Crítica de Pasolini

Por voluntad propia o imposición externa Abel Ferrara, quien fuera uno de los directores más interesantes de la industria americana durante los años 90, terminó cayendo en un malditismo del que no logra salir haga lo que haga. Y es una auténtica injusticia, porque aunque algunos de los títulos más reconocidos de su carrera (Teniente corrupto, El funeral) hicieron sombra a otros igual de relevantes (China Girl, El rey de Nueva York, The Addiction) fue en títulos aún menos respetados (New Rose Hotel, Un cuento de Navidad) donde Ferrara dio el do de pecho, mostró valentía y demostró que a pesar de todo él lo que quiere es hacer un cine de aliento y potencial comercial, pero hacerlo a su puta bola, a su buena manera y bajo sus propios términos. Es un poco lo que ha ido ocurriendo con sus últimos y ninguneados títulos, todos despreciados por una crítica "homologable" que a menudo se asusta ante el riesgo creativo, que cuelga etiquetas precipitadas a productos imperfectos y que, en fin, se ha impermeabilizado ante ciertas apuestas fallidas que sin embargo sacan garra autoral. Un consenso crítico que ha preferido ejercicios mucho mejor acabados pero, quizá también, más aposentados y menos comprometidos. Las recientes Go Go Tales, 4:44. Last Day on Earth o Welcome to New York son tan criticables por ciertos aspectos como defendibles por otros. Y lo mismo ocurre con Pasolini, una película desequilibrada e imperfecta que, sin embargo, resulta lúcida y valiente en su posicionamiento autoral.


Porque -aunque jamás lo habríamos esperado- lo fácil y cómodo para Ferrara habría sido acometer este biopic de Pier Paolo Pasolini desde una perspectiva convencional. La materia prima era poderosa, así que el esfuerzo para lograr un producto solvente y con posibilidad de reconocimiento generalizado debería haber sido relativamente escaso: el nombre de Pasolini está asociado con una vida turbulenta, una actitud encendida y revolucionaria, unas prácticas privadas prohibidas en su momento, una actividad intelectual intensa y, en última instancia, una muerte truculenta rodeada de desgraciadas circunstancias. Relatar de por si la vida de uno de los intelectuales clave en la Europa de la segunda mitad del siglo XX y uno de los cineastas más definitivos de la Historia podría haber sido, en principio, tarea fácil. Pero Ferrara no toma esa vía porque, en esencia, ello habría sido absurdo y en cierto modo incluso irresponsable. En cambio pretende instalarse en una narración desequilibrada, muchísimo más ajustada al carácter incomodante de su protagonista: en lugar de repasar toda su existencia se centra en los últimos meses de vida del artista e intenta aprehender su filosofía creativa mediante la reconstrucción en imágenes de algunos compases lo que debería haber sido su próximo proyecto tras el escándalo que supuso su mayor y más completa obra maestra, Saló, o los 120 días de Sodoma.

Por supuesto, Abel Ferrara no es Pasolini, y su recreación no contiene la fuerza transgresora que caracterizaba la obra del maestro boloñés. Pero sí que contribuye a enriquecer el retrato, que por otro lado viene marcado por sus relaciones personales con sus amigos y allegados y su propia introspección en un periodo en que el artista estaba empezando a examinar el impacto de su propia obra. Nada de todo ello construye un reflejo templado y equilibrado de una vida ejemplar, nada resulta convencional ni convencionalmente ilustrador, y el dibujo biográfico es parcial. Pero de eso se trata. Willem Dafoe se mete en la piel de Pasolini y lo empuja hacia adelante -con mimética valentía- mediante silencios o momentos de verborrea, mediante muestras de fortaleza personal o absoluta fragilidad, y a través de viñetas de intimidad y otras de escandalosa exposición a los medios (a pesar de su tono aparentemente menor, es ejemplar la exposición y filmación, en virtud del mensaje y la representación del personaje, de esa entrevista que ofrece a un periodista). Retazos descompensados de una vida ejemplar que conforman un acercamiento poderoso y que exigen un cierto conocimiento de la figura y obra del protagonista, tanto para comprender las repercusiones y circunstancias de lo que ocurre en pantalla como para poner todo ello en relación a los hechos que, por lo que sea, no aparecen en la película.


Una elección muy consciente de un Ferrara que prefiere escamotear datos biográficos pero que aun así logra una marcada sinceridad y claridad en su mirada -los pensamientos y consideraciones sociopolíticas se van intuyendo a lo largo de todo el metraje- y que, además, cuida el apartado visual logrando una perfecta sincronía entre fondo y forma. Pasolini es una película cuidadosamente sucia, expresada en tonos oscuros, parduzcos casi, de una fotografía brumosa que juega con las luces y especialmente con sus muchas sombras. Que combina un estilo muy años setenta con una puesta en escena más artificiosa -y llena de hallazgos potentes- para la recreación de la comentada última obra abortada. Y que, en fin, representa en su totalidad un acercamiento inquieto, rico, ligeramente escandaloso y soterradamente apasionado al universo de un creador único que no ha encontrado igual en el panorama cinematográfico a lo largo de las posteriores décadas. Una personalidad volcánica que, igual que esta película admirable en muchos sentidos, se detuvo de repente un fatídico noviembre. Habían muchos posibles enfoques desafortunados y solo unos pocos acertados. Este, guste o no, es afortunadamente uno de esos pocos.

7'5/10

2 comentarios:

  1. Molt interessant, pero un petit detall no va ajudar a entrar-hi: el tema dels idiomes. Perquè van canviant cada 2 per 3? En fi, com dius val la pena i si coneixes el personatge es disfruta el doble. Bona critica btw

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  2. Eeeei bonhome! Il·lusió llegir-te per aquí...

    Mira, ni idea això dels idiomes. Jo també m'ho vaig plantejar, i hi ha una cosa, tot i que en aquesta peli tampoc passa especialment, que em fa molta ràbia dels americans: quan fan parlar gent d'una altra nacionalitat en anglès amb accent, fent veure que parlen la seva pròpia llengua.

    Vull dir, no cal que un suposat italià parli anglès amb accent italià. Puc acceptar la convenció i sentir-lo parlar amb accent de Cambridge...

    En fin, que ni idea tu. Pasolini parlava molt anglès a la seva vida, però desdeluegu no a la intimitat, com fa el Dafoe a la peli...

    Ei, mil gràcies per comentar... i una abraçada allà on ets...

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