Crítica de Selma

Se pueden decir varias cosas buenas de Selma pero quizá la más destacada de todas sea su facilidad para constituirse en un producto riguroso y sincero sin dejar de adscribirse al género biográfico y sin rebajar las cargas de épica que este lleva implícito. Tomar como punto de partida la vida de Martin Luther King podía llevarnos a pensar en una suerte de hagiografía adocenada, en una recopilación estéril de datos agolpados o en una narración plegada a la estructura habitual basada en el recorrido cronológico de la vida del personaje, desde su infancia hasta su muerte. Y no es así. La realizadora Ava DuVernay proviene del indie, está lejos de ser uno de esos mercenarios del Sistema, siempre tan correctos y anodinos, y tiene claro que no debe abandonar una visión de la historia asumible para el gran público pero tampoco abandonarse a convencionalismos. Por eso resulta agradable comprobar que la acción de Selma tiene su inicio a mitad de camino, con el atentado que costó la vida de varias niñas a mediados de los 60 y un ya reconocido King discutiendo con el presidente Lyndon B. Johnson, exigiéndole atención al respecto. Poco después aparece Oprah Winfrey interpretando un papel, deja claro que detrás de la película también se esconde su mano de productora y marca definitivamente la bicefalia (autoría/industria) que comentaba. Dependerá de DuVernay que esto no se convierta en un derivado de Lee Daniels.


Y afortunadamente, no lo hace. Aquí hay mucha más clase. Selma contiene, obviamente, poderosas cargas de reivindicación afroamericana. Planeta una visión histórica pero de alguna manera se coloca en un plano intemporal. Más aún ahora que la actualidad nos recuerda que la desigualdad social sigue reinando en un país un tanto esquizofrénico gobernado por un presidente negro pero que aun así no es capaz de reprimir sucesos tan trágicos como el que se producía en Ferguson (Misuri) el pasado agosto. La figura de King fue clave en su momento y ahora ya es universal y a pesar de la narración de hechos concretos su mensaje, y el de la película, debe prolongarse hasta cuando sea necesario. Y si la herramienta para transmitir esos ideales debe ser un biopic, bien, así sea. De modo que aquí no faltan algunas de las claves del género, como esa galería de personajes relevantes, tanto del ámbito de la reivindicación étnica como de su contrapartida institucional. Por el periplo de un King establecido en Selma, Alabama, y del mismo modo por el metraje de la película, desfilan personajes como los activistas Annie Lee Cooper, Diane Nash, Ralph Abernathy, James Bevel o el abogado Fred Gray, todos ellos elementos muy activos en la comunidad negra durante los años 60. Pero también el mismo LBJ, J. Edgar Hoover o el gobernador de Alabama, el conservador e intransigente George Wallace, que se erigió en antagonista personal de King. Todos ellos conforman un escenario que toma la marcha de 1965 a favor del derecho de voto de los afroamericanos como punto de partida.

A partir de aquí Selma es una mirada a la brutalidad policial y a la durísima y trágica intervención de los cuerpos de seguridad durante las manifestaciones pacíficas y a su impacto emocional y social en la comunidad, no únicamente la negra. La película va más allá de las circunstancias puramente políticas y tácticas de su protagonista y apela en todo momento a la emotividad y trascendencia de sus mensajes. Convierte al personaje en un hombre apasionado antes que en un símbolo, en un ser humano antes que en un líder (la negativa de los herederos de King a ceder a la película el uso de sus discursos termina jugando a su favor) y tiene como objetivo ilustrar con hechos y acciones, sí, pero especialmente busca emocionar, a pesar de algún desliz hacia el subrayado y el uso de trucos un tanto sospechosos. La interpretación de David Oyelowo va en esa dirección: remite a la persona sin suplantarla, capta la esencia del personaje sin quedarse en la superficie y construye un King fuerte en sus postulados pero tridimensional, vulnerable en su interior.


En lo formal DuVernay, por otra parte, logra despegarse de lo formulaico y arma una puesta en escena sólida, ajustada al modelo hollywoodiense pero llena de elementos de innegable buen gusto. La fotografía de tonos ocres nos remite a un tipo de cine muy académico apelando a un tiempo pretérito sin resultar relamida y resultando cercano, humano y palpable. Herencia del pasado indie de la realizadora, imagino. Mientras que la banda sonora guarda una selección impecable de temas musicales de corte soul (The Impressions, Otis Redding, Martha Bass, The Staple Singers) y jazz (McCoy Tyner, Sarah Vaughan, Yusef Lateef), con Glory, la voluptuosa canción original de John Legend y Common, al frente. En resumidas cuentas Selma se constituye como un ejemplo de biopic que se suma a un panorama saturado, pero lo hace desde el rigor y con un enfoque interesante y de interés renovado. Un producto muy al gusto del gran público que se mueve entre lo independiente y lo abiertamente hollywoodiense; entre el retrato íntimo y la narración maximalista centrada en las grandes gestas. No tiene la relevancia y la fuerza pasional del Malcolm X de Spike Lee pero a cambio transmite una sensibilidad casi mayor.

7/10

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