Crítica de Calvary

Segunda película de John Michael McDonagh, segunda en la que confía el peso dramático y el espesor existencial de su protagonista a Brendan Gleeson. De alguna manera, esta podría verse como una especie de reverso de la anterior, la interesante El irlandés y, también de algún modo, con ella ya no podemos entender al director sin la compañía de su actor. Son sólo dos títulos y esperamos que tenga por delante una carrera larga y fructífera, pero de momento para nosotros John Michael McDonagh es Brendan Gleeson. Porque obviamente esta Calvary orbita entorno a su poderosísima, imponente (tiene un algo johnnycashesco esa sotana), y al mismo tiempo, mundana figura. Aquí interpretando a un capellán local que recibe, al principio de la película, una amenaza de muerte: uno de sus feligreses se confiesa ante él y le informa de que descargará todo el odio que arrastra desde la infancia hacia la institución eclesiástica sobre su noble e inocente persona. Desde ese momento el Padre Lavelle tiene una semana para enfrentar el camino de la cruz escrutando a su parroquia y descubriendo sus motivaciones internas y deseos ocultos.

Y el sendero, claro, es tortuoso. El periplo del Padre Lavelle es el sondeo de los sentimientos más íntimos de su comunidad. Una comunidad de un pequeño pueblo irlandés de montaña que Lavelle abandonó en su momento para entregarse a la fe y que ahora se le revela en todas sus inseguridades y miedos, terrenales y celestiales. El Padre se enfrenta a crisis de fe ajenas y se pregunta hasta dónde llega el poder de elección y la responsabilidad. De la suya propia y de quien le rodea, sean conocidos, aliados, enemigos e incluso una hija que se vio condenada a entender de niña que su padre optara por otra vía. Y a pesar de todo no es esta una película confesional ni un canto religioso. Al contrario, es una especie de crónica de los últimos días de un tipo más coherente que rígido, resignado pero luchador. Casi una película de género disfrazada de costumbrismo más que uno de esos kitchen sink dramas a los que tanto terminan tendiendo este tipo de productos: Calvary se sitúa a medio camino del esfuerzo serio (y exitoso) para examinar las inseguridades y el angst existencial y del policíaco sórdido con remaches de comedia negra. Hay tanto de drama sobre la identidad individual y comunal como de thriller de investigación.


Una mezcla cuyo aglutinador es, obviamente, un Brendan Gleeson que lo sostiene todo en pie con una solidez extraordinaria y que además le confiere al producto el plus de tripas, cerebro y corazón que necesita. Gracias a él los relativos excesos e histerismos ocasionales no terminan llevando a la película al terreno del esperpento. Gleeson funciona además como centro gravitacional de una historia que cuenta con más rostros conocidos de la escena irlandesa (Aidan Gillen, Chris O’Dowd, Kelly Reilly) y que, por lo demás, está rodada con -a cantidades similares- vigor y exquisitez. La puesta en escena es fría y severa, marcada por una fotografía acerada que confiere a los preciosos paisajes una capacidad expresiva notable: el peso existencial de las decisiones de los personajes y el camino hacia la muerte que atraviesa su protagonista aparecen simbolizados por esos fuertes vientos que cruzan las llanuras de cielos encapotados, casi aplastantes. Una frialdad formal y expositiva que funciona gran parte del tiempo pero que, también hay que decir, en ocasiones interpone una cierta distancia entre la historia y el espectador. Mal menor en una película que, por lo demás, resulta un esfuerzo serio de tratar ciertos temas y decisiones con rigor y que sin embargo nunca renuncia a representar un viaje entretenido y estimulante.

7/10

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