Crítica de Lost River

Lost River
Después de ver Lost River, muchas cosas se le pueden echar en cara al sr. Ryan Gosling, pero lo que no se le podrá negar, es que tiene un buen par de “bemoles”, y los tiene no sólo por adentrarse en el campo de la dirección cinematográfica (algo de lo que suelo desconfiar mucho viniendo de cualquier intérprete que no se apellide Eastwood), sino además, por hacerlo con una cinta tan poco convencional como ésta, bastante alejada del target que muchas de sus admiradoras esperan de él, suponiendo un valiente salto al vacío por parte del, hasta ahora, actor. Seamos claros, el debut de Gosling tras las cámaras se va a ganar muchos y furibundos odios, y no es que no estén justificados (la película es terriblemente irregular), el problema es que la mitad de los mismos vendrán por los sempiternos lugares comunes del espectador más acomodaticio, a saber, “pretencioso”, “aburrida”, “absurda”, y un largo etc (algo similar a lo que ocurría hace escasos meses con la notable Under the Skin), obviando en dichas valoraciones el arrojo que tiene para un debutante crear una obra similar viendo el horizonte actual norteamericano, un trabajo que no sigue los derroteros narrativos comunes e imperantes y que se acerca más (por momentos, de forma mimética) a los universos retorcidamente oníricos/paralelos/sexuales del sr. David Lynch (no entiendo cómo muchos se empeñan en ver paralelismos inexistentes con el cine de Winding Refn, y obvian el de Harmony Korine o, incluso, el de Terrence Malick), aunque, desgraciadamente, con resultados bastante alejados a los que nos tiene acostumbrados el cineasta de extravagante peinado (o cualquiera de los otros).

En el fondo Lost River no deja de ser un cuento infantil de cama (aunque excesivamente consciente de sí mismo) que narra la historia de un decrépito pueblecito imaginario (ambientado en los suburbios de Detroit) donde una familia, formada por una madre y sus dos hijos, está dispuesta a hacer lo necesario para que no derrumben su casa, desde robar cobre enfrentándose a los matones del barrio, hasta enrolarse en un oscuro submundo de perversiones macabras, llegando a descubrir una ciudad sumergida e intentar librarla de la maldición a la que está sometida, con “princesa” y todo de por medio. Si tal amalgama de temas os parece esperpéntica, no es de extrañar, ya que la película transita por terrenos muy bizarros durante muchos de sus minutos, sobre todo, a partir de que su única línea narrativa se divide en dos (con una de ellas resultará imposible no pensar en ciertas escenas de Terciopelo azul) creándose esa dicotomía habitual entre el bien y el mal (en el fondo no deja de ser una simple reflexión sobre los seres humanos), pero sin afectar a la legibilidad de los ejes narrativos principales, sino a la conexión entre ciertos hechos y del propio sentido de los mismos, otorgándole a la exposición de las acciones acaecidas un halo de irrealidad, inevitablemente reforzado por este uso de la narrativa (sempiterno Lynch), pero que por desgracia, acabará derivando en unos últimos 15 minutos que rozan el despropósito incluso para una propuesta tan abierta como ésta.

Lost River

Pero más allá de excesos argumentales, Gosling realiza formalmente cosas con cierto interés, como el uso del espacio, con un evidente paralelismo entre la destrucción física del barrio (derrumbe de hogares) y el de las esperanzas de muchos de sus habitantes, o el decorado del sórdido club (Terciopelo azul again), dejando entrever cierta crítica a la sociedad americana, así como ciertas soluciones narrativas aplicadas (el peso de lo emitido por TV en cierta conversación). El problema aparece cuando descubrimos que estos recursos están tomados de los cineastas citados anteriormente, pero no a modo de homenaje o referencia, sino directamente de mímesis formal, tomándolos y plasmándolos tal cual, con el agravante, que muchos de ellos son vaciados de contenido, ya sea por torpeza de amateur o por desconocimiento de la profundidad de los mismos (las mixturas sonoras, tomadas del cine de Lynch, no guardan la misma importancia escénica/ambiental/narrativa) dejando la inevitable sensación de esteticismo vacuo. A excepción del color, dónde el acierto es pleno, ya que si existe un auténtico vencedor en la propuesta de Gosling, sin duda es su director de fotografía, Benoît Debie, el cual debería empezar a sonarnos a la mayoría, ya que como leí hace un par de días en un tweet “lleva tiempo con la polla fuera” creando algunos de los trabajos cromáticos más interesantes de la última década (Enter the Void o Spring Breakers, entre otros) y consiguiendo en esta ocasión otro más que añadir a su fantástica lista, mediante multitud de recursos (el uso del magenta o de la luz rebotada en ciertas escenas es alucinante) que refuerzan la idea de fábula, entre real/irreal y consciente/inconsciente, dejando claro cuál era el único y auténtico motor del film.

Tal vez Gosling en próximas películas acierte a pulir todos los errores que, en cierta manera, lastran su debut tras la cámara y consiga hacerse un hueco en esto del cine, pero alejado del panorama de jóvenes directores industriales norteamericanos, como alguien con voz propia a la hora de exponer sus inquietudes fílmicas. Tal vez, o tal vez siga viciando sus futuros films con una mal entendida (y ejecutada) fórmula formal y narrativa. Cuestión de tiempo saberlo, pero hasta entonces, seguiremos de cerca sus propuestas venideras, ya que pese a que el resultado de Lost River es desgraciadamente negativo, se puede entrever a alguien que a la hora de dirigir una película no sigue a rajatabla los trasnochados caminos estéticos marcados por la actual industria Hollywoodiense, y que se preocupa por un uso de los recursos formales con cierto sentido (aunque éste venga marcado por la previa utilización que le dieron sus nítidos referentes), y eso, aunque no sea mucho, ya es más de lo que la mayoría de debutantes a día de hoy ofrecen. Algo es algo.
5/10

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