Crítica de Buzzard

Ser un poco hombre orquesta es probablemente una de las más sensatas maneras de moverse con libertad en una esfera de creatividad marginal. Y desde luego Joel Potrykus lo parece; hombre orquesta y marginal. Porque escribe, dirige y protagoniza y también porque sus esfuerzos van dirigidos a lograr un producto de esos que sólo aparentan deberse a si mismos y que, un poco, parecen querer obviar lo que el público pueda esperar de ellos. De modo que enfrentarse con su nueva Buzzard es una experiencia finalmente reconfortante pero en primera instancia y en términos convencionales, frustrante: es formalmente minimalista, sucia y destartalada. Y en un nivel narrativo es lenta, aparentemente dispersa e incluso a ratos reiterativa. Pero nada de todo ello obsta, claro, para que sea una película estupenda. Personal, original y subreptíciamente adictiva. Una obra que logra acercarse de manera tangencial a una especie de análisis de una generación muy concreta en una sociedad muy determinada. Sirva como explicación su (ligera y esbozada) línea argumental: Marty es un joven que trabaja en una oficina de mierda y logra sobreponerse a su monotonía gris embolsándose con cierta regularidad pequeñas cantidades de dinero mediante timos, hurtos y ocurrencias fraudulentas. De repente algo se tuerce y Marty empieza a sentirse un fuera de la ley, de modo que emprende una vida solitaria alejada del Sistema.

Nada menos. Y mucho más: Potrykus (aquí en la piel del único amigo, por llamarlo de alguna manera consensuada, de Marty) relata la odisea existencial de este paria que lucha por su subsistencia más básica moviéndose por esas vías secundarias de la sociedad. El chico, inadaptado, asocial solitario, amante de las catarsis metal, aficionado a los 8 bits y fan de Freddy Krueger, sobrevive en un entorno casi peor. Poblado de esos seres que se supone son convencionales y predecibles, pero que en el fondo son patéticos, listillos, inadaptados y amargados. Marty no es un héroe, claro, pero por lo menos es el único capaz de cagarla tanto como para escapar de toda esa mediocridad. Él vive la vida situado en un lugar donde equidistan la perplejidad, la desidia y la pachorra. Más o menos a esos mismos términos obedece la visión de Potrykus, reflejo de una sociedad norteamericana insoportable y patética, en parte la misma que habitan los personajes de Bobcat Goldthwait o que retrataba Mike Judge en Trabajo basura. Y sí, Buzzard tiene algo de workplace comedy pero en realidad recuerda al cine mumblecore -o a sus primeros ejemplos- o, más definitorio incluso, a las primeras obras de algunos de los grandes creadores que ha dio el indie americano durante los ochenta: Jarmusch, Linklater o Van Sant a los que incorpora, por cierto, alguna referencia juguetona a Taxi Driver.


Igual de desclasado que Travis Bickle es Marty, ese zopilote que eventualmente se verá obligado a sacar sus garras, interpretado por un hierático -y de misterioso parecido con Buster Keaton- Joshua Burge, que acompañó al director en el corto Coyote y siguió a su lado en el aplaudido debut largo, Ape. Juntos logran una película que en muchos momentos podría bordear el tedio, el ombliguismo, la inanidad y la intrascendencia. Pero que, en cambio y gracias a la mano y la mirada personal del director, en todo momento se presenta fresca, original, inquietante, interesante y casi siempre hilarantemente absurda. Una despeinada, basta pero refinada, depurada y modesta delicia underground.

7'5/10

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