperábamos grandes cosas no era por el buzz generado, sino porque veníamos de la brutal Juerga hasta el fin) pero tampoco un desastre insalvable. Ni mucho menos: esto no debería haber salido de los circuitos que frecuenta su target específico (adictos a la stoner comedy y a los postulados, si es que aún se conservan, de la Nueva Comedia Americana) y de esta manera se habría convertido en una comedia más, ni la mejor ni la peor, pero sí una reivindicable, de la pareja bromántica de superfumados que conforman Seth Rogen y James Franco.


Y poco más debería tener que decirse de The Interview, suerte de remake apócrifo, actualizado para la ocasión, de Espías como nosotros. Como en aquella, un par de lerdos son enviados en una misión de espionaje a una zona chunga, en este caso concreto a la norcorea de Kim Jong-un, a cargarse al buen señor. Y como en aquella, o, yo qué sé, como en el tercer acto de El pelotón chiflado o de Tropic Thunder, la cosa termina desmadrándose en una mezcolanza de comedia bufa y parodia de acción que puede llegar a cuajar mejor o peor. Más o menos lo que era de esperar y llevado con la buena mano que se podría desear. Una especie de piloto automático que garantiza elementos para los que uno, como espectador de este tipo de producciones con los huevos más o menos despellejados, ya debe ir preparado: se respira en todo esto algo del mejor y del peor Blake Edwards, pero especialmente prima el caño grueso, la barrabasada y la ocurrencia paridera, esa que en algún momento nos hace reír a nosotros y en muchos otros sólo a ellos. Una especie de reciclado de las cosas que en su momento ya hicieron mejor Trey Parker y Matt Stone, en el terreno donde a menudo también brilla(ba) Seth Macfarlane. Pero en cierto modo una operación de apropiacionismo bien reconducida hacia la temperatura y color cómico de estos tipos. Abunda la referencia, el chiste autoconsciente y el metaguiño, el amiguetismo y el ensalzamiento de la amistad entre machotes por encima de todas las cosas.

Así que The Interview deberá caerle a uno en gracia y de ello dependerá su éxito, basado, en caso de existir, íntegramente en el hedonismo: Goldberg, Rogen y Dan Sterling, el tercer guionista en discordia, se muestran poco interesados en llevar la crítica a los totalitarismos más allá del chascarrillo. Su mirada ácida sobre la telebasura es ligera y poco concreta. Y, en esencia, el ataque frontal hacia la persona de Kim Jong-un termina siendo más lúdico que realmente efectivo: al final, el cabreo del dictador real ha sido una nueva y gloriosa muestra del conocido efecto Barbara Streisand. Porque lo que hay en la superficie de The Interview y lo que resulta de rascar un poco bajo sus capas de aventura descacharrada no es veneno destilado sino, básicamente, chistes de pedos y de anos. Comedia física muy primaria, humor verbal poco interesado en la sutileza y en las multicapas de sentido y ráfagas de comicidad gore que nos lleva a pensar (y oye, que por nosotros bien) en una parodia de las secuelas de Rambo de los ochenta. En resumidas cuentas, una concatenación de chistes zafios dispuestos en una estructura más o menos perfeccionada basada en que cualquier acción termina conduciendo hacia un pequeño climax cómico eminentemente estúpido. Pero, ojo, de eso se trata.


Insisto en que esto es un producto que disfrutarán los fans específicos del dúo. Como de costumbre, Seth Rogen hace de Seth Rogen y James Franco de James Franco drogado, a los que se les suma la siempre encantadora (y aquí desaprovechada, mierda) Lizzy Caplan, otra sospechosa habitual. El tono vuelva a ser decididamente old school, casi homenajeando esas comedias de acción de los ochenta citadas por ahí arriba. Y, reitero, el objetivo es echar unas risotadas autoconscientes en un producto narrado con la soltura y facilidad cómica habituales (el timing a esos dos les sale solo) formalmente bien acabado y con una factura más que presentable. Si alguien se esperaba algo más, oigan, no es culpa de ellos.

6/10

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